(21 de febrero, 2015).- “La sociedad mexicana se compone de un abigarrado conjunto de pueblos y grupos sociales que poseen y practican, cada uno de ellos, una cultura específica y diferente de las demás. El grado de divergencia cultural varía, según los casos que se decida comparar, desde matices locales, hasta el contraste entre formas de vida radicalmente diferentes y es por ello, que la educación debería tener mayor énfasis en estas zonas, sin embargo, es la más abandonada”, comenta el etnólogo y antropólogo mexicano, Guillermo Bonfil Batalla.
La historiadora Tanalís Padilla afirma “las normales rurales fortalecieron su carácter politizador, estimulando el proceso de transformación social a través de la enseñanza, adoptando el modelo de educación socialista propuesto por el gobierno de Cárdenas con la reforma al artículo tercero constitucional en el año de 1934. Dicha reforma trajo consigo la inconformidad de los sectores conservadores mexicanos, ya que, replantea firmemente la exclusión de la religión en la educación, cuestión muy arraigada en algunas zonas rurales. Generando desconfianza hacia el proyecto de educación campesina que se les comenzó a tratar con severa hostilidad producto del fanatismo religioso que descalificó la enseñanza socialista y a las normales rurales llamándolas ‘escuelas del diablo’, derivando incluso en ataques y atentados contra la vida de los maestros rurales”.
Según la historiadora, una de las características más llamativas de la historia de las normales rurales “es el aire esperanzador con que sus alumnos describen su estancia allí. La posibilidad de estudiar, vivir en colectivo, las excursiones, encuentros deportivos y culturales, y la explicación que su estudio y activismo da al por qué de la pobreza, hacen de estas instituciones experiencias de vida formativas”. Al mismo tiempo, señala que “las normales rurales son el camino hacia una profesión digna y, a veces, otorgan, despiertan y cultivan el derecho a soñar”.
Al mismo tiempo afirma que “el poder enseña otra historia, en la cual las normales rurales son reliquias del pasado, centros de agitación y espacios de ocio juvenil. Las demandas que hacen los alumnos para el mejoramiento estructural de las normales son vistas con agrio desprecio”.
Durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, se ordenó cerrar 25 escuelas Normales Rurales, por considerarlas “un nido de comunistas”, hoy las que han logrado sobrevivir, se encuentran en la marginación y pobreza extrema, explica el académico del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (INIDE), Diégo Juárez Bolaños.
Agregando que, dicha situación, ha provocado situaciones como el caso de la Escuela Normal Rural, Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, asegurando que “es tan sólo la punta del iceberg” y posible situación a la que están sometidas las demás normales rurales.
El académico sentencia que las universidades del país pueden contribuir al reforzamiento de las escuelas Normales Rurales, por medio de nuevos proyectos educativos y a través de intercambios académicos que faciliten a los normalistas su acceso a otras áreas del conocimiento.
Cada año, los alumnos y maestros de las Escuelas Normales Rurales, convocan a manifestaciones que provoquen presión, en las secretarías de educación estatales, buscando que no las dejen en el olvido, para después eliminarlas, es así como consiguen que se abran las convocatorias para el nuevo ingreso de alumnos, el siguiente objetivo, es pedir más recursos y material didáctico para seguir dando clases, un paso aún más difícil que el anterior.
Según la Fundación Voces de Juventud, “las normales rurales en México tienen un motivo de existencia, asimismo en tanto la pobreza siga existiendo en este país y las condiciones no cambien, seguirán siendo necesarias las escuelas normales rurales. La importancia del maestro y maestra rural siguen vigentes en un país donde niñas, niños y adolescentes no tengan acceso a la educación en las comunidades más alejadas”.


