Enrique Mendoza Ruiz
(12 de julio, 2014).- El pasado jueves, un colectivo de actores presentó con motivo de su próximo natalicio, una serie de adaptaciones sobre El espejo de los ecos de José Emilio Pacheco en la intersección de las líneas 3 y B de la estación Guerrero en el Sistema de Transporte Colectivo Metro. Éste proyecto maquinado por jóvenes actores de teatro forma parte de un esfuerzo en conjunto con la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México por impulsar la lectura entre los ciudadanos, especialmente, en los niños y adultos mayores del Distrito Federal.
Los artistas interpretaron, por dos horas, cerca de diez poemas del escritor capitalino mientras que trabajadores de la Secretaría de Cultura repartían ejemplares de bolsillo ilustrados con obras como “El Eco”, “El lenguaje”, o el “Sueño” a los transeúntes que se aglomeraban en torno a los actores, a quienes, por cierto, no les faltaron ovaciones.
Lo que motivó a los integrantes de éste colectivo a interpretar obras que no eran propiamente de teatro en lugares tan poco convencionales, es que la literatura es muy poco accesible para los mexicanos. Dígase por el tipo de educación que se nos ha impartido, por el escaso tiempo libre que disponemos, o por simple pereza si se quiere, pero, no hace falta ser experto o especialista en algo, para constatar que aún con la disponibilidad y los medios necesarios a nuestro alcance, en nuestro país es tan difícil apropiarse de las letras porque muy pocas veces leemos algo a profundidad. No leemos más que para cuestiones prácticas. ¿Y cómo podríamos esperar, entonces, que nos gustase la lectura en éstas condiciones?
Entre otras cosas, leer es importante porque descubre la riqueza de nuestra propia humanidad. La propuesta de los actores que conforman el colectivo llamado Lunabrí es mostrar mediante una disciplina más elocuente con el espectador acostumbrado a no hacer otra cosa más que tratar con personas el poder revelador de la lectura, revelándose de una forma que pueda acoger entrañablemente.
El Espejo de los ecos interpretado en un lugar tan común bien podría traer de vuelta esa dignidad a las cosas que los escritores se esfuerzan tanto por describir. ¿De qué serviría, en efecto, escribir sobre el sueño o el lenguaje si casi nadie puede ser testigo consciente de su acontecer en la vida diaria?