Carlos Portillo (enviado especial) / @portillo_carlos
(22 de enero, 2015).- No somos la única camioneta que ha partido de La Paz, Bolivia, alrededor de las 5:00 horas. El día anterior transcurrió casi completo entre la Cancillería y el Ministerio de Comunicación, para recoger las acreditaciones de prensa. Dichas oficinas se vieron atiborradas de ecuatorianos, argentinos, chilenos, bolivianos mismos; y este pequeño grupo de mexicanos que ahora se ve rodeado de montañas y ruinas prehispánicas en Tiwanaku.
Entre las horas pasadas y las que siguen, el lugar recibirá a más de 20 mil personas de 40 países diferentes. La razón: un indígena se presentará, una vez más, frente a su pueblo, para tomar posesión de un nuevo mandato que el 61 por ciento de los bolivianos ha decidido.
La ceremonia indígena consiste en que Evo Morales Ayma reciba el permiso de las autoridades originarias —aymaras, entre otros— y las bendiciones de la Madre Tierra —Pachamama—; lo que a su vez implica una forma de reiterar su contacto con los ciudadanos, específicamente con sus raíces indígenas.
“Son tiempos de ‘Pachakuti’”, resuena en el aire. Sí, es la voz del indígena que dirige un país con estimación de crecimiento económico de 5.9 por ciento para el 2015. El ‘indio’ traduce: ‘pacha’ es equilibrio, ‘kuti’ es retorno.
Wilfredo Murga es uno de los 200 amautas —maestros o sabios andinos— que dirigieron los rituales para la toma de protesta, un día antes del acto constitucional protocolario. También se hicieron presentes 600 miembros de la guardia indígena de los Ponchos Rojos.
Suenan tambores, flautas andinas y cantos; también, en cada pausa del Evo durante su discurso, se escuchan aplausos y ovaciones mientras los presentes levantan sus banderas. En la zona de prensa y organizaciones sociales, Ecuador y Argentina rodean a este periodista; pero no son los únicos, parece que hay una América Latina feliz y orgullosa del proceso que vive Bolivia.
“Hoy es un día especial, un día histórico de reafirmación de nuestra identidad, reafirmación de nuestra revolución democrática cultural”, dice Morales.
Los días previos han sido más de paseo y de turismo. El morbo nos ha hecho preguntarle a cada taxista, mesero y colega periodista sobre su jefe de Estado. Es un choque emocional, para un mexicano, ver que la gente pueda estar contenta con su gobierno, que pueda creer en su presidente, que pueda percibir y confirmar los resultados.
¿Los bolivianos merecen esto más que los mexicanos?, me cuestiono al escuchar a un Evo que expone “el tiempo de un gran parto, parto de la esperanza, de la unidad, de la armonía, de la felicidad y de nuestra filosofía de vida”, tras 500 años de oscuridad y odio que han querido exterminar la identidad de Bolivia.
A decir del mandatario, la colonización instauró una “filosofía de muerte” que dio vida al esclavismo, al feudalismo, al capitalismo y al imperialismo; los cuales, han intentado desaparecer a los indígenas del mundo.
El Templo de Kalasasaya de un lado, la Pirámide de Akapana del otro es lo que compone el Museo Lítico del complejo arqueológico de Tiwanaku, uno de los más importantes de las civilizaciones andinas.
“Esta ciudad es milenaria. Cuando Cristo estaba naciendo en Belén, en el año cero de nuestra era, esta ciudad ya era un centro ceremonial sagrado para todo el territorio andino (…) Desde entonces teníamos cualidad marítima; nuestro mar, que se nos quiere negar hoy”, menciona Morales con respecto al juicio internacional que sostiene con Chile.
La delegación mexicana de prensa fue acomodada en la misma Toyota Hiace donde viajó la senadora Layda Sansores, otra víctima del contrapunto emocional que causa el abismo político entre México y Bolivia, entre Peña Nieto y Morales.
