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Enrique Peña Nieto: El problema no es el hombre sino el sistema

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Por: Ivonne Acuña Murillo

(02 de abril, 2015).- En una interesante reflexión, Jorge Zepeda Paterson, afirma que México se encuentra dividido en dos posiciones: la de aquellos que ven a Enrique Peña Nieto como “el gran reformador” y la de quienes exigen su renuncia. Los primeros son percibidos como los “aduladores” del primer mandatario, quien parece cerrarse sobre la posición del 40% de la población que aprueba su gestión, sobre la prensa “benigna” y al lado de quienes piensan que México va por buen camino; mientras que los segundos, son vistos como agentes de la destrucción y la inestabilidad, instigadores del anarquismo, profetas del apocalipsis y “agoreros de la desgracia”, frase que da título a la colaboración de Zepeda Paterson, y que parecen encabezar el descontento del otro 60% de la población que desaprueba lo hecho hasta hoy por Peña Nieto.

No existen entre ambas posturas, continúa el periodista, puentes comunicantes que permitan la construcción de una posición intermedia pues el abismo que las separa se ensancha cada vez más.

La solución, desde su perspectiva, no es la renuncia de Peña Nieto, pero tampoco dejar de denunciar aquello que no funciona o funciona mal, sino poner a dialogar a los “dos méxicos” en que nos hemos convertido y mediante la presión de la opinión pública y la intervención ciudadana obligar a las élites, políticas y económicas, a introducir cambios que disminuyan la corrupción, la desigualdad y la injusticia.

En el fondo de su reflexión se encuentra la convicción de que “el problema no es el hombre sino el sistema”; esto es, que aunque Peña Nieto renunciara, en su lugar se nombraría a otro que, al igual que él, daría la cara por un proyecto que no es el de la mayoría, sino el del grupo al que pertenecen.

Visto así, la estrategia obvia “no es remover al hombre sino cambiar el sistema” y la pregunta obligada aquí es ¿de qué sistema estamos hablando? Para tener una respuesta clara habría que pedir a Jorge Zepeda se extendiera en su caracterización de aquello que a su parecer es el problema. En el texto citado da algunas claves cuando habla de miseria, corrupción ofensiva, impunidad flagrante y de infamias cometidas en contra de los desprotegidos, variables todas que bien pueden formar parte de la descripción histórica de más de un periodo en la vida nacional. Por otra parte, ¿estará pensando Zepeda en el sistema político, en el económico, en el cultural, en algún otro?

Más allá de la propia postura del autor y coincidiendo con él en su afirmación central de que más que cambiar al hombre hay que cambiar el sistema, me permitiré aquí dar mi propia visión sobre dicho sistema.

En primer lugar, es imposible en términos teóricos y prácticos separar al sistema político del económico, toda vez que, en un Estado-nación, para que una cierta forma de organización económica opere debe existir concordancia entre ésta y las reglas políticas que sostienen, alientan y vigilan su nacimiento, desarrollo y consolidación. Históricamente hablando, no se puede separar el origen del Estado-nación del comienzo del capitalismo, ni las representaciones culturales hegemónicas de ambos.

Partiendo de esta afirmación, lo primero a sostener aquí es que debe verse al sistema como un “todo”, en el que la política, la economía y la cultura generada por las dos primeras, se conjugan de tal manera que es imposible disociarlas en un análisis de aquello que hay que cambiar en México.

Al hablar de política, se piensa en la democracia, alla messicana, por supuesto, al hablar de economía, en el neoliberalismo, también alla messicana, y al hablar de cultura, en el corporativismo, el clientelismo y el consumismo, faltaba más, alla messicana.

Pero ¿cómo se concatenan tres lógicas de suyo diferentes? Para comenzar habrá que decir que la democracia mexicana, a pesar de que se han abierto espacios de participación, transparencia, crítica y disidencia, no ha logrado superar los límites impuestos por el corporativismo y el clientelismo cuyas prácticas siguen siendo reproducidas ya no sólo por el PRI, sino por aquellos partidos que han ejercido el poder político en los diversos niveles de gobierno, como el PRD, el PAN y los partidos pequeños como el PVEM, el PANAL y en menor medida, el PT y Movimiento Ciudadano.

