(10 de noviembre, 2014).- El día que supuestamente encontraron los polvorientos restos de Brenda Damaris González Solís, doña Juana tuvo una corazonada que le avisó, entre el dolor y amor de una madre, que esos 116 huesos encontrados en una fosa clandestina del paraje La Huasteca en Santa Catarina, no eran precisamente los que la Procuraduría del Estado de Nuevo León le habían dicho ser.
Por la noche, recibió una llamada a su casa. La madre Consuelo Morales, integrante de Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos (CADHAC), le avisó que la espera había terminado. En las instalaciones del Servicio Médico Forense del Hospital Universitario, tenían los restos de su hija, Brenda, presuntamente muerta.
Acudió a primera hora, durante toda la noche no pudo dormir, debía de corroborar el horror con sus propios ojos. La frialdad de los funcionarios aderezó la escena:
‒¿Dónde la tienen? ‒preguntó.
‒En una bolsa de plástico.
Entre los trámites burocráticos, el sopor de la mañana, el olor a café barato de la oficina y la indolencia de las autoridades nuevoleonesas, le dijeron que el cuerpo lo habían encontrado un año antes, pero las pruebas periciales apenas habían indicado que el ADN correspondía al de su hija. Si, Ella. La joven de 25 años que desapareció una noche del 31 de julio del 2011 y dejó, tras de sí, una estela de silencios profundos.
Un temblor en las piernas la sacudió por instantes, calor de octubre. Se le bajó la presión arterial y la idea de que el desenlace por fin hacía llegado a su vida, tocó la puerta por unos instantes. Pero también ese instinto maternal le decía otras cosas. La impresión de estar navegando en las negras aguas del absurdo, le reiteró que nada de eso podría ser verdad y era una jugada para dar carpetazo al caso.
La duda se confirmó una vez que comenzó con el trámite para llevarse las dos bolsas negras con los 116 huesos que supuestamente corresponden a Brenda Damaris. Fue así porque en el interior, no había un solo cuerpo que llevarse a casa, sino dos cráneos humanos; uno de ellos, de hecho, masculino. Durante las peripecias iniciales, la acompañó Leticia Hidalgo, integrante y directora de lo que hoy es las Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL).
‒¿Cómo iba a ser que después de todo la Procuraduría ahora si ya tiene certeza? –recuerda con un dejo de amargura.
En todo este tiempo, a pesar de que se tienen identificados a dos de los responsables, para variar, Policías Municipales, no hubo ni un solo detenido por el caso de Brenda. Lo único que a las autoridades les había llevado a conclusión, era que entre cientos de registros genéticos, cientos de cadáveres y la supuesta actuación del gobierno de Rodrigo Medina, quien le ha reiterado “acciones” que a menudo se han quedado entre palabras, un buen día, encontraron en una fosa a la joven.
***
Brenda Damaris era una joven alegre, de apenas 25 años que iba entrando en los 26, con una cabellera negra, obscura, casi tanto profundo como la intensidad de sus pupilas; también tenían una piel morena, labios gruesos y carnosos, que a veces recuerdan a la adolescencia de doña Juana, su madre con ahora poco más de cincuenta años.
Esa noche del 31 de julio del 2011, salió de su casa para ir a un bar en Santa Catarina, con un amigo, Julio César Santos, quien no dejaba de ver en su nombre, un prospecto para el noviazgo. La chica había trabajado todo el día, empacando comida para los trabajadores de su comunidad. Salieron felices y contentos. Entraron al bar. Platicaron y salieron, nada fuera de la rutina.
Sin embargo tuvieron un percance vial. Antonio González, hijo, hermano de Brenda Damaris, recuerda que esa fue la última vez que oyó su voz por el auricular del celular, ella le avisó del choque y de la llegada de la Policía de Tránsito, pero se cortó una vez que los uniformados le dijeron que dejara de hablar por teléfono.
‒Oiga, deje el teléfono –le advirtieron los agentes de tránsito.
