Narrar la violencia es revivirla. Peor aún si se trata de campos de concentración y exterminio, además de los construidos por la Alemania nazi, la Unión Soviética también los tuvo con la diferencia marcada que ahí encerraban a sus connacionales por graves delitos como recomendar a un enfermo usar penicilina de Estados Unidos porque es más efectiva para calmar los dolores.
Hace aproximadamente diez años, la escritora Monika Zgustova, recibió una invitación por parte de su amigo, el escritor Vitali Xentalinski para acompañarlo a una reunión de sobrevivientes de los campos de prisioneros políticos de la Rusia de Stalin. Y lo primero que le llamó la atención, narra a Revolución TRESPUNTOCERO la autora, fue cómo resaltaban las muchas mujeres que ahí se encontraban, sobre todo por una personalidad llena de alegría y vitalidad. Pese a su estadía en un sitio que se ha descrito como “el infierno terrenal”.
“Pensé que hasta el momento no había tanta información acerca de las mujeres en los campos de trabajos forzados en Rusia. Sobre el tema se sabe muy poco y puntualmente de las mujeres casi nada”, comenta Zgustova.
Para la autora de Las rosas de Stalin (Galaxia Gutemberg, 2016), aquella reunión habría sido el detonante de una investigación ardua y compleja donde uno de los principales objetivos era conocer “quiénes eran estas mujeres, cómo vivieron la experiencia y cómo las marcó. Para ellas la experiencia fue peor que para ellos, porque aunque era el mismo trabajo y las mismas condiciones, en su caso fueron convertidas en esclavas sexuales”, relata.
Esto porque las mujeres estaban a las órdenes de los guardias de los campos llamados ‘Gulag’ y hacer lo que ellos quisieran era parte de la tortura padecida al ser prisioneras. Monika Zgustova consiguió el testimonio de nueve mujeres sobrevivientes, quienes a su vez la introdujeron a las historias de otros personajes con quienes les tocó convivir y por ello adquirieron un gran significado en sus vidas.
La autora afirma que, esos campos estaban hechos para aniquilar al hombre y a la mujer por eso eran campos de trabajo forzado y al mismo tiempo de exterminio, ya que los trabajos eran tan brutales, que la gente moría al cabo de poco tiempo. “Pero mientras estaban vivos eran mano de obra gratuita para la Unión Soviética.

Por la clase de dictadura que era, se vengaban de las personas que consideraban ‘enemigas del pueblo’, aunque en muchas ocasiones la gente detenida era absolutamente inocente”, explica Zgustova.
Al hablar sobre su experiencia a la hora de escuchar los testimonios y después narrarlos, señala que fueron momentos duros y difíciles. Ya que durante el día escuchaba las historias de las mujeres sobrevivientes y por las noches volvía a recordar aquellos momentos descritos, los cuales eran difíciles de asimilar.
La escritora de origen checoslovaco, menciona algunos de los graves momentos vividos por estas mujeres, tales como padecer una jornada laboral de entre 12 y 14 horas, además de tener que caminar hasta por cuatro horas para llegar al trabajo y a los lugares donde se alojaban. A eso se sumó el frío extremo, porque se debe de recordar que en Siberia el invierno es muy largo, las temperaturas son exageradamente bajas y no se ve la luz del día durante meses.
El conjunto de estas historias conformaron la obra Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutemberg, 2017), un magistral retrato que solamente la pluma exquisita de una extraordinaria autora, como lo es Monika Zgustova, podría haber creado.
La obra narra las experiencias vividas por este grupo de mujeres, bajo las órdenes de los guardias quienes las trataban violentamente, viviendo con el miedo constante de morir incluso por tomar aliento, ya que detenerse por segundos les valía brutales golpizas.
A esto se sumó que, durante las marchas hacia el trabajo había perros cuidando el camino. Un paso fuera de la línea y estos se les echaban encima pudiendo morir despedazadas. “Cada día se jugaban la vida. Si no las fusilaban podían morir por el cansancio, la violencia o la mala alimentación”, agrega Monika Zgustova.
Quien explica que “ellas siempre tenían hambre y dentro de los relatos, una de ellas me dijo que siempre come demasiado. Porque tiene la sensación que en cualquier momento se le puede acabar la comida. Entonces come para tener reservas”.
Monika confiesa que al adentrarse en las historias, de pronto sentía que estaba viviendo dentro de un Gulag, “parece que es imposible sobrevivir ahí, pero el hombre se acostumbra a todo y así lo hicieron también en el Gulag”. Como ejemplo de dicha afirmación asegura que en medio de aquella brutal violencia, no todo era terrible, porque también pudo retratar las buenas experiencias de estas mujeres estando en un campo de exterminio.

Por ejemplo, el nacimiento y fortalecimiento de las amistades, que al surgir ahí eran entrañables, fuertes y a prueba de bombas e incondicionales. Incluso, comenta, había mujeres que hubieran dado la vida por su amiga. Lo cual llegó a dar mucha fortaleza y fue lo que también las mantuvo vivas.
A su vez, relata que en la vida de estas mujeres prisioneras, raras veces hubo un libro. Pero cuando uno lograba llegar a sus manos la gente se volcaba sobre éste, sin embargo, a Monika le dijeron que todo se organizaba y cada una podía tener el libro una noche. Entonces se leía de forma clandestina, por debajo de una manta. Al día siguiente se pasaba a otra mujer. “Ellas describieron que cuando tenían en las manos el libro, éste las volvía humanas y se dignificaban”.
Cabe señalar que cada hogar que visitó Monika Zgustova, se caracterizaba por tener torres de libros que cubrían las paredes, así como obras de arte.
Recuerda que todas las mujeres accedieron a contar sus historias sin ningún problema, algunas tuvieron sus reservas en un principio con la autora, pero finalmente establecieron una buena relación.
Una historia fue la más difícil; “ella no estuvo exactamente en el Gulag. Ella como castigo por haberse manifestado en la plaza Roja, después de la ocupación de Praga y de Checoslovaquia por los tanques soviéticos, la castigaron llevándola a una clínica psiquiátrica