(14 de enero, 2015).- En cada discurso, el titular del Ejecutivo Federal intenta generar la ilusión de que la crisis que enfrenta el país es un bache pasajero, porque tenemos frente a nosotros el camino para superarlo. Ese camino comprende la atracción de capitales extranjeros para la implementación de megaproyectos de todo tipo: hidráulicos, carreteros, mineros, de energía e hidrocarburos.
De igual manera se justifica la creación del Mando Único policíaco y la división del territorio mexicano en cinco regiones. Zona Noroeste: Baja California, Baja California Sur, Chihuahua, Sinaloa y Sonora; Zona Noreste: Coahuila, Durango, Nuevo León, San Luis Potosí y Tamaulipas; Zona Occidente: Aguascalientes, Colima, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Querétaro y Zacatecas; Zona Centro: Distrito Federal, Estado de México, Guerrero, Hidalgo, Morelos, Puebla y Tlaxcala; Zona Sureste: Campeche, Chiapas, Oaxaca, Quintana Roo, Tabasco, Veracruz y Yucatán.
Todo lo anterior con el objetivo de superar las “dificultades” que cada región del país enfrenta, en colaboración con las secretarías de Gobernación, de Defensa Nacional, Marina y Procuraduría General de la República. En este momento cabe preguntarse cómo es que estas medidas ayudarán a contrarrestar el aumento de la pobreza extrema y la desigualdad social que han sumido al país en el descontento y la indignación, provocando en muchos lugares –antes recónditos y olvidados mediáticamente– un ciclo de luchas y resistencias populares, que le recuerdan al gobierno que el poder reside en la soberanía del pueblo.
En la búsqueda de explicar algunas aristas del contexto actual, entrevistamos al doctor Gustavo Esteva Figueroa, egresado de la carrera de Relaciones Industriales por la Universidad Iberoamericana, quien es también uno de los activistas, escritores e intelectuales más críticos del régimen. Para Esteva Figueroa, la primera pregunta que debemos hacernos en este momento de compulsión social es si estamos en un “periodo revolucionario”.
Pero, “¿qué cosa es un periodo revolucionario?”, pregunta Gustavo Esteva, para luego explicar que “una revolución no es la toma de La Bastilla o del Palacio de Invierno. Es un proceso complicado con múltiples iniciativas, con múltiples grupos que proponen distintas cosas, que avanzan en diferentes direcciones donde siempre hay un factor que se cumple –en casi todos los casos– que es un proceso autoritario”.
Si la respuesta es afirmativa, “no se trata de hacer la revolución sino de tomar parte en la que ya está, entonces, ¿qué podemos hacer en estas circunstancias? Una de las cosas que se pueden hacer es clarificar qué cosa es lo que está pasando y clarificar cuál es el sentido de la revolución que se está planteando”. En este escenario, el caso Ayotzinapa es “la primera evidencia pública de lo que nosotros sabíamos: que se mezclan criminales y policías y que no hay forma de distinguirlos, sino que son la misma cosa. Esta fue una evidencia pública espectacular”.
A más de tres años del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia en 2011, muchos grupos, colectivos y analistas llegaron a la conclusión de que “no había nada que hacer con los de arriba”. Desde entonces, se ha venido configurando la idea de “tumbar el gobierno, desmantelar ese aparato, pero no mucha gente ha pensado en ‘qué hacemos’ […]. ¿Qué se hace si no se trata de tomar el Palacio, sino desmantelar los aparatos de Estado? Lo que tenemos que hacer no es tomar el aparato, sino desmantelar la necesidad del aparato de gobierno”, señala Esteva , durante una entrevista en las instalaciones de la Universidad de la Tierra de Oaxaca.
El desmantelamiento de la idea de necesidad en las instituciones de gobierno, es el trabajo que han hecho los zapatistas a lo largo de 20 años, en Chiapas; en los últimos años, algunas comunidades en Oaxaca han ideado sus propios métodos de enseñanza, y en los últimos meses en Guerrero se instalaron los consejos municipales, todo con base en la organización ciudadana.
