Por Carolina Romero
(13 de febrero, 2015).- ¿Cuántas historias de desamores, encuentros, rupturas, bajas pasiones, borracheras, riñas y cualquier situación inimaginable habrá visto la Plaza de Garibaldi? Garibaldi es de esos lugares que no pueden ser desligados de sus historias. Parte importante de su valor radica en lo que se vive y se ha vivido desde su creación.
La Plaza se creó en 1850, entonces se llamaba “Plazuela del Jardín”, dos décadas después la llamaron “Plaza del Baratillo” puesto que aquí se encontraba un famoso mercado popular donde se vendían cosas de doble uso, viejas o robadas a muy bajo costo. Fue hasta 1921 cuando se le nombra “Plaza Garibaldi”, en conmemoración a un militar italiano que se integró a las filas maderistas durante la Revolución Mexicana. Es relevante saber también que en la época virreinal la zona se encontraba fuera de la traza española, la población que en aquel tiempo la habitaba era indígena por lo que en el terreno se cultivaba maguey y se producía alfarería.
Según las fuentes, desde a mediados del siglo XIX han existido pulquerías en este espacio. Esto influyó a que, desde entonces, se propiciara un ambiente festivo. Desde 1936 y hasta ahora existe una pulquería muy famosa en el Callejón de la amargura número 4; se llama “La hermosa Hortensia”. Es un lugar familiar que ofrece un buen pulque y vale mucho la pena visitar.
Así mismo, Garibaldi es impensable sin en el “Salón Tenampa”, también ubicado a un costado de la Plaza. Sus inicios datan desde la década de los veintes del siglo pasado cuando Don Juan Hernández, de origen jalisciense, creó una cantina pensada en recibir a sus coterráneos. Pocos años más tarde este lugar se convertiría en un sitio emblemático para la ciudad, además de ser testigo de las filmaciones de varias películas de la época de oro del cine mexicano donde participaron Jorge Negrete, Pedro Infante, Tin Tan y Cantinflas por mencionar algunos. El Tenampa también recibió a personajes emblemáticos de la cultura, entre ellos Frida Kalho y qué decir de los íconos de la canción mexicana, nada menos que José Alfredo Jiménez, Chabela Vargas, Lucha Villa, Pepe Guizar y varios más.
Claramente Garibaldi es sinónimo de música. Es nada menos que el primer lugar en la Ciudad, donde el mariachi (uno de los símbolos más representes de México en el mundo) se estableció en una plaza pública otorgándole la característica tan particular que desde casi 100 años mantiene. Aunque también es cierto que no sólo pueden encontrarse mariachis; también hay conjuntos de norteños, tríos y músicos jarochos que tocan las que les pidan.
Hace todavía unos años, la gente podía echar trago en la plaza, mientras cantaba y bailaba con la música viva. Fue apenas en el 2012 cuando esto se prohibió y hasta ahora, sólo puede beberse dentro de los establecimientos que la rodean. Para algunos, esta medida mejora la calidad del sitio, según dicen, es más segura porque no hay tanto borracho sin embargo, para otros se ha disminuido la afluencia de visitantes y se ha visto afectado el trabajo de los músicos porque el ambiente ya no es el mismo y las personas van con menos frecuencia a solicitar los servicios musicales. Lo uno y lo otro es cierto; las personas se sienten más seguras al visitar la plaza porque ahora hay más vigilancia, pero también es cierto que ya no es la misma dinámica de celebración de años atrás.
El lugar colinda con la Lagunilla, lo que de alguna manera ha hecho que el lugar conserve su carácter barrial, no obstante también es visitado por muchos extranjeros que lo ven como destino obligado de la Ciudad de México. De este modo coexiste, por ejemplo, la modernidad y estilo minimalista del Museo del Tequila y el Mezcal (inaugurado apenas en el 2010), hasta el antiguo y popular Mercado San Camilito que está a un lado de la plaza desde 1957 donde lo mismo se puede degustar una birria y pozole como mariscos o postres.
Lo importante es que es un punto de reunión para propios y extraños donde se evocan símbolos de pertenencia cultural. Donde las rancheras cantadas a todo pulmón adquieren un sentido propio y uno puede reconocerse con los muchos otros que cantan también. Donde la tradición se une con la novedad. En una ciudad que está llena de lugares artificiales, en algunos casos súper pretenciosos y elitistas, donde el mezcal se ha vuelto moda en ciertos sectores y les resulta hasta glamoroso su consumo, es muy significativo que esta Plaza, a pesar de todas sus transformaciones sufridas, subsista como el lugar original que es. Es fundamental hacer prevalecer este lugar; el trabajo de sus músicos, su historia que es la nuestra. Es un modo de prevalecer nosotros mismos, crear identidad y apropiación del espacio público.
Desde hace mucho la plaza es el ícono de la parranda. De ir a buscar mariachi para llevar serenata a la novia (o a la ex novia), de asistir con amigos a curar el mal de amores, ir a festejar cumpleaños y así infinidad de etcéteras. Cada quien tendrá su razón para visitar Garibaldi. Y si bien es un lugar muy bello arquitectónicamente y de alto valor histórico, lo emocionante es ir e imaginar las historias seguramente apasionantes que se han vivido ahí. Claro que sería también muy bueno ir a crearlas.


