Ilustración: Pe Aguilar / @elesepe1
(24 de marzo, 2015).- El eco que a nivel internacional ha tenido el despido injustificado de Carmen Aristegui se sigue constatando en medios de difusión internacional. En esta ocasión The daily beast, con la pluma de León Krauze, ha compartido la siguiente nota en torno a uno de los temas más polémicos que han envuelto a la política mexicana y a la libertad de expresión de los últimos tiempos.
Carmen Aristegui una popular periodista mexicana, publicó, en noviembre del año pasado, el tipo de historia que todo periodista sueña. Aristegui reveló que Enrique Peña Nieto y su esposa, la actriz Angélica Rivera, poseen una inmensa mansión en una de las colonias más caras de la Ciudad de México.
La “Casa Blanca”, acertadamente apodada, es impresionante: suelos de mármol, una zona de spa, iluminación ajustable en tonos de fantasía. El lugar ha sido valorado en aproximadamente 7 millones de pesos, una pesada carga para las finanzas de cualquiera, y qué decir de Peña Nieto, quien ha trabajado en el sector público la mayor parte de su vida, o Rivera, una “exitosa” actriz de telenovelas, pero que no es Sofía Vergara.
No era el tamaño de la casa o su precio lo que volvió al reportaje de Aristegui un escándalo internacional; la investigación reveló que Grupo Higa, la empresa que vendió la casa a Rivera, tenía una larga historia de vínculos con la administración liderada por Nieto en el Estado de México (cuando éste fue gobernador hasta que saltó a la presidencia en 2012).
La amistad entre Juan Armando Hinojosa, dueño de la compañía, y el entonces gobernador Peña Nieto había demostrado ser generosa. El equipo de Aristegui descubrió que, durante el mandato de Peña Nieto de seis años en el Estado de México, Higa había construido hospitales, carreteras y recibió una amplia gama de contratos. Y la relación especial de Peña Nieto con Hinojosa no terminó ahí.; una vez que su amigo se convirtió en presidente, el magnate de la construcción siguió recibiendo ofertas lucrativas, incluyendo 3000 millones por vías y un proyecto de 3.7 mil millones para construir el primer tren bala de México, un contrato del gobierno abruptamente cancelado sólo tres días antes de que Aristegui publicara el informe de la “Casa Blanca”.
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El escándalo sacudió a la política mexicana. Después la primera dama empeoró las cosas con un video torpe, publicado en su canal de YouTube, donde explicaba que con “su trabajo” había podido adquirir sus bienes. A su vez Peña no se ha recuperado desde su torpe manejo a la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero en septiembre pasado.
Para Aristegui y su equipo fue un golpe para recordar, y con razón. Después de todo, en otros lugares, los conflictos de interés de esta magnitud podrían haber dado lugar a un colapso del gobierno.
Por desgracia en México no pasó mucho. Después de 90 días Peña Nieto eligió a Virgilio Andrade, amigo del mandatario, como su nuevo Secretario de la Función Pública. Andrade fue instruido para reportar cualquier delito cometido por su jefe. Parece poco probable tal resultado. Casi cinco meses después del escándalo el balance se resume a que nadie ha sido señalado, acusado ni despedido.
Nadie, sólo la periodista que dio a conocer dicho escándalo de corrupción de tales magnitudes.
La semana pasada MVS, una corporación de medios de comunicación privados, despidió a Aristegui como conductora de su noticiero matutino de radio. Su equipo de periodistas se fue con ella.
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El despido abrupto de Aristegui ha desatado un escándalo. Sus 3,6 millones de seguidores en Twitter convirtieron rápidamente la polémica decisión de la compañía en un tema de tendencia en todo el mundo.
Muchos periodistas mexicanos (me incluyo) han expresado su preocupación por la todavía frágil pluralidad de opiniones del país. La mayoría de las voces sugieren que esto es un caso cerrado y de la censura: el gobierno de Peña Nieto flexionó su músculo autoritario para vengarse por el escándalo de la “Casa Blanca” y deshacerse de Aristegui, justo a tiempo para las elecciones del 7 de junio.
Pero las cosas podrían no ser tan claras y simples.
El conflicto actual se inició hace unas semanas, cuando un par de reporteros de Aristegui, Daniel Lizárraga e Irving Huerta, añadieron el nombre de MVS a la lista de colaboradores detrás de Mexicoleaks, un portal ciudadano de denuncia de irregularidades. Lo hicieron sin el permiso de la compañía. Enfurecidos los directivos de MVS despidieron a los dos periodistas, citando “falta de confianza”. Aristegui, por su parte, vio la salida de sus periodistas como la primera salva en una lucha por la independencia editorial. Ella inmediatamente exigió su reincorporación con un ultimatúm mismo que MVS rechazó y contrarrestó el “disparo” despidiendo a la periodista. Tras su despido, Aristegui gritó censura.
Aristegui ha dicho que está pagando el precio de su periodismo de investigación: “La forma en la que hicieron las cosas nos lleva a creer, aunque no tengo pruebas, que el gobierno está detrás de todo esto”, sostuvo durante una conferencia de prensa la semana pasada. Poco después, durante su conferencia de prensa, MVS negó cualquier participación exterior y culpó Aristegui: “No podemos aceptar un ultimátum”, dijo la empresa, antes de señalar que el contrato de Aristegui recientemente había sido renovado incluso después del asunto de la “Casa Blanca”.
Esta no es la primera vez Aristegui ha culpado censura por sus desacuerdos profesionales. Antes de MVS tenía un programa de radio con el mismo éxito en W Radio, otra estación ampliamente escuchada. A Aristegui se le asignó un director de noticias, quien le sugirió que acatara otro conjunto de normas espetando las pausas comerciales programadas, uniéndose a las reuniones diarias de las editoriales. Con el tiempo se negó a renovar su contrato. Una vez que se fue, lo que había sido una sencilla diferencia de opinión se convirtió rápidamente en un ataque a su libertad como periodista.
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Sin embargo, incluso si el despido de Aristegui no estaba directamente orquestada por el gobierno de Peña Nieto, los hechos siguen preocupantes: La periodista que investigó y publicó una obra maestra del periodismo de investigación, que expuso un enorme conflicto de intereses en lo profundo de las altas esferas de la política mexicana, ha sido despedida
Por lo pronto los medios de comunicación mexicanos han perdido temporalmente una de sus voces más vibrantes. En el peor de los casos los métodos del viejo PRI, partido intolerante que gobernó México durante la mayor parte del siglo XX, están de vuelta con plena vigencia. En un país donde las libertades han sido, durante mucho tiempo, una utopía los hechos actuales parecen apuntar a un mal agüero futuro.





