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170 años de vía crucis en Iztapalapa (foto-reportaje)

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Crónica de Enrique Legorreta

@enriquelego3_0

FotoRepViacrucis

Los huaraches están listos, la espada de aluminio y el uniforme romano imponen su presencia en los ocho pueblos de Iztapalapa, donde se llevará a cabo el tradicional viacrucis.

Las ocho de la mañana marcaron el inicio del recorrido del viernes santo, esa caminata en la que miles de feligreses se reúnen para ver pasar la representación del pasaje bíblico que más impacto e importancia tiene para los colonos iztapalapenses: “la pasión de Cristo”.

Luis, un joven de 17 años camina con quienes representan a los romanos (todos de la misma edad), al parecer, la mayoría de los participantes de esta procesión son jóvenes.

“Estoy aquí porque le prometí una manda al señor de la cuevita, él me ayudó con unos problemas y por eso estoy aquí”, señaló Luis que comenzaba su peregrinar.

El comité organizador de la 170 Representación de la Semana Santa en Iztapalapa trabajó durante meses para llevar a cabo esta exhibición.

Jesús Flores fue ahora quien protagonizó el papel principal, el de Jesús de Nazaret. Se preparó durante semanas para poder representar lo más fiel posible el guión de la obra.

El viernes es el día más esperado para todos ellos. Jesús llegó al “encarcelamiento” aproximadamente a las ocho de la mañana en la casa designada para los ensayos ubicada en la cerrada de aztecas. Él se encontraba sentado en una celda especial, diferente, compuesta de barrotes y frutas colgando alrededor, y esperando a sus jueces para continuar con su peregrinar.

Miles de personas llegaron a la casa de la familia Cano Martínez, quienes se perfilaron para poder observar a su Cristo, en medio de un encierro que manda la tradición. Ahí, niños, madres y padres, abuelos, turistas, todos ellos querían tomar una foto del recuerdo, algunos ya tenían un par de horas esperando a que pudieran pasar al lugar.

Se percibió la molestia de algunos vecinos que reclamaban que la participación de los actores de la procesión era tomada como juego o con poca seriedad, y que con el tiempo, se ha perdido la esencia que era rendir homenaje a este ritual.

“Esto ya es comercial, las personas que participan, dicen algunos colonos, que obtienen los papeles comprándolos, yo tengo familiares que han querido ser parte de los papeles importantes y no han podido, años tratando de ser parte de esto y no lo logran, un sobrino lleva diez años pidiendo ser parte de los judíos pero no lo logra”, señala Alicia, quien lleva toda la vida asistiendo al viacrucis. Con tono molesto, criticó que se pierde la calidad que tenía antes.

Dos horas y media, más tiempo de lo normal, fue lo que transcurrió de tiempo para que las personas pudieran acercarse a observar a un Jesús cansado, pero con la mirada puesta en cada uno de los visitantes.

Los romanos interrumpieron un instante la inmensa fila que llegaba a la Macroplaza Cuitláhuac, para traer dentro de su resguardo hacia Jesús, al personaje de Barrabas, mítica figura de la historia del catolicismo, quien fue azotado durante su trayecto. Los romanos que llegaron con los pies sucios, huellas de la procesión que realizaron, encerraron a Barrabas con una presencia retadora.

Vestidos en sus túnicas vistosas, de colores vivos, representando a los sumos sacerdotes, comenzó el traslado de Jesús de Iztapalapa. Romanos y peregrinos, todos caminaron en conjunto para dar inicio a la Pasión de Cristo; el sol caía a plomo, el asfalto alcanzaba temperaturas de más de 30 grados, nada impidió que a la una y media Jesús fuera juzgado por Herodes a ser crucificado, mientras que el mismo Herodes se lavó las manos, como dicta el pasaje bíblico.

Ramas y cintas de cuero fueron las encargadas de mermar el cuerpo de un Jesús cansado, pero dispuesto a continuar con su actuación, mientras que las coplas del tenor Fernando de la Mora, acompañaron cada uno de los latigazos que sufría el iztapalapense.

Mientras, los miles de asistentes miraban con dolor y sufrimiento cómo Jesús era castigado por los romanos. Algunos otros veían cómo los paramédicos auxiliaban a los peregrinos y romanos que tenían heridas en las plantas de sus pies, sin nada que lamentar.

La colocación de la corona de espinas marcó el fin del castigo al cuerpo del cristo de Iztapalapa.

La procesión avanzó rumbo al Cerro de la Estrella. El nazareno recibía golpes de los romanos vestidos como jinetes montando caballos. Las tres caídas son marcadas durante la procesión. La intérprete de María, de 23 años, lloraba el ver a su hijo sufriendo mientras que los asistentes recorrían la misma dirección al cerro, lugar que ya tenía presencia de los colonos y de la prensa que recorría el mismo trayecto que el nazareno.

El camino a la cruz se vio inmerso en varias peticiones de los iztapalapenses para refrendar su creencia religiosa, los fieles a la tradición mostraron huellas de que el peregrinar cobraba factura en su cuerpo.

El primero que llegó a la punta del Cerro de la Estrella fue Judas con su saco con monedas, colgándose de un árbol durante 15 minutos y ayudado por los coordinadores de la peregrinación mientras se esperaba la llegada de Jesús, para protagonizar uno de los pasajes que caracteriza a la procesión, la muerte de la persona que vendió al hijo de María y José.

A las cuatro de la tarde llegó Jesús a la punta del cerro, con sangre en su túnica, rodeado de romanos y con la cruz que lo caracteriza. Se generó incertidumbre sobre la salud del intérprete, por lo que los paramédicos lo atendieron rápidamente para saber si se encontraba bien antes de llegar al punto culminante de la procesión.

Finalmente, los médicos dieron la señal para que se continuara con la actuación, mientras que los fotógrafos y los camarógrafos, rodeaban a Jesús que estaba a punto de ser crucificado.

El momento más esperado estaba a punto de consumarse. Los romanos incrustaron los clavos en las manos del enjuiciado, los miles de fieles miraban el momento a través de las pantallas gigantes que rodeaban el cerro. A las cuatro de la tarde con veinte minutos Jesús fue puesto en su cruz y dio sus últimas palabras.

Veinticinco minutos después, se escenificó la muerte de Jesús, el Cristo número 170 de Iztapalapa, rodeado de más de 10 mil policías de distintos sectores, más de 2 millones de personas que se reunieron en este cerro, 400 periodistas y más de 3 mil actores en la peregrinación.

La actuación concluyó con la representación del entierro del cuerpo de Jesús en la Macroplaza, y con esto se dio por finalizado el día más importante de Semana Santa en la delegación más poblada del Distrito Federal, Iztapalapa.

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