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El cáncer del capitalismo invadió a México; Ayotzinapa, motor de reestructuración: Upside Down World

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(23 de enero, 2015).- Un emblema abominable de las atrocidades que puede generar el capitalismo contemporáneo es Ayotzinapa. Y no solamente se recluye a Guerrero, Ayotzinapa ya es cualquier parte del mundo donde la voz oprimida se alza, donde hay una demanda, cuando aparecen signos de rebelión en lugares en los que la desposesión y el saqueo de capital son la base, también es mostrar el poder de las redes hoy en día y cómo sostienen a una lucha que ha perdido el cuartel.

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Ayotzinapa es el final de una serie de eventos interconectados que, con mayor o menor densidad y/o visibilidad, forman parte de la esencia del capitalismo del siglo XXI, que poco a poco se extiende y no se limita solamente a México, va subrepticiamente o de manera escandalosa contaminando, cual cáncer, al mundo entero en una metástasis que terminará por colapsar a todos los sistemas.

Cada vez es más claro que el capitalismo crece en dos vertientes: por un lado está la sociedad formalmente reconocida, con organización y confrontación como base de su moralidad, pero por otro lado tenemos una que crece a ritmos acelerados, una sociedad paralela donde su economía es calificada de ilegal y que trabaja con una moralidad, organización y disciplina que son bastante diferentes a los de la otra.

Lugares como México donde hay crisis producto del neoliberalismo, además de los cambios sustanciales en la división de labores; al hablar de sus actividades productivas y el uso del territorio, que provoca una fractura social que cada vez es más profunda y complicada de resolver. Uno de los principales problemas es que los jóvenes han perdido totalmente sus perspectivas y sentido de pertenencia en una sociedad que parece que fue creada para absorberlos, misma en la que sus oportunidades de encontrar trabajo, o incorporarse a ella, han desaparecido donde los horizontes han desaparecido. No hay lugar para más trabajadores, no hay trabajo, la oferta no va a la par que la demanda. Muchos lo llaman “Generación X”; una generación que no sabe a dónde va porque no hay a donde ir. La fase actual del capitalismo se ha encargado de eliminar espacios mientras extiende su poderío. Se ha apoderado de la tierra, las actividades domésticas e incluso algunas clases de entretenimiento, pero los beneficios de dicho apoderamiento no son vistos por grandes sectores de la población, lo que los convierte en segregados.

Neoliberalismo

Tras conocer el proceso de “corrosión” del capitalismo, es imposible hablar de un orden social. La situación actual habla de desorden, ruptura y descomposición, de esta manera pareciese que la única manera de sostener a este nuevo “orden desordenado” es con el autoritarismo.

La militarización del planeta, principalmente en los negocios diarios, se ha empezado a imponer como el patrón general de todo el proceso. La estabilidad de este sistema no sólo radica en el “libre mercado” de los neoliberales, pero la fuerza, que lo puede garantizar, sí funciona. Es una fuerza para un mercado militarizado, donde podemos ver las manos de quienes lo controlan y no sólo sus manos también las armas que sostienen. Este es el camino tomado por el capitalismo formal, mismo que se reconoce, acepta y lleva a cabo, paradójicamente, de manera legal.

Las fracturas, creadas por esta misma sociedad, han encontrado la manera de ser cubiertas gracias al desarrollo de una sociedad paralela. Ésta ocupaba los nichos de la pasada pero terminó por invadirlos. Esta sociedad adoptó la basura escondida que la pasada, hipócritamente, desechaba y la convirtió en un negocio; una oportunidad para acumulación y poder.

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Todas las formas de comercio ilegal emigraron a la nueva sociedad; tráfico de armas ilegales, producción y tráfico de drogas, trata de blancas, por mencionar algunas de las muchas variaciones que surgieron. Todas son transacciones sumamente beneficiosas, en parte al no tener impuestos, pero que la moralidad establecida está obligada a ver mal y por ende negar.

De cualquier manera el capital ganado logra nutrir a ambas sociedades, los únicos perdedores son aquellos que económica, social, política y culturalmente están excluidos de negocios, de diverso nivel, y del poder.

Aquí es donde entran al “juego” los jóvenes; se unen a las fuerzas armadas (policía, ejército) ya que brindan beneficios que de otra forma no podrían conseguir, ahí no son socialmente marginados, como lo han sido gran parte de su vida, ahí se sienten con un nivel de poder aquellos que fueron catalogados como inútiles para la sociedad. De igual manera las oportunidades que reciben son directamente proporcionales a las oportunidades de los miembros de la otra sociedad; traficantes de drogas u hombres de negocios que requieren de sus servicios y/o de sus armas. Así que estos últimos los han empleado, las últimas dos o tres décadas, creando una nueva cultura: los mercenarios, el poder arbitrario, los saqueos con extorsiones.

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En cuanto la “economía legal” entró en crisis fue el momento para que la economía, que estaba escondida, creciera y operara en ciertos sectores como si fuera la “legal” pero con muchos mayores beneficios.

