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Soldados violaron a mi hija; la sangre corría por todo su cuerpo, pensé que se me iba a morir desangrada

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(05 de diciembre, 2015. Revolución TRESPUNTOCERO).- Era medio día cuando Lizette vio a su hija menor, de quince años, entrar a la casa con golpes en el rostro y una cortada en la frene, la sangre no paraba de salir recorriendo su cuerpo, “era demasiada, yo tenía mucho miedo porque pensé que se me iba a morir desangrada, lo pensé más cuando se desmayó.

Lo último que me dijo fue, ‘perdóname mamá, yo no los provoqué, perdóname’, era lo poco que se podía entender, porque la voz le temblaba y con llanto era peor. Tuve miedo, la abracé y la envolví en una toalla, porque la sangre no paraba. Y sí, la violaron. Los soldados la violaron por venganza”, narra Lizette a Revolución TRESPUNTOCERO.

Ella tenía un puesto de comida en un municipio de Sinaloa hace unos cuantos meses. Un grupo de soldados comenzó a asistir con frecuencia a su negocio, “después de dos semanas seguidas de ir a diario, uno de ellos se me acercó y me dijo que no podría pagarme, pero que volvería al siguiente día, no me pude negar, son autoridad y tienen fama de vengativos.

Al día siguiente no llegaron, pero sí después. Pidieron, me pagaron lo que consumieron, pero no lo que debían. Nuevamente una semana después el mismo soldado me dijo que no me pagaría, que no tenía dinero, pero no se acordó de la vez que ya me debía, cada dos semanas era lo mismo. Después de tres meses, esperó a que yo cerrara y me dijo que había estado viendo a mi hija, que ‘por qué no se la daba, que se la quería quedar’, le menté la madre y le di una bofetada”, explica la madre.

A partir de aquel día no volvió a llegar ningún soldado a su negocio de comida. Siguió vendiendo, pero de la nada aparecieron dos muchachos para cobrarle una cuota para que pudiera seguir vendiendo. Eran 350 pesos semanales, “y ya eso es mucho, no tenía muchas ganancias, había días que nadie llegaba, un día uno de mis muchachos vio que quienes me cobraban el derecho de piso, eran amigos de los soldados.

No quise creer lo obvio, ellos los habían estado mandando. Un día amaneció afuera de mi negocio un degollado y no pude abrir en semanas que porque ‘hacían investigación’, pero ninguna autoridad se llegaba a parar. Lo peor fue cuando catearon mi casa, me dijeron que una llamada anónima les dijo que yo vendía droga, dizque buscaron, solamente destrozaron todo lo poco que yo tenía, aventaron el refrigerador, rompieron las puertas de la casa y la televisión.

Nada se salvó y ellos se reían, como si disfrutaran mi dolor, entonces cuando me vieron llorar me dijeron ‘para que aprendas a respetar a tus superiores’ y se fueron”, asegura Lizette. A su hija no la volvió a dejar sola, porque le dijo días después que la estaban comenzando seguir ‘unos chavos’, pero que no sabía quiénes eran.

La menor le dijo que los soldados la habían rodeado cuando iba de la escuela, que era en el horario cuando su madre tenía que preparar la comida del negocio. Hubo días en los que ella la llevaba y la recogía, pero después confió en que regresando con sus compañeros de clases estaría más protegida.

Seis meses pasaron después que aquel soldado le pidiera a Lizette “quedarse con su hija”, un día que salió temprano de la escuela, la menor pasó por donde los soldados se reunían (camino obligado), no pasó nada. Fueron metros después cuando supo que la perseguían, ni siquiera pudo correr, la lastimaron con lo que podría ser un arma blanca en la frente, después abusaron sexualmente de ella dos soldados.

“Como pude la llevé al médico, y a la mañana siguiente la fui a dejar con mi hermana, en otro estado, poco a poco le fui enviando cosas. Yo me cambié de lugar, ahí mismo en la ciudad, porque no tenía dinero para irme a otro sitio. Me costó cara la bofetada y la mentada de madre a un soldado, a esos que dicen cuidan al ciudadano, esos que también son pueblo. Me violaron a mi hija y de la justicia nada, si ellos agarran el poder para humillarnos y ultrajarnos, ese es el ejército del pinche títere que está en el poder”, afirma la madre.

Hoy la menor no puede salir de la casa de su familiares, tiene miedo, dejó de estudiar y llora todo el tiempo, tiene depresión y ha intentado suicidarse, tomó pastillas, porque no quería una muerte con dolor, sin embargo después de una desintoxicación del estómago logró sobrevivir, no habla mucho y creen que cayó en anorexia, porque casi no come, pero según el especialista que la ayudó durante un tiempo por medio de terapias, era parte de todo el trauma.

No fue a muchas sesiones con el psicólogo, fue por falta de dinero. Su madre tampoco sale del lugar, le ha dicho a las personas que tiene otro nombre y prefiere no mantener comunicación con los vecinos, a veces ella cree que tiene “delirio de persecución”, pero asegura que “más vale ser miedosa y paranoica a que un día los soldados me encuentren y me desaparezcan, porque se vengan, tienen poder y son vengativos”.

La colaboradora de HRW Esthela Galaz, asegura a Revolución TRESPUNTOCERO que “los abusos sexuales cometidos por militares en contra de mujeres no es nuevo, pero Felipe Calderón fue el primero que le dio vía libre a estos hombres que parece ser han recibido un lavado de cerebro, para hacerlos creer que dañar a la sociedad civil y asesinarla es realmente la misión de las Fuerzas Armadas. Ellos en realidad nunca han recibido órdenes de resguardar la seguridad del pueblo mexicano.

Peña Nieto y el Ejército de hoy, claro está, han empeorado mayormente la situación del desprotegido. Existe mayor número de desaparecidos, de abusos sexuales, de ejecuciones extrajudiciales. En cuanto a tortura ha aumentado un 600 %. Hablamos de unas Fuerzas Armadas que ahora abiertamente han hecho una guerra contra todo aquel que ellos consideren puede convertirse en víctima y ser usado como ellos quieran”.

Según informes de HRW, los soldados mexicanos continúan cometiendo “abusos aberrantes” contra la ciudadanía. La cantidad de denuncias de abusos cometidos por el Ejército presentadas ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México se sextuplicó entre 2006 y 2008, y llegó a 559 durante el primer semestre de 2009. Sin embargo para los siguientes años estas cifras fueron en aumento. Siendo tortura física, sexual y abusos sexuales los mayores casos en los que se encuentran involucrados elementos del Ejército.

“El caso de la menor es uno más que se queda en el anonimato, ninguna autoridad lo sabrá, porque a nadie de quienes encabezan las dependencias les interesa meterse o atacar al Ejército, hoy son quienes mandan en el país, quien haga algo en contra de ellos es como retar al poder, uno tirano y asesino”, afirma Galaz.

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