Rodrigo Rojo / @Eneas
Adiós a los campamentos de refugiados. Un viaje de 6 horas a través del desierto, en una 4×4 que pareciera deshacerse a cada salto, nos lleva a los Territorios Liberados. Por fin dejamos el desierto de Tinduf en Argelia y entramos en el Sahara Occidental: a unos cuantos kilómetros del Muro de la Vergüenza y del enemigo: el ejército de Marruecos vigila día y noche que nadie se acerque.
Lo primero que nos llama la atención es el cambio de clima. Seguimos en el desierto, en el gran Sahara, pero hemos salido de la zona que los propios saharauis llaman un “desierto dentro del desierto”. Aquí la temperatura promedio no alcanza los extremos de Tinduf, hay vegetación, el suelo no está muerto. El aire es más ligero.
Lo segundo que notamos es que los saharauis están más contentos, como quien está en su casa. Llegamos a Tifariti, una de las ciudades del Sahara Occidental bajo administración del Frente Polisario.
En 1991 fue bombardeada por el ejército marroquí y los escombros de aquella violencia aún se mantienen. Un militar nos cuenta que es “para mantener viva la memoria del horror y para que recordemos por qué debemos luchar”. Poco tiempo después de este bombardeo, la ciudad fue recuperada por el Polisario y se firmó el alto al fuego.
Desde ese momento, y de la mano con las ayudas internacionales, han intentado reconstruir el poblado. Todavía hoy sigue siendo principalmente un destacamento militar, en donde el edificio más importante es el campamento que la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental (MINURSO) mantiene aquí para asegurar que no se reanuden las agresiones.
A las afueras del pueblo hay un grupo militar cuya misión es eliminar las minas antipersonales que Marruecos dejó esparcidas por todo el camino. En las puertas hay carteles que advierten de este peligro: “Si ves una mina no la toques, no te acerques, no trates de manipularla”. Marruecos es uno de los tres países africanos –con Libia y Egipto– que no han signado la Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonales y sobre su destrucción. La utilización de minas personales es considerada lesiva de los derechos humanos.
En Tifariti Quedan también los restos de un tanque y las marcas en el terreno donde los marroquíes hicieron sus trincheras. Sin embargo, desde hace algunos años la gente ha comenzado a regresar a habitar la ciudad. Lo hacen por su clima y porque las condiciones de vida son más fáciles que en los campamentos de refugiados: acá hay un hospital, una escuela y el terreno permite crear huertas. Pero, sobre todo, lo hacen porque Tifariti es el orgullo de la gente saharaui y encarna el sueño de libertad que en este pequeño reducto se vuelve real.
Todavía no es autosustentable. Los recursos básicos, como la comida, los reciben desde los campamentos. Pero el Polisario y la gente están haciendo su mejor esfuerzo para hacer que Tifariti se convierta en la punta de lanza que parta las tinieblas de la ocupación.


