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(28 de abril, 2015).- Este fin de semana una mujer, a la que se le llamará “Ana”, fue rescatada por elementos de la Procuraduría capitalina, posterior a dos años de privación de su libertad en una lavandería, ubicada en Tlalpan, Ciudad de México, donde permanecía esclavizada y era obligada a trabajar hasta 12 horas al día.
Su cuerpo es testigo de dos años de abuso; más de 400 cicatrices por marcas de tubos, cables y palos. Como su cuello era sujetado por una cadena, que le impedía huir, tiene marcas alrededor de él, se puede observar la carne viva además de en su cadera ya que en estas zonas era donde las cadenas la aprisionaban hacia un tubo de la pared.
“Ana” pareciera una niña de 15 años a sus 23, la desnutrición mermó su correcto desarrollo y sus órganos internos pagaron las consecuencias; son los de alguien de 81 años. Padece anemia, no puede llevar a cabo correctamente el proceso de digestión, perdió ambos pechos y sus riñones tienen fallas.
Desde la primera luz del día era obligada a planchar y lavar ropa del negocio. Su única paga era sobras de caldo de pollo o frijoles y tres tortillas.
Empero si no terminaba sus labores su paga eran golpizas brutales con ganchos de la ropa, mismos que se los encajaban al igual que las uñas de la dueña, palos e incluso con la piedra del molcajete, las costras, que quedaban producto de estas golpizas, le eran arrancadas para que volviera a sangrar.
Su pesadilla terminó el pasado sábado cuando sus captores, cambiándola de lugar, olvidaron presionar bien el candado que la sujetaba del cuello y gracias a ello pudo escapar por una ventana del sanitario hacia el patio de la propiedad, para después correr hasta casa de una amiga donde pidió auxilio y, tras que un médico se negó a atenderla por sus heridas, fue a la policía.
Gracias a ello las autoridades detuvieron a quien la mantenían esclavizada; José de Jesús Sánchez Vera, las hermanas Leticia y Fani Molina Ochoa y las hermanas Ivette y Jannet Hernández Molina. Las mujeres fueron trasladadas al penal femenil de Santa Martha Acatitla, y el único hombre al Reclusorio Oriente.
“Ana” no puede creer por lo que pasó y ahora quiere justicia: “Quiero que paguen cada lágrima, cada golpe, todo lo que llegué a pasar”.
Por su parte en la comparecencia en el Ministerio Público sus cínicos captores dijeron que la joven tenía problemas de agresividad: “Era muy violenta y no obedecía cuando se le ordenaba hacer las cosas”.
Agregan el caso de una vez que robó 100 pesos para huir de sus abusos y como castigo recibió más abusos; grilletes para evitar su fuga.
La propietaria del negocio declaró que los castigos aumentaron cuando “Ana” bajó la producción de sus labores, fue que se determinó golpearla con un palo en la espalda, cables de la plancha y poco a poco aumentando hasta las atrocidades antes descritas.
Según los captores desde los dos años “Ana” estaba con ellos debido a que su madre debió ir a Monterrey, Nuevo León en busca de trabajo, y cada mes hablaba con la familia para saber la condición de su hija, sin imaginar las aberraciones de los que era víctima.
“Ana” vivía en un cuarto de tres metros cuadrados que también le servía de comedor y baño, dicha habitación estaba acondicionada para que nadie escuchara sus gritos lo que impidió que los vecinos se percataran de algo, incluso declararon que los dueños siempre eran amables y sonreían a los demás.
Hoy “Ana” espera que la justicia del país responda por este atroz caso además de que quiera continuar con su vida y ser repostera: “Mi plan es vivir. Quiero ser repostera, quiero vivir, quiero recuperar los años que no viví”.