Su hermano, preocupado, la buscó por todos lados. No tuvo éxito. Un agente de tránsito dijo que la Cruz Verde la había hospitalizado, pero en los hospitales nunca la encontraron ni viva ni muerta. Inició el trajín en el que se encuentran hundidas poco más de 30 mil familias mexicanas. La camioneta apareció al día siguiente por la carretera Monterrey-Saltillo, con cinco balazos y la duda sobre el destino que había sufrido la pareja.
Su caso, como el de otros 13 desaparecidos en aquellos años, sólo en Nuevo León, más otros 14 que se sumaron en este año según información de la CADHAC, es la secuela de un territorio controlado por la mafia de Los Zetas y el Cártel del Golfo. Entre páramos de tierra seca, la ley de la impunidad se acrecienta; por aquí y allá el tráfico de personas, trata de mujeres, ajustes de cuestas, levantones, corrupción y desapariciones.
Ahí Brenda Damaris desapareció.
***
Durante poco más de un año, doña Juana tuvo que sortear los caminos del dolor, sola. Por un tiempo la acompañó la CADHAC, pero pronto se dio cuenta de que dicha organización cometió errores gravísimos. Sin el Estado, sin las instituciones, sólo quedó acompañada por su familia y la Fuerzas Unidas por FUNDENL. Aquellos fueron los años más duros de la guerra entre el Cártel del Golfo y “la última letra”.
Igualmente fueron los años en los que las familias tuvieron que buscar, siempre, con el pecho descubierto, la negligencia gubernamental y el acoso del fuego, a su sangre de hermanos, sus hijos, a sus primos, hijos, nietos y esposos, en una lucha sin cuartel en contra del absurdo.
Dos días antes de supuestamente encontrar los restos de Brenda Damaris, un percance le alertó que la Procuraduría de Justicia de Nuevo León, encabezada por Adrián de la Garza Santos, quería “darle carpetazo” al asunto. Elementos del Ejército mexicano, en una protesta pacífica, intentaron reprimirla con la excusa de estar mandando “narcomensajes”. En realidad se trataba de la colocación de una manta con la foto de su hija para dar con su paradero.
El escándalo estalló. A cambio, para “acallarla”, le entregaron la bolsa con los huesos desenterrados. E inició un camino sembrado de dudas.
Antes de llevárselos a casa, la jefa del Laboratorio de Genética Forense, encargada de analizar las muestras, le advirtió que no viera personalmente la osamenta que le entregaron. De hecho, le pidió que los restos fuera, una vez velados, fueran enviados a una agencia funeraria que los cremara. Doña Juana personalmente nuca los miró, pero sí lo hicieron otros familiares que le alertaron de algunas inconsistencias.
‒No me enseñaron ni las fotos de los restos, tampoco me permitieron ver la bolsa. ¿Qué hacía? ¿Era o no mi hija? Pensé que cualquier ser humano merecía una santa sepultura, pero yo misma dudaba que esos pedazos de hueso fueran suyos. Decidimos enterrarla, no en la cripta familiar como es costumbre, sino en una tumba común y corriente. Tampoco le pusimos su nombre a la cruz, algo me dice que no es.
Otro detalle alertó la posible finta para deshacerse del caso: la Procuraduría en el dictamen pericial informa que fueron revisados restos de dos personas, una del sexo masculino en la que determinaba un tiempo estimado de muerte de 4 a 6 meses y una del sexo femenino con un tiempo estimado de muerte de 10 a 12 meses.
Y, como señalábamos anteriormente, los restos humanos fueron encontrados en octubre de 2011 por lo que se estima la muerte entre octubre y diciembre de 2010. Siete meses antes de que desapareciera Brenda Damaris.
Por último, las ropas con las que fueron encontrados los restos, y que fueron desechadas por la Procuraduría, no fueron reconocidas por la familia ni en el aspecto ni en la talla de Brenda Damaris. En la supuesta acta de defunción, se le puso que la persona encontrada “murió en su domicilio”, siendo que a ésta se le encontró, presuntamente, en una fosa clandestina.
