(Oaxaca, Oax.).- Sabía que la Guelaguetza era un gran espectáculo. Y lo comprobé asistiendo al primer “Lunes de cerro” como también se le conoce a la fiesta folclórica, indígena y mestiza más grande de América. Además, había visto fotos y videos de los coloridos bailables, sin embargo, jamás imaginé que presenciarlo sería una experiencia espectacular.
Tan sólo basta mencionar que el desfile de las delegaciones que se presentan un sábado previo al primer día de la Guelaguetza es un adelanto de lo que los oaxaqueños regalarán durante los siguientes dos lunes.
La kilométrica fila de gente que se encuentra a las afueras del Auditorio Guelaguetza tiene su razón de ser cuando inicia la gran fiesta. Todos desearían estar sentados en uno de los poco más de 11 mil asientos de cantera que, sin importar que sean incómodos, una vez iniciada la función, eso era lo de menos.
Parte esencial de esta tradición que es la más grande de Oaxaca se hace notar en el ambiente que se vive entre el público asistente, pues mientras la música suena, los sombreros en el aire no dejan de agitarse, ni los movimientos de pies. E incluso los más enfiestados, se paran a bailar el son que les toquen.
La palabra Guelaguetza proviene del zapoteco y significa “dar”. Precisamente, ese verbo, se ve en directo cuando las 8 delegaciones: Tuxtepec, La Cañada, La Costa, La Mixteca, Los Valles Centrales, La Sierra Juárez, La Sierra Sur y el Istmo de Tehuantepec, terminan de bailar y arrojan obsequios provenientes de sus comunidades a los espectadores.
Del escenario hacia el populi volaban tortillas, pan, chocolate, café, sombreros de paja, frijoles y hasta plátanos y piñas, que si te agarran desprevenido, te puedes llevar un buen chipote de regalo.
El colorido de los trajes, la música tan enérgica y llena de algarabía aunado a la enjundia que los participantes ponen en cada zapateado dejan perplejo a quien posa sus miradas y atención en el escenario, el mismo que alberga dos funciones a las 10 de la mañana y a las 17 horas los dos últimos lunes de julio.
Durante las más de tres horas que dura cada presentación, se aprecian magníficos y bien ejecutados bailes, famosos como el de “Flor de Piña”, “La danza de la pluma” y “Jarabe Mixteco”, donde el público levanta con entusiasmo su sombrero y corea las frases. Un acontecimiento que enchina la piel.
Los atuendos cuidadosamente bordados se ven embellecidos por las sonrisas enmarcadas en labios color rubí y ojos brillantes que conquistan las miradas del auditorio, mientras que la galanura de los caballeros que portan gran diversidad de trajes, levantan suspiros y halagos a su paso.
La función de la tarde tiene su cereza en el pastel: fuegos pirotécnicos que alumbran con destellantes colores el cielo en tanto que, en el escenario, las distintas delegaciones suben para que alegres y satisfechos gocen de la música y los aplausos bien merecidos por parte del público.
Oaxaca alberga una fiesta incomparable, una verdadera celebración de la cultura indígena en su mayor expresión, sus danzas, rituales y música son maravillas que aportan orgullo a los oaxaqueños y a los mexicanos.