Para el autor de La batalla en el México rural es igualmente importante reflexionar en el tipo de resistencia y movilización que se plantea, así como en los objetivos de la misma, los cuales tendrían que ser consecuentes entre sí.Por ejemplo, “si le entramos a la violencia, provocamos a la policía, hacemos necesaria a la policía y al Ejército. Si los ignoramos, si nos preparamos en todo caso para nuestra defensa de policías y criminales, estamos enfrentando el hecho de manera distinta”.
En este sentido, Gustavo Esteva identifica dos puntos centrales que –en el contexto de movilizaciones sociales– no pueden perderse de vista, el primero es preguntarnos “cómo enfrentar el horror” que se avecina ante el proceso de industrialización con la instalación de megaproyectos que trae de la mano el incremento de la represión.En la megamarcha del 18 de octubre en la Ciudad de México por el caso Ayotzinapa, se palpó el “odio” de muchos jóvenes, el cual no debe desligarse del contexto de humillación vivida por décadas. Sin embargo, Esteva repara en que el camino de la confrontación no es una vía para el que la sociedad civil esté preparada.
El segundo punto central es “clarificar qué es lo que hoy hace falta construir, cómo enfrentamos –así como el horror– el discurso de la unidad, es decir, hay un discurso que viene sobre todo de algunos partidos o dirigentes que dicen que tenemos que estar unidos todos. ¿Unidos en qué?, ¿en qué podrían hoy estar unidos todos los mexicanos y mexicanas que queremos un cambio?”, cuestiona Esteva.
“Yo creo que hay muchísimas variantes de lo que quiere la gente y el discurso de la unidad inmediatamente pone el poder en unos cuantos dirigentes”. Actualmente “no estamos hablando simplemente del derrumbe de la lucha contra el capitalismo y la modernidad occidental, sino que estamos hablando fundamentalmente de la lucha contra el patriarcado, que es el fondo del asunto, (toda vez que) estamos ante el colapso de 5 mil años de mentalidad patriarcal”. Esta lucha antipatriarcal no debe confundirse con la lucha del feminismo por la igualdad de la mujeres, la cual abanderó el reconocimiento de derechos legales y humanos de las mujeres, pero a su vez, “consiguió que las mujeres fueran insertadas en un sistema de opresión”, en el que además de cumplir con el trabajo doméstico, se les incorporó a la esfera del trabajo remunerado.
Gustavo Esteva aclara que bajo este entendimiento “decimos servir y no servirse como en la tradición masculina. La tradición patriarcal es: estoy en una posición de poder político y económico y para mi beneficio”, de lo que se trata es de ponderar lo “femenino, lo maternal si quieres, porque el patriarcado reformuló lo matriarcal diciendo: ‘es lo mismo pero con las mujeres arriba’, y no se trata de eso”. Lo que se plantea bajo esta lógica es el reconocimiento y el respeto de la diversidad cultural y de las diferencias de género, más allá “de pensar cómo nos unificamos todos se trata de una concertación de coaliciones, de ponernos de acuerdo para acciones concretas”.
Ante el panorama de la represión de la protesta social, de la militarización del país, de los procesos de despojo e industrialización, así como la permanencia del régimen priísta, la resistencia de los pueblos indios se torna indispensable. “Mi principal esperanza es que los pueblos indios son los que nos van a conducir en la acción, no en una plataforma, no en un programa, no en una ideología, sino en una coalición de acciones conjuntas como lo hicieron hace 100 y hace 200 años. Incluso no podemos reducir la Revolución a Zapata y Villa, a dos grandes dirigentes, los que hicieron la revolución no fueron ellos dos, fueron los pueblos indios que se levantaron”, detalla el internacionalista.
Continuará