Estos partidos, en particular los más grandes, se han apoderado de la representación política para hacer valer sus intereses de grupo y han dejado de lado las necesidades y demandas de quienes dicen representar para coludirse, sin rubor, con grupos económicos que al igual que ellos sólo procuran su propio beneficio. Y es aquí donde la política y la economía se unen para imponer, al país y en especial a las clases medias y a los grupos menos favorecidos, “democráticamente” en el mejor de los casos, o por la fuerza, en el peor de ellos, un modelo económico a todas luces rapaz, conocido en el mundo como, “neoliberalismo” y cuyas máximas centrales son:

 

1.-“El mundo es un negocio”


2.“Todo, absolutamente todo es privatizable”


 

3.- “Los individuos sólo valen en tanto tengan para consumir”


Es así que la cultura impuesta por las prácticas corporativo-clientelares, en las que se intercambian, entre otras muchas cosas, votos por “favores” (desde tortas, gorras y pollos rostizados hasta tarjetas Monex, Soriana o de descuento como aquellas que indebidamente entrega el llamado Partido Verde) se suman a la creencia de que valemos en tanto consumimos.

De esta manera, vía la democracia, los políticos mexicanos y “sus” procesos electorales ofrecen la ilusión según la cual se puede modificar el estado de cosas que mantiene a la mayoría de la población como rehén de los grandes “negocios” que se fraguan en la cúpula de las élites política y económica; desde la economía, venden el mito de la igualdad de oportunidades, misma que es apoyada desde la política a partir de la supuesta igualdad jurídica, y que postula que todos y todas tenemos la misma posibilidad de competir en el mercado por los satisfactores necesarios para llevar una vida digna; finalmente, desde los esquemas culturales, introducidos y reforzados por la publicidad incesante, nos convencen de que al consumir los productos que el mercado ofrece, y que en un altísimo porcentaje no son necesarios para la vida, nos volvemos ciudadanos y ciudadanas de primera, segunda o tercera, de acuerdo con nuestra capacidad de compra, misma que es desvinculada artificialmente de la gestión gubernamental y de la ambición desmedida del porcentaje de la población, que se está enriqueciendo a costa de los demás.

Resumiendo, en México, como en el mundo, el sistema está diseñado para que una muy, muy, muy pequeña parte de la población se apropie de los recursos, el trabajo, el bienestar, la salud, la vida, las y los hijos, el futuro de las grandes mayorías. La creciente desigualdad que aqueja al planeta y en especial a México tiene en el fondo un esquema de rapiña continua disfrazada de legalidad -por eso las reformas estructurales y su legislación secundaria son tan relevantes-, que entre otros efectos produce la enorme violencia e inseguridad que recorre al país, delitos como el narcotráfico, el secuestro, los robos, los asaltos y la trata de personas, misma que afecta principalmente a los sectores de menos recursos, la desintegración social que rompe los vínculos de solidaridad y enfrenta a mexicanos contra mexicanos, etcétera.

Por todo lo anterior, la afirmación de Zepeda Paterson en cuanto a que el problema no es el hombre sino el sistema, adquiere relevancia y abre la puerta a otra interrogante: ¿Cómo hacemos para cambiar tal sistema? La respuesta, dada en parte por él, y sostenida aquí es la resistencia continua y creciente de las víctimas involuntarias de la ilusión democrática, del mito de la igualdad de oportunidades, del corporativismo, el clientelismo y del consumismo enajenante. Tres estrategias que convierten la esperanza de un mundo mejor en nuestra peor enemiga pues impiden pensar en acciones contundentes que sí se encaminen a modificar el funcionamiento de un sistema diseñado para dividir a la población mexicana y mundial en unos pocos ganadores (los VIP) y una enorme mayoría de perdedores (los losers).

En concreto, si la democracia no funciona, ¿qué se puede hacer para que funcione?, una posibilidad sería poner un cero en la boleta y exigir que a partir de un determinado porcentaje de “voto cero” se anulen y repitan las elecciones hasta que el perfil de aquellas y aquellos que pretenden gobernar satisfaga las exigencias de la ciudadanía, dejando de legitimar con el voto a quienes no cuidan de los intereses de la mayoría.

Si la economía no  asegura un digno nivel de vida, ¿qué se puede hacer para que lo haga?, organizase, generar y volver a esquemas de intercambio de productos y trabajo, auto emplearse, no buscar en el mercado sino en la comunidad formas alternativas de financiamiento, de producción, etcétera.

Finalmente, si las grandes corporaciones, en colusión con los gobiernos nacionales, se han apropiado de los recursos del país y los devuelven en monas latas, cajitas o envases, ¿qué se puede hacer para cambiar un sistema económico que compra y vende todo?, una solución sería no consumir, buscar productos nacionales, producir comunalmente aquello que se necesita, poner en jaque al mercado y hacer funcionar la ley de la oferta y la demanda pero en favor de las y los consumidores, por primera vez de manera consciente. En fin, se trata de pensar creativamente y encontrar soluciones alternativas a los grandes problemas que  este sistema ha creado.

En conclusión, cambiar el sistema no para que no ejerza el poder el hombre que da la cara, sino para que las élites, de que forma parte, refrenen su desmedida ambición y se obliguen a cambiar un modelo político-económico-cultural que está llevando a México y el mundo al desastre.

 

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