Sansores derrocha emoción durante el trayecto: “Bolivia y su Evo son admirables”, dice. Ya de regreso, se manifiesta conmovida por que el boliviano abrace a “su pueblo indígena” de manera única. “¡Qué alentador! En Bolivia los y las indígenas son ciudadanos de primera”, tuiteará al llegar a su hotel.
Sentada en el templete de invitados diplomáticos, la legisladora escuchó a Evo decir: “Necesitamos consolidar nuestra revolución educativa y cultural, nuestra revolución de salud, revolución en la producción, revolución en la justicia, revolución del trabajo, y revolución en pensamiento. Necesitamos cambiar toda la escala nacional, internacional, intercontinental; eso es ‘Pachakuti’”.
Con el sol encima y el ayuno en la barriga, me esfuerzo por registrar cuanta frase de Morales retumba no sólo en mi cabeza. Lo escucho abogar por “personas que no tienen dueño” y promover “la filosofía del vivir bien”.
De pie durante horas, mientras colegas de otros países se amontonan en busca de la mejor foto, el presidente ‘indio’ parafrasea “lo que nuestro abuelo Julián Apaza, Túpac Katari, dijo: ‘Yo muero, (pero mañana) volveré (y seré) millones’”, mítica frase pronunciada hace más de 200 años.
“Hemos luchado permanentemente, unidos, y hoy gracias a esa lucha somos una realidad; los millones hemos vuelto, no pudieron hacernos desaparecer (…) Aquí estamos para gobernar nosotros mismos, haciendo respetar nuestra Pachamama”, expresa.
Intercalando frases en aymara durante su discurso, y vestido con las ropas de sus antepasados, Evo enfatiza las “inspiraciones ancestrales” del pueblo boliviano: ‘amasuba’ (“no seas ladrón”), ‘amayuya’ (“no seas mentiroso”), ‘amakelia’ (“no seas flojo”).
También recalca que el proyecto de su gobierno no consiste en regresar al pasado de manera romántica, sino que se trata de una “recuperación científica de lo mejor de nuestro pasado, para combinarlo con la modernidad, pero no con cualquier modernidad; una modernidad que nos permita hacer industria sin dañar a la Madre Tierra”.
“Hay que parar esta loca carrera de la destrucción del planeta en nombre del desarrollo”, agrega.
De regreso en la minivan, con la dificultad de hacernos espacio entre una multitud de gente que festeja la segunda reelección de su presidente —sin jugo ni torta ni televisión inteligente de por medio— y empieza a darle forma a un desfile en el que Evo bailará por horas con su pueblo, en mi cabeza desfilan palabras de alguna comida con Susana Bejarano, conductora del espacio de debate político Esta casa no es hotel: la prensa internacional dice que tenemos una dictadura, mientras acá, hasta los más conservadores y racistas votan por el Evo —o algo por el estilo—, porque pesan más sus logros que su raza.
“No es el color de mi cara lo que te va a matar; lo que te va a matar es el color del agua que tomas, el olor del aire que respiras; somos miles de colores, pero un solo planeta”, dice Morales, todavía antes de comenzar a saludar a sus invitados internacionales. “No hay primer mundo, ni segundo mundo; ni tercer mundo ni cuarto mundo. Hay un solo mundo, y todos somos responsables de este solo mundo. No es cuestión de razas, no se trata de un problema de colores”, manifiesta.
La Toyota Hiace nos regresa a La Paz, exhaustos física y emocionalmente. Los pies y la espalda molidos, las ojeras pesadas y el estómago vacío se conjugan con otra cosa: la congruencia del Evo y la realidad boliviana actual nos ha golpeado duro, sobre todo, me atrevo a decir, a unos cuantos mexicanos que han venido escapando un poco de Ayotzinapa, de las casas blancas y de las golpizas contra manifestantes. Bolivia es un respiro, un asomo de la utopía. Bolivia está muy lejos de México; al menos ahora, a más tiempo de las nueve horas que hace un avión con escala en Lima.