***
El 25 de agosto del 2011, la supuesta tranquilidad de la sociedad regia, tocó fondo y en la tercera ciudad más grande del México, decenas de familias tocaron el fondo de aquel saco obscuro de la violencia que azota al país. El incendio al Casino Royale, en donde murieron alrededor de 52 personas y algunas aún sobreviven con el cuerpo y la memoria entre llamas, despertó la indignación cuyo origen, el terror, estaba instalado en todas partes.
El nacimiento de las Fundenl, es prueba de ese instante que pocos celebran: casos como el de Kristian Karim Flores Huerta, Roy Rivera Hidalgo, Gino Alberto Campos Ávila, Ernesto Efraín Vidal Flores, Luis Alberto Navarro Escobedo, Jesús Alberto Solaya Morejano, César Arturo Salazar Jasso, José Ángel Rivero Silva, Luis Alberto Caballero Barrón y Daniel Zendejas López –todos ellos desaparecidos– abrieron la interrogante:
¿Quién no está desnudo frente a las balas y la indolencia del Estado?
La memoria se hizo cuerpo. El cuerpo una exigencia de justicia. La justicia un ausente en el teatro del horror, las decapitaciones, los “levantones”, las masacres, las desapariciones, las torturas, balaceras y ajustes de cuentas. No obstante, al que le correspondió, por ejemplo, movimientos de la sociedad civil como Bordados por la Paz, cuyo ejemplo, ha logrado jornadas de protestas silenciosas en casi todos los países del mundo.
Para Alejandro Vélez Salas, director del portal Nuestra Aparente Rendición (NAR), así como testigo del nacimiento del movimiento por la aparición de Brenda Damaris, el proceso de búsqueda no ha podido desembocar en “tranquilidad” para las familias de los desaparecidos, porque existen mecanismos en la procuración de justicia que impiden llevarlo a cabo bajo los correctos protocolos internacionales, judiciales, científicos y políticos.
El ejemplo de doña Juana Solís es uno de ellos, por lo que su movilización y abnegación ha sido el único aliciente para encontrar la verdad.
***
Después de un año de haber sido descubierto el cuerpo de Brenda Damaris, así como un año de escarceos de la familia González Solís con la Procuraduría de Justicia nuevoleonense, los restos óseos por fin podrán ser analizados nuevamente mediante una prueba genética independiente.
El pasado 10 de septiembre, por medio de un equipo de peritos internacionales, encabezados por el antropólogo peruano, Franco Mora, investigador del Equipo Peruano de Antropología Forense –avalado por autoridades chilenas– e integrado también por el mexicano Joel Hernández Herrera, así como peritos de la Procuraduría General del Estado de Nuevo León, exhumaron los restos y en estos momentos están siendo analizados en un laboratorio de Estados Unidos: el Bode Technology, de Washington.
Es la primera vez en la historia del país, donde los familiares han lograrán despejar una duda de este tipo.
Sean o no los 116 huesos de Brenda Damaris, el antecedente que deja el peritaje independiente comprometerá a las autoridades mexicanas: “si son, evidentemente habrá pasado toda una serie de pruebas en donde los familiares fueron los protagonistas para lograr dicho objetivo, ante la falta de pericia de las autoridades.”
“Si no lo son, queda constancia de la siembra de cadáveres para resolver problemas políticos y de imagen que se ha empeñado en guardar el gobierno”, comenta Alejandro Vélez, quien contactó a doña Juana Solís, Antonio González y Leticia Hidalgo con el equipo de peritos forenses y antropólogos internacionales ahora avocados en el caso.
Los costos de la operación fueron financiados, ante la negativa de hacerlo la Procuraduría, por el equipo de Gobernanza Forense Ciudadana.
“El objetivo de esta segunda prueba, en ejercicio de los derechos a que tiene la familia según la Ley Federal de Atención a Víctimas, es dar certeza acerca de la identidad de los restos entregados por el Gobierno de Nuevo León a la familia González Solís. Asimismo garantizar que la Procuraduría Estatal cumpla en adelante con todos los protocolos de identificación de restos reconocidos por el Estado Mexicano”, advierte un comunicado de la FUNDENL.
Los resultados serán dados a conocer, posiblemente, entre diciembre y enero próximos.


