(27 de enero, 2015).- Este día no fue uno normal. Los camiones que a diario recorren desde km.13 a Indios Verdes dejaron de circular por su acostumbrada ruta, cediendo el asfalto a las pisadas de miles de personas que, de a cientos, iban integrándose al torrente de gente que caminaba hacia el norte, gritando consignas que identificaban su contingente: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Naucalpan, Congreso Popular, el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y más.
Otros pocos aprovecharon las fotografías colgadas en las rejas del bosque de Chapultepec para que la tinta negra hiciera evidente a todos su protesta. Varios metros más adelante, en la Estela de Luz, estaban varias personas que no era muy común reconocer antes en una manifestación, se trataba de sacerdotes y seminaristas pertenecientes a “Iglesias por la paz con justicia y dignidad”. Hablando con uno de ellos, decía que no era que asistiera a la marcha para formar parte del grito unísono de los reclamos ya comunes, sino porque estaba convencido de que debe haber una transformación consiente de la que debía ser parte. “La indiferencia es el peor de los males”, comentó. Poco después se sumaron enfermeros y enfermeras, muy entusiasmados, uniéndose a los pasos y gritos de los demás.
Al llegar al Ángel de la Independencia, otras organizaciones como la Unión Popular Valle Gómez se unieron. Apenas habían transcurrido poco menos de una hora y era increíble el número de caras conocidas que, sin planearlo, se encontraban. No todos iban bajo un nombre o banderas. No todos pertenecían a algún contingente, sin embargo, marchaban también. La cantidad de niños y niñas presentes también fue evidente, varios de ellos blancos de fotos de los muchos fotógrafos que acompañaban y registraban los momentos de la tarde que poco a poco iba apagándose.
Algunos oficinistas curiosos, se tomaban el tiempo de leer los volantes que se repartían; otros más cruzaban las calles casi sin ver, apresurados a llegar a alguna parte. Muy pocos establecimientos cerrados, la vida casi transcurría normal si no fuera por el río de personas que seguían el mismo camino hacia el Zócalo. En alguna parte de Reforma, un autobús de granaderos pasó en contrasentido siendo objeto de chiflidos y mentadas. Otros más estaban replegados en alguna calle sin que inmutara a la manifestación que seguía adelante. “Aguas y tortas de a 10”, “esquites”,” chicharrones y cigarros”, también eran gritos que se oían a lo lejos, pero no menos fuertes.
Llegando a Avenida Juárez, la marcha se detuvo un poco. Parecía, por momentos, que una era la vida de los de debajo de la acera y otra la de los que estaban dentro de los establecimientos. Gente en un mundo distinto desde Starbuks, conversando casi sin voltear a la ventana, personas saliendo y entrando del Hotel Hilton, tampoco parecían muy impresionados por la manifestación. Metros más adelante, se hizo un mitin breve. Varios representantes hablaron, recordando el sentido de la marcha en el hecho de hacer presente y tangible el poder de la clase trabajadora.
Poco después la calle 5 de Mayo, ya acostumbrada a los manifestantes que pasan por ella apresurados para llegar a la plancha, logra, por la acústica provocada por las paredes de los edificios, gritos más fuertes.
Llegando, por fin, a la culminación y punto de reunión de las varias vías de manifestación del día, se encuentra un zócalo con cielo amplio y azul ya oscuro. A pesar de lo que podíamos imaginar, esta vez no estaba completamente lleno. El espacio que hay, permitía que los carritos de hot-dogs a 3×20, las hamburguesas y los refrescos pudieran vender sin empujones.
Los padres ya estaban hablando. Le toca primero a uno, luego a otro, luego a una mamá de un normalista que, dice, es la primera vez que habla públicamente en el templete. Ninguno es un discurso planeado, mucho menos escrito por alguien más. Las cortaduras de sus voces hacen entender y sobre todo, sentir, el dolor y la rabia que están sintiendo. “No están solos”, gritan casi todos los asistentes. Y es entonces cuando se sabe que en verdad es así. No importa si no se entiende el dolor de no ver a tu hijo por 4 meses, si no se ha vivido la angustia de no saber dónde está, la rabia de escuchar declaraciones contradictorias y ridículas de quien, se supone, tiene la capacidad de dar una respuesta. Todos, aunque no lo hayan vivido, están ahí. Todos caminaron por horas, dejaron de hacer cualquier otra cosa que pudieron haber hecho este día, llevaron a sus hijos, fueron solos o con amigos, había incluso personas en sillas de ruedas. Sabiendo el peligro que, increíblemente, se ha vuelto asistir a una marcha estos últimos años, el hecho de salir a las calles de modo organizado y pacífico es clara señal de que es verdad. No están solos.





