Por: Carlos Bauer
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Joseph Ratzinger, ciudadano alemán residente en Italia, es un hombre recién jubilado que en abril próximo cumplirá 86 años. Su futuro, que podría ser corto debido a complicaciones de salud, no parece representar una preocupación para él. Después de una larga vida de arduo trabajo al servicio de una institución con presencia en todo el mundo, ha decidido dedicar el resto de sus días a la meditación. Pasará los próximos dos meses descansando en una villa de 55 hectáreas con la que se ha encariñado y cuyo usufructo constituye uno de sus beneficios como ex empleado. Pasados los dos meses y hasta el día de su muerte, contará con una habitación modesta pero no desprovista de comodidades en el monasterio de Mater Ecclesiae, a sólo cien metros de sus antiguas oficinas. No se conoce el monto de su pensión, pero nada indica que vaya a padecer estrecheces económicas.
Sin embargo, algunas personas aspiran a un futuro muy diferente para el Papa Emérito, hasta ayer Benedicto XVI. En septiembre de 2011, la Red de Sobrevivientes de Aquellos Abusados por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) presentó una demanda ante la Corte Penal Internacional de La Haya (CPI) contra Benedicto XVI y otros altos jerarcas de la Iglesia Católica por encubrir y tolerar a lo largo de los años múltiples casos de abuso sexual contra niños de diversos países del mundo. La ONG Center for Constitutional Rights, que asesora jurídicamente a SNAP, manifestó en su momento optimismo por el curso de la demanda. En 2012 se sumaron más expedientes a la acusación, como refuerzo a la evidencia de los crímenes y del sistemático encubrimiento que la Iglesia hizo de ellos.
La manera en que operan las relaciones diplomáticas del Vaticano hace muy difícil que la demanda ante la CPI llegue a prosperar. De cualquier modo, es ya una ironía que Ratzinger sea recordado como el gran encubridor de la pederastia cuando casi todos los crímenes que sustentan la demanda fueron cometidos –y documentados– durante el pontificado de Juan Pablo II, mentor y antecesor de Benedicto recordado con gran cariño por la feligresía. Justamente el carisma y las relaciones políticas del “Papa viajero” mantuvieron acallados los escándalos que le estallarían en las manos a Ratzinger, un teólogo conservador muy cercano a su antecesor en amistad e ideas, pero radicalmente opuesto a él en personalidad.