Un ejemplo serían las operaciones de minería no aclaradas, mismas que incluyen muchos casos de abusos extremos contra los trabajadores. Sea África o México en las minas laboran niños que son obligados, secuestrados para que trabajen y que son resguardados por cuerpos armados, que pueden ser cualquiera de los dos; mercenarios o miembros del ejército. La extracción de las minas se puede llevar a cabo sin costo, ya que no se les paga a los trabajadores, sin cobro de impuestos, porque son ilegales y no tienen que ser declarados porque se exportan con la complicidad del consorcio de minería y por las autoridades que también se llevan un beneficio.

Esta clase de “capitalismo dual” no sólo es capaz de sobrevivir a la crisis, también puede ganar en una explotación doble a la población, ya sea con jornadas de trabajo con labores prácticamente de esclavo, diferentes clases de extorsión, quitar las tierras, robar sus propiedades y otros abusos de este rubro.

La clave para que esto funcione es la violencia despiadada.

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Es estas circunstancias el Estado se convierte en parte del proceso y la sociedad está sometida a aguantar condiciones de vida similares a las de una guerra en el día con día. La violencia se instala como una disciplina social y se vuelve general. En un juego público – privado donde los encargados del control social se unen alrededor de las verdaderas fuentes de ganancia, sean legales o ilegales, y alrededor de los poderes que son invertidos para su beneficio de conseguir un orden social que vaya ad hoc a sus modos de acumulación de capital.

Por medio del abuso, la violencia y el crimen se consigue hacerse con recursos de muchas partes del planeta, lo que genera una ganancia a esos grupos pequeños que lideran cada quien su sociedad. Así que el tener el control de armas y la provocación de violencia son los aliados que se buscan en el capitalismo contemporáneo.

No hay guerras declaradas, no hay guerras igualitarias, lo que sí hay es corrosión, manchas de violencia que crecen acompañando al naciente capitalismo del siglo XXI. Las instituciones encargadas de la disciplina y la seguridad de los estados han sido superadas al momento de enfrentarse al alto nivel de apropiación y desposesión que marca el capitalismo de hoy. Estas instituciones terminan convirtiéndose en aliadas del crimen organizado, protegiéndolo o incluso actuando con ellos, de manera que estas fuerzas del orden se convierten en fuerzas irregulares que nutren y alimentan a los beneficiarios de este capitalismo.

Todo es una cadena de acciones que desembocan en un hecho preciso: Ayotzinapa.

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Mientras que México se mostraba como un emblema de disciplina y democracia antes de que entrara en vigor la iniciativa Mérida.

En menos de 10 años el eje de disciplina pasó del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a los perpetradores de la violencia, tanto en el Estado como privados. Puede ser que la violencia esté presente en muchos lugares pero el precedente que marcó México radica en lo extremo que fue: decapitaciones, desollaciones, mutilaciones, cuerpos quemados, desapariciones, eran (y son) el común denominador de un país donde los elementos, que son los responsables de la seguridad y la justicia, están involucrados.

México se ha convertido en un cementerio para los pobres y los migrantes que son secuestrados para trabajar como esclavos, salvajemente asesinados para aterrorizar y “disciplinar” a terceros, o matados en masa. La relación entre esto y las regulaciones migratorias de Estados Unidos solamente son especulaciones, mismas que podrían dejar de serlo si se observan las estadísticas actuales. Lo que es más evidente es el robo de tierras, propiedades, recursos y negocios que ocurre a raíz de esto. Cada día hay más gente víctima de crímenes y no hay una sola institución de seguridad que pueda protegerlos o a la que, mínimo, puedan acudir.

La sociedad ha sido radical y dolorosamente en menos de diez años.

Ayotzinapa sólo es la punta del iceberg. Ahí los límites fueron sobrepasados. Con total impunidad, fuerza desmedida y una complicidad total con el Estado y el crimen organizado, se atacó al grupo más vulnerable de la sociedad: gente pobre de áreas rurales devastadas, estudiantes que se convertirían en maestros, niños con deseos de cambiar un mundo que no los acepta. Ayotzinapa puede ser la punta pero es una punta de insultos, ira y falta de protección. Es la acumulación de la falta de honor y de dignidad. Es el límite, la situación que consiguió traer de nueva cuenta la energía, vitalidad y coraje de la gente de México para que saliera a las calles. “Nos han quitado tanto que hasta nos han quitado el miedo” era lo que podía leerse cuando inició todo.

Ayotzinapa es la punta o la ruptura. Es el símbolo de las guerras del siglo XXI y de los nuevos patrones de disciplina social que acompañan los procesos de desposesión y robo de todo el planeta. En 10 años México se ha convertido en una tierra de masacres, guerra sucia, de dolor. El problema no es el narcotráfico el problema es el capitalismo.

Ayotzinapa es un espejo de dos vistas: la del camino del abuso de poder es obvia, visible y abrumadora. La del camino para defender a la vida, exigir justicia y despertar contra los abusos es pálida y discreta, pero, sin lugar a dudas, dejará cicatrices, huellas, precedente y para mover la montaña con una cuchara, al menos, se debe empezar.

 

 

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