(10 de junio, 2012).- Tepito recobró los titulares de los periódicos nacionales en las últimas semanas. Primero, por la desaparición de 12 jóvenes tepiteños a las afueras de un bar de la Zona Rosa; después, por un multihomicidio en un gimnasio del Barrio Bravo. A las investigaciones se sumó el asesinato de un narcomenudista en la colonia Condesa.
El modo de operación, la magnitud de los crímenes, los objetivos a los que iban dirigidos, hacen pensar que el crimen organizado rompió la burbuja de seguridad que, durante los últimos 3 años, presumían Miguel Ángel Mancera y el entonces Secretario de Seguridad Pública, Manuel Mondragón y Kalb.
La muerte mediatizada
Sobre una lateral de la vía rápida Periférico, al sur de la ciudad, una camioneta negra presenta numerosos impactos de bala. Al interior, en el asiento del copiloto, una sábana cubre un cuerpo que no muestra más signos de vida. En el suelo hay casquillos percutidos, cristales rotos. Peritos y agentes judiciales custodian la escena del crimen.
Esta imagen en específico no es reciente. Se ha repetido cientos de miles de veces. Tan sólo el día en que ocurrió este homicidio, el duopolio televisivo la transmitió minuto tras minuto con un fin político.
El asesinato de Paco Stanley hizo evidente lo que se replicaba en secreto en distintos estados del país: desde los 80, el narcotráfico ganó terreno por medio de la violencia. Pistola en mano, cobró deudas, favores, terminó enemistades, ganó plazas. El problema era que ese 7 de junio de 1999 la historia no se repetía en cualquier estado. El homicidio ocurrió en una de las avenidas más importantes del Distrito Federal, a plena luz del día, y la víctima fue un personaje público: de ninguna manera podría pasar desapercibido.
Las multitudes se volcaron a la funeraria donde se velaba el cuerpo del conductor y olvidaron, televisión mediante, las causas detrás del crimen. El escritor Juan Villoro, en su columna dominical de La Jornada del 20 de junio de 1999, sentenció: “El país está ocupado por una imbatible trasnacional del terror”.
Sucedió hace 14 años. La empresa del crimen organizado que se aventuraba a denunciar Villoro, en este tiempo, no hizo más que crecer.
Lo negro del Distrito Federal
Quedaron atrás los fumaderos de opio de la década de los treinta en la calle de Mesones, en el Centro Histórico. Antes de los 80, el narcotráfico no representaba un problema grave para el Estado porque no era notorio entonces el poder de los traficantes y porque el gobierno mantenía un aparente control sobre ellos. Durante ese tiempo, México era más tierra de paso en la ruta de la droga hacia Estados Unidos.
En uno de los episodios más oscuros de la historia capitalina, el viejo reino de Arturo “el Negro” Durazo, florecieron las relaciones de funcionarios de gobierno con cárteles del narcotráfico. La Oficina Federal de Investigación (FBI) estadounidense perseguía a Durazo por sus relaciones con grupos traficantes.
Parecían declaraciones lejanas a la realidad nacional. No obstante, en la década de los 80, distintas figuras televisivas se vieron envueltas en escándalos relacionados con el consumo de drogas. Fueron famosas las fiestas que políticos y luminarias ofrecían (incluidas las del propio Arturo Durazo en su Partenón de Ixtapa) en las que circulaba cocaína para los invitados.
Pero dichos casos sólo podían entenderse con una red de narcomenudeo que operaba en la Ciudad de México y que fue expandiéndose y afincándose en las distintas delegaciones de la capital. La corrupción fue el principal alimento del narco, con lo que pudieron ampliar sus operaciones, mantenerse impunes y asegurar su crecientes feudos.
Al mismo Paco Stanley se le relacionó con el narcomenudeo entre los personajes de la farándula. Con su asesinato, se cerró el siglo XX con la certeza de que, aún bajo el radar, los cárteles de la droga tenían una fuerte presencia en el Distrito Federal.
La burbuja de la seguridad
La administración de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México consiguió difundir -hacia el exterior de la República- la imagen de una ciudad que no sucumbía ante los embates del crimen organizado.
Mientras que estados como Nuevo León, Tamaulipas, Chihuahua, Morelos, Michoacán y Guerrero protagonizaban las noticias por la escalada sin fin de la violencia en sus municipios, el Distrito Federal mostraba orondo sus 5,000 cámaras con las que protegerían a la ciudadanía.
Las apariciones públicas de Miguel Ángel Mancera (entonces, Procurador General de Justicia del DF) y de Manuel Mondragón y Kalb lograron convencer a los mexicanos que la ciudad era la burbuja de seguridad en la que no entraría el narcotráfico.
Por su parte la prensa, en especial la nota roja, no dejaba de presentar detenciones y asesinatos de narcomenudistas en distintas regiones de la ciudad. El hecho de que se minimizaran dichos homicidios alejaba cualquier idea de una red de narcotráfico en el DF. La ausencia de sembradíos de droga o narcolaboratorios del imaginario capitalino reafirmaba esa falsa convicción de que la ciudad era impermeable al narco.
Sin embargo, de nuevo, la operación de dichos narcomenudistas no podía entenderse sin la protección y el beneplácito de uno o varios grupos criminales y, claro, la participación de funcionarios capitalinos y federales.
Del Black al Heaven y de vuelta a Tepito
Las últimas semanas, distintas versiones rodearon el asesinato de un presunto narcomenudista en la Colonia Condesa, a unos metros del bar Black. Se le relacionó con, por lo menos, tres cárteles de la droga -versiones lo señalaron como miembro de los Zetas, de los Caballeros Templarios o de La Unión, un presunto cartel capitalino-.
El Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, inmediatamente ha desechado públicamente las afirmaciones de la presencia del crimen organizado en Tepito y, por supuesto, en la Ciudad de México.


