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La Coatlicue y su simbolismo

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Enrique Ortiz García / Proyecto Diez

Con ocasión, pues, de haberse mandado por el Gobierno que se igualase y empedrase la Plaza mayor, y que se hiciesen tarjeas para conducir las aguas por canales subterráneos; estando excavando para este fin el mes de Agosto del año inmediato de 1790 se encontró, a muy corta distancia de la superficie de tierra, una Estatua curiosamente labrada en piedra de extraña magnitud, que representa uno de los ídolos que adoraban los Indios en tiempo de su Gentilidad.
Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica, 1972

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(17 de julio de 2014).- Corría el año de 1790 en la capital de la Nueva España cuando su plaza de armas (ahora llamado Zócalo) estaba en plena ebullición debido a las labores de pavimentación y remodelación que mandó a realizar el Virrey Juan Vicente Güemes Pacheco de Padilla Horcasitas y Aguayo, mejor conocido como el Conde de Revillagigedo. Su principal objetivo era mejorar las condiciones de higiene y de seguridad de la plaza de armas. Como consecuencia reubicó el mercado “El Parián” en la plaza del Volador (actual sede la Suprema Corte de Justicia de la Nación). Hizo lo mismo con la horca y también mandó nivelar la explanada que actualmente llamamos Zócalo. Esto debido a que existía un antiestético montículo en uno de los extremos de la plaza de armas.

Mientras realizaban estos trabajos accidentalmente se encontraron tres piezas emblemáticas de una civilización ya extinta y cuyo legado se había perdido en el trascurrir de los años: la cultura mexica.

Las tres piezas encontradas fueron: la piedra de Tizoc, el calendario azteca o piedra del sol y la deidad Coatlicue. Esta última fue encontrada en la esquina de las actuales calles de Corregidora y Pino Suárez. Fue un 13 de Agosto de 1790 cuando unos trabajadores que instalaban una atarjea de mampostería encontraron la Coatlicue, la cual estaba a escasos dos metros de profundidad. Se encontró boca abajo en posición horizontal y tomó tres semanas para poderla retirar del sitio.

La singular pieza paso por diferentes museos y universidades y fue vuelta a enterrar por lo menos en más de dos ocasiones, debido a que los indígenas de la ciudad iban a adorarla por las noches y a dejarle ofrendas.

Fue desenterrada nuevamente en el año de 1803 a petición de un gran explorador y antropólogo: Alejandro de Humboldt. Dicho personaje pidió que se expusiera la pieza para poder documentar todos su rasgos.

Entre las varias conclusiones a las que llegó el carismático viajero fue que originalmente la pieza estuvo expuesta colgada con el fin de que fueran visibles los grabados que se encontraban en su base, afirmación a todas luces falsa. La imagen a la que se refería era la deidad de la tierra del mundo mexica, Tlatecuhtli, Señor de la tierra en su representación masculina, la cual porta maxtlatl (taparrabo), orejeras, sandalias, bigotes y fauces relacionadas con los tlaloqueh o dioses de la lluvia.

Ya que empecé con la descripción de la base de la Coatlicue, seguiremos con una breve explicación de los elementos que la componen y su significado, este último en muchas ocasiones es desconocido a pesar de que la pieza ha sido reproducida en billetes, monedas y hasta en la obra de grandes muralistas como Diego Rivera.

La pieza de la Coatlicue representa un ser antropomorfo de carácter femenino al cual se le han adicionado diferentes elementos animales y de cuerpos humanos. Su nombre significa en náhuatl: “la que tiene su falda de serpientes”. Esta deidad era la diosa madre de la tierra, la luna, las estrellas y del sol representado en su hijo predilecto: Huitzilopochtli.

Existe mucha polémica sobre la identidad de la diosa. Algunos investigadores la relacionan con Tlateotl (señor/señora de la tierra), otros piensan que es una mezcla de los atributos de diferentes deidades como Tlatecuhtli, Mictlantecuhtli y Cihuacoatl. Finalmente Boone la asocia con las tzizimime, monstruos femeninos y fuerzas de poder destructivo que amenazan con descender y devorar a la humanidad en el fin de los tiempos.

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Esta pieza representa una diosa mutilada de su cabeza, de sus brazos y piernas. Si se mira la zona donde estas extremidades se unen al torso se pueden ver bandas con círculos lisos, los cuales reproducen el tejido adiposo debajo de la piel, clara señal de cercenamiento. Esta es la razón por la que surgen de su cuello y muñecas aterradoras serpientes (falsas coralillos) las cuales simbolizan la sangre la cual fertiliza la tierra y de ahí su relación con los reptiles.

Mucho antes que el simbolismo católico llegara a estas tierras dotando a las serpientes de un carácter demoniaco y malvado, en Mesoamérica se le relacionaba con la fertilidad. Para reafirmar esta apreciación se puede observar otra serpiente bajando entre sus piernas lo que está relacionado con el ciclo menstrual de la diosa.

Sus piernas surgen del elemento que le da nombre a la deidad (la que tiene su falda de serpientes) también han sido mutiladas y reemplazadas por las extremidades de una águila real, animal que representaba al sol en el mundo mexica. Inclusive se ven unos plumones que adornan sus extremidades inferiores que también poseen las águilas reales y cuya función es envolver los tibiotarsos y parte de los tarsometatarsos de dichas aves.

La riqueza y el gran trabajo de la pieza salta a la vista, sobre todo en la estilización de su forma y en la riqueza de patrones y texturas que envuelven su carácter de sacralidad.

La diosa porta un collar con corazones, manos y un cráneo dándole un carácter siniestro. Estos elementos recuerda el carácter Alfa-Omega de la deidad al representar la Tierra, la cual es dadora de vida pero también devoradora de la misma humanidad. El collar era una exigencia constante de sacrificios de humanos, de autosacrificios para hacer brotar el líquido vital y de las guerras que motivaron la economía y la política del imperio mexica.

En su torso encontramos más pistas sobre su carácter fértil pues posee senos flácidos y estrías en la parte del abdomen, como los tendría una madre que ha dado a luz en repetidas ocasiones. En pocas palabras es una deidad procreadora en el mundo mexica. Finalmente me gustaría citar las palabras de Michel Graulich, un erudito sobre el tema:

“Si la Coatlicue esta decapitada es porque representan a la Tierra desgarrada en el origen del tiempo, a la tierra que reclama sangre y corazones como lo simboliza la falda de serpiente, la Tierra que devora los hombres, como lo indican los brazos levantados y las garras amenazadoras, el cuerpo listo a saltar, el collar de trofeos; manos corazones y cabezas de muerte. La diosa muere dando vida; es por tanto una mujer heroica vestida de insignias propias de los guerreros. Si los flujos de sangre brotando del cuello se transforman en serpientes, es porque las serpientes son la vida que se renueva, la fertilidad”.

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