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Edularidad: el punto de no retorno para el aprendizaje humano

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2045. Es el año en que Ray Kurzweil predice la Singularidad, ese momento donde la Inteligencia Artificial General (AGI) se rediseña a sí misma a una velocidad que nuestra biología simplemente no puede seguir.

Pero mientras el mundo debate si la AGI tendrá conciencia o si nos reemplazará en el trabajo, hay un fenómeno silencioso, sistémico y profundo ocurriendo en este preciso instante. Y estamos en un punto crucial, que podría convertirse en una transición para generar consciencia o un punto de no retorno para nuestra cognición.

La llegada de los LLM’s lo aceleró y no parece que vaya a esperar hasta 2045 porque ya cruzó la puerta de nuestras casas y de nuestras mentes. Personalmente, pensé que tardaría una o dos décadas más en manifestarse, pero lo estamos viviendo, documentando y señalando  ya mismo, aunque aún no hay una respuesta clara a cuál es el punto medio sin llegar a una antítesis:

Yo lo llamo Edularidad.

De la Singularidad a la Edularidad

Si la Singularidad es el punto de no retorno para las máquinas, la Edularidad es el punto de no retorno para el aprendizaje humano t el conocimiento generado.

Cuando hablo de educación o aprendizaje, no me refiero a las cuatro paredes de un espacio académico, a un pizarrón o un grado académico. Me refiero a la arquitectura de nuestra cognición: la forma en que procesamos e interpretamos la realidad, conectamos puntos y, sobre todo, la forma en que decidimos delegar nuestro pensamiento, ya sea a otras personas que nos educan o, ahora, a “Inteligencias Artificiales” que generan nuestros correos, nuestros trabajos en el día a día, e incluso los cursos que consumimos para capacitarnos.

En la Singularidad, el punto clave es la AGI. En la Edularidad, el punto de quiebre es la delegación absoluta y sin cuestionamiento de la data que consumimos. Es el outsourcing de nuestro pensamiento, cognición y generación de conocimiento. Y aquí es donde el panorama se pone interesante (o aterrador, según cómo decidas mirarlo): es muy probable que ya estemos ahí.

Outsourcing cognitivo: La trampa de la eficiencia

Vivimos en una era en la que estamos obsesionados con la optimización, con la productividad, y con generar más con menos esfuerzo. Hemos empezado a tratar a nuestra mente como un un cuello de botella que puede ser reemplazado por herramientas más rápidas, o lo que conceptualizamos como más eficientes, sin embargo, no necesariamente mejores.

  • Delegamos la redacción de un correo porque “nos ahorra tiempo”.
  • Delegamos la síntesis de un libro porque “queremos el ‘insight’ rápido”.
  • Delegamos el análisis de un problema complejo porque el algoritmo nos ofrece una supuesta respuesta estructurada en segundos.

Pero, lo que no estamos tomando en cuenta, ni empresas, ni individuos trabajando en la generación de data es que el proceso es tan importante, o más, que el producto. No necesariamente en términos del producto mismo, sino dentro del ecosistema del conocimiento. Al delegar el proceso cognitivo, estamos atrofiando el músculo del descubrimiento, de la síntesis; de encontrar errores y corregirlos, desarrollando así la capacidad de resolución de problemas y generar la chispa de la curiosidad original. Si la AGI es el motor de la Singularidad, nuestra renuncia a pensar por nosotros mismos es el combustible para el Outsourcing cognitivo. La Edularidad, más que el problema, es el punto de coyuntura que nos recuerda sobre los peligros de subcontratar nuestros procesos cognitivos para la generación de data y de nuestro conocimiento.

El dilema del Bien común

Hace una década, la conversación sobre los riesgos sobre el uso de la tecnología era la brecha digital. Hoy, esa conversación no queda ahí sino que se extiende a la brecha cognitiva.

¿Qué pasa cuando dejamos de aprender a aprender? ¿O a pensar sobre nuestros propios procesos de pensamiento y aprendizaje (Metacognición)? ¿Qué pasa cuando la ya famosa y mal usada “transmisión de conocimiento” se reduce a una simple descarga de datos de una IA, sin que pase por el filtro crítico del juicio humano? La Edularidad, nos recuerda que no debemos convertirnos en usuarios pasivos de una caja negra; en zombies devorando sus propios cerebros al consumir datos automáticos, sino en creadores de nuestro propio entendimiento.

Estamos en ese momento de transición donde la IA debería ser un exoesqueleto que potencia nuestras capacidades naturales, no una prótesis que reemplaza nuestra voluntad y representación del mundo.

¿Cruzamos ya el horizonte de sucesos?

La Singularidad tecnológica todavía se distingue a lo lejos, y tenemos la esperanza de que algunos pensadores creen que no se sucederá. Sin embargo, delegar la cognición como un outsourcing que contratamos ciegamente con un cheque en blanco, ya sucede en el presente y la Edularidad puede ser el marco que nos recuerde que al aceptar una respuesta de la IA sin pasarla por el tamiz de nuestra propia experiencia, estamos cediendo un pedazo de nuestra soberanía mental.

El reto de nuestra generación no es construir máquinas más inteligentes, más “eficientes”, más rápidas, sino asegurar que no nos volvamos más dependientes de “procesos artificiales” que no son tan brillantes como los creemos, ya que no cuentan con discernimiento sino que simplemente son predicciones de lenguaje. La tecnología para el bien común empieza por defender el bien más común y preciado que tenemos: nuestra capacidad de creación y de tener pensamiento propio.

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