Les mots prennent toujours la couleur des actions
ou des sacrifices qu’ils suscitent.
-Albert Camus
(06 de agosto, 2014).- La mañana duerme en los brazos de la ciudad, la tarde cayendo está. El día es como Isolda en los brazos de Tristán, tomo el teléfono y le marco a Ayesha, sus palabras suenan claras como el río del Guadalquivir. Hablar con ella es vivir dos vidas al mismo tiempo, es vivir en ese instante de brazos levantados y multitudes que salen a las calles. Ayesha pertenece a la asociación británica: “Hackney Beit Sourik Friendship Association” (HABFA), la cual se encarga de establecer “links” como ella le llama, con pequeños poblados en los territorios de Palestina. La intención de esta conexión, es traer a estudiantes, mujeres y jóvenes a Londres, para que vean aquello que Ayesha llama: “la vida sin guerra”. Pero no nos adelantemos, Ayesha suena lejos, pero aún podemos hablar con ella, el tráfico de la ciudad y el humo del cigarro que acabo de prender, se mezclan con los sonidos y las personas que pasan. Toda la vida pasa en un instante; Ayesha me comenta que el propósito de esta asociación, ese propósito que no es esencial, pero si es fundamental, es el de poder sostener una comunicación con los barrios palestinos, para así entender un poco la vida de allá.
Y pienso en la idea de: “Vivir pacíficamente”, mientras escribo las palabras de Ayesha, pienso que me suena como la vida misma, pues se parece a esa brisa de Wordsworth cuando decía: “O there is blessing in this gentle breeze”. Mientras tanto Ayesha y su voz siguen viajando de un sitio a otro, de un teléfono a una libreta. Esa voz que busca dar lugar a otras voces, esa voz que me cuenta de la vida de los palestinos; quienes salen de su casa y hacen 20 minutos al lugar que tienen que ir, pero de regreso puede que eso cambie, pues un “chek point” como ella les llama, hace que tarden hasta tres horas. “Ha habido casos de mujeres embarazadas que dan a luz en esos puntos de revisión”, me comenta Ayesha. Los jóvenes palestinos que muchas veces necesitan ir a otros lugares para trabajar o estudiar, se ven amenazados por la constante presión militar. “Los molestan” relata Ayesha, con su voz de río.
“En un juego de fútbol, soldados israelís les dispararon en las rodillas a los palestinos que jugaban”, comenta Ayesha, la entrevista nos ha llevado a ese momento en que hay que decir lo que sucede allá. Y de esto se trata me susurra; a los palestinos lo que verdaderamente les importa es que la gente sepa cómo viven, que conozcan sus testimonios, “no piden dinero, para ayudarles hay que decir cómo es la vida en Palestina” afirma Ayesha. Una vida cómo la de aquél juez palestino, que acusado de haber querido tomar el arma de un soldado durante una revisión, fue fusilado. Ayesha me dice que sospecha de esto, pues “un juez sabe comportarse”.
Después de hablar sobre las 2 tarjetas de identificación que tienen los palestinos, una azul y otra verde, y de la situación de Jerusalén. Yo le pregunto a Ayesha lo que significa para ella trabajar en la asociación. Ella me confiesa: “Para mí es una experiencia humilde, pues los palestinos hablan de cómo sufren hambre y de su realidad, Palestina vive bajo una ocupación militar”. Es impresionante escuchar a Ayesha, pues la conversación tiene el tono de un blues, un blues que puntualiza que los jóvenes palestinos que vienen a vivir a Londres, después de estar en Inglaterra, regresan listos para insertarse en la sociedad civil, sabiendo dice Ayesha, que “es posible vivir sin guerra”.
Así termina la entrevista, con esas palabras, que se me quedan grabadas. Mientras observo como se termina de consumir el último cigarro que prendí.