Las y los jóvenes constituimos un tercio de la población mexicana. Somos fundamentales para la construcción y desarrollo de nuestro país.
REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO considera de vital importancia la sección de Juventud. En este espacio se tratarán temas sobre las juventudes, se denunciarán las desigualdades, se hablará sobre nuestros derechos y se analizarán problemáticas que son esenciales para la juventud tanto mexicana, latinoamericana y mundial.
Este es un espacio abierto a las inquietudes de la juventud, a sus experiencias, demandas y puntos de vista. Aquí, jóvenes de la ciudad, del país, de la región y de todo el planeta, serán los autores del contenido. Invitamos a todas y todos aquellos que quieran expresarse en este espacio, para darle voz a su historia, para construir juntos un gran movimiento de información.
Cada quince días publicaremos trabajos de colaboradores jóvenes. Puedes mandar tus textos a contacto@revoluciontrespuntocero.mx para que sean evaluados por la Redacción. Todos los trabajos serán tomados en cuenta para su publicación en REVOLUCIÓN TRESPUNTCERO.
Nuestra primera colaboración viene de “Memorias de tu Ciudad”, un grupo que genera documentos narrativos y audiovisuales de interés para los jóvenes del Distrito Federal. Nos presentan la historia de vida de una indígena michoacana que viajó a la Ciudad de México para buscar un modo de subsistencia.
Una historia de vida
Por: Javier Alejandro Rubio Vargas
Fotos: Dulce Alvarado
En esta Ciudad, en este mar de gente, todos pertenecemos a un mismo barco; hay algo que nos une a todos y, más que el hecho de ser chilangos o mexicanos, es que somos humanos. Partiendo de ese punto, quiero presentarles la historia de una guerrera que, como muchas y muchos en nuestro querido México y en nuestra bella ciudad, tiene que partirse el pecho y la espalda para poder sobrevivir en un país que parece decadente por momentos. Al ver a gente tan trabajadora como ésta, uno está consciente de que hay cosas muy rescatables en nuestro país, gente que vale, que de verdad vale.
Proveniente de un pueblo cercano a Morelia, Michoacán, doña Julia se mueve a sus 80 años de edad hasta la gran metrópoli, justo donde la conocí. Siempre cerca de la Catedral del Zócalo de la ciudad de México, con una enorme bolsa de plástico negra y con un rostro que sin duda denota cansancio, quizá ya no tanto por sus ochenta años, ni por cargar desde hace veinticinco años con su bolsa llena de sueños sino, quizá, por la forma en la que se le ha tratado, no sólo por gobernantes cobardes, también por la misma gente de la ciudad.
Es importante reconocer que doña Julia tiene necesidades diferentes a las que nosotros estamos acostumbrados: su lucha no es por comprar el nuevo iPhone 5, ni la nueva BlackBerry, sino por pagar la luz, por tener agua, y por ver qué va a comer el día de mañana. Algunas veces, porque sus necesidades no están acorde con las nuestras, muchos ciudadanos creen que por comprar prendas caras (artículos que a veces son innecesarios, capaces de generar crisis financieras personales al no poder pagar estos “lujitos”) tienen el derecho de discriminar a quienes visten o se ven de forma diferente, y me refiero a diferente en referencia al estatus social establecido.
Platicando con doña Julia, me contó que despierta desde muy temprano y que a las cinco ya viene de camino a la ciudad, y regresa pasados dos o tres días, dependiendo la situación, pues carga con su enorme bolsa llena de mercancía. “Vengo desde tan lejos, ando ya de camino a las cinco de la mañana y a veces no vendo nada”, me dice. Una de las cosas que noté es que tenía una venda en el pie. Le pregunté acerca de ello, a lo cual contestó: “Me caí y me lastimé el pie, debo comprar mis medicinas, también me lastimé el brazo (me mostró su brazo vendado), pero no me gusta pedir, no me gusta estirar la mano, mucha gente anda pidiendo dinero sin hacer nada, y a veces ni siquiera es porque no puedan trabajar, sino porque les da flojera; yo prefiero trabajar, ganar mi dinero de manera honesta, por eso vendo mi artesanía. Pero a veces es muy difícil: los policías lo quitan a uno, en vez de ver por uno; en vez de agarrar a los que están robando, prefieren venir y quitar a la gente que viene a trabajar, a ganar un dinero”. También nos comentó que “la gente paga por tener un espacio aquí, eso y el gobierno que no cede nada, esto no es pedir, es exigir lo justo, yo gano mi dinero honradamente”.
Muy sana en su juicio a pesar de su edad, nos platicó su manera de percibir el mundo y lo difícil que es enfrentarse a la vida como mexicana, pues cada vez le resulta más difícil poder vender su artesanía. Quise saber su opinión acerca de lo que se debe impulsar en el país y su respuesta fue que “se debe apoyar el campo, tenemos generaciones de experiencia trabajando el campo y ahora parece que prefieren comprar sus alimentos del extranjero, todo lo quieren extranjero, ya no se le da valor a lo hecho en el país”; al final agregó: “La gente debe trabajar, aprender a trabajar, para que podamos sacar esto adelante”. Además de comentarme que les quitan sus tierras y poco a poco se van quedando sin poder sembrar, pues ahora se prefiere que las tierras se utilicen para centros comerciales.
A fin de no entrometernos mucho en su día de trabajo y sólo visitarla con la intención de ser voceros de la voces de México, decidimos presentar esta historia que, más que conmoverlos, pretende llevarlos a conocer las formas de vida del país y de la ciudad. A Doña Julia se le puede encontrar desde el viernes cargando su enorme bolsa de artesanías, y como ella, muchos en este país se rompen la espalda para poder salir adelante.




