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La oposición empeñada

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Gibrán Ramírez Reyes / @gibranrr

Hoy no hay oposición en México. A pesar de que se votó en 2012 para que hubiera una —pues tanto PAN como PRD sostuvieron un discurso antipriísta toda la campaña—, la perversa lógica burocrática de las dirigencias partidistas les ha llevado a pensar a las facciones dominantes que los votos son su patrimonio, que valen por la forma en que se transforman en presupuesto, sin tomar en cuenta que son un mandato popular de segmentos sociales que exigen cierto tipo de representación.  El PAN de hoy se parece al PRD de hace cinco años y el PRD es una caricatura de sus peores momentos. No son partidos de oposición, en definitiva, y están en riesgo de dejar de ser partidos a secas.

Se puede ser partido de oposición en varios sentidos. Antes existieron partidos de oposición al Estado y a su naturaleza capitalista. Partieron del diagnóstico de que los males sociales principales -la pobreza y la desigualdad- eran inherentes a ese conjunto de actividades teóricas y prácticas que garantizan y legitiman la dominación de unas clases sociales sobre otras. En México, el más grande fue el Partido Comunista que, impulsado por Arnoldo Martínez, decidió unificarse con otras izquierdas en un proceso que daría lugar al PRD, que conserva el registro del viejo partido de la izquierda.

El PRD significó la renuncia a ser oposición al Estado, pero siguió siendo un fuerte partido de oposición a algo que se juzgaba más urgente de reformar: el régimen político, es decir, la manera de ser del Estado capitalista en un momento dado y según la correlación de fuerzas en el país. Con la llegada del neoliberalismo en los años 80 y con las crisis económicas que acarreó (como la de 1994-95), se demostró que el Estado podía tener caras más inhumanas y que era más urgente sacar de la miseria al creciente número de pobres que luchar por generar un nuevo Estado, de otro tipo. Entonces comenzaron a verse con añoranza los años del desarrollo capitalista previos a la década de los 70 y el estado de bienestar que se derrumbó en muchos lugares del mundo.

Si no se es oposición al Estado ni al régimen, se puede ser todavía oposición al gobierno en turno, aunque sea en detalles y matices. Eso sucede en regímenes estables donde el poder no se disputa en realidad, sino sólo la forma de administrarlo. La oposición que sólo se contrapone al gobierno centra sus críticas en políticas particulares o en la forma de llevarlas a cabo. Para esa oposición, los diferendos pueden reducirse a cuestiones de administración pública y de cualidades personales, pero nada más. El de oposición únicamente al gobierno ha sido siempre el papel del PAN y fue también el del PRD a partir del triunfo de Jesús Ortega (2008) en la elección para su dirigencia nacional. Un ejemplo muy ilustrativo es la reivindicación que el PRD realizó desde entonces de la economía de libre mercado (La Jornada 26/03/09). El lopezobradorismo, que mantuvo viva la oposición al régimen y al gobierno, salió después de las elecciones de 2012 del PRD, al que juzgó pervertido respecto de su intención original.  Así se aceleró el curso que el partido llevaba.

Visto este profundo proceso de domesticación, podría pensarse que no hay punto más bajo al que pudiera caerse. PRD y PAN, no obstante, parecen empeñados en escarbar con tal de hundirse más. En el PRD, los de Nueva Izquierda ya acusan signos de división. Mientras la dirigencia sigue el Pacto por México como el faro de la política nacional, el líder de la fracción en el Senado cometió la osadía ¡de proponer una iniciativa de reforma política!, fuera del Pacto por México. ¿Dónde se habrá visto tal radicalismo? ¿Por qué debería atreverse a legislar un legislador de la izquierda moderna ? Sin duda esto resulta una oposición muy radical que debe conjurarse. O eso parecieran pensar los más gobiernistas entre los Chuchos.

La misma iniciativa (el mismo atrevimiento) exhibió la pugna entre maderistas y calderonistas al interior del PAN. Como lo habíamos dicho, ante la falta  de base social, de una agenda política propia qué defender y de hegemonía sobre los sectores del partido, la dirigencia de Madero descansa sobre el control del dinero y sobre la legitimidad de que le ha dotado el Pacto por México.  Madero ha llegado al extremo de equiparar la timidísima oposición panista en el Senado al tozudo lopezobradorismo.

Los partidos políticos buscan el poder y la oposición se opone. Parece una obviedad pero debe mencionarse: si no existieran divergencias programáticas, los partidos no existirían como expresiones sociales de valores y prioridades distintas. Hoy, sin embargo, el PAN y el PRD han renunciado a ambas cosas. No buscan el poder y han preferido administrar las migajas que caen del plato del PRI. No se oponen, como hemos visto, más que a la gente que votó por ellos. Se ha pretendido, en ambos institutos, hacer a un lado a quienes critican al Pacto por México, así sean fracciones de los mismos Chuchos o de la pequeña corriente de Marcelo Ebrard en el PRD; o así se trate de calderonistas en PAN.  Ni al Estado ni al Régimen ni al Gobierno. Esta “oposición” no se opone ni a los discursos.

La oposición ya no existe en el espacio institucional. Salvo un puñado de diputados identificados con el Morena y que participan en la fracción parlamentaria de Movimiento Ciudadano  (un partido que igual se ha acercado al PRI—como en 2009— que al lopezobradorismo según su conveniencia), no hay crítica real a la política ni a las políticas del gobierno, salvo la que viene de los intelectuales y que ha tenido poco eco.  Esto pone en entredicho la existencia del PAN y el PRD como partidos: su política está divorciada de los planteamientos que les llevaron a conquistar los espacios que hoy ocupan y los cargos que hoy que detentan. No representan a la parte de la sociedad que les votó ni la tendencia ideológica que dijeron sostener. Bien podrían fusionarse en un nuevo Partido del Pacto por México.

La lucha política y sus reglas están dislocadas. La oposición es inexistente y los partidos no parecen partidos.  Fox, igual que las dirigencias del PAN y del PRD, está convertido en un porrista de Peña; Calderón en un líder rebelde contra la dirigencia panista. Todo a escaso mes y medio de las elecciones. Las cosas no podrían marchar mejor para el PRI de Peña Nieto.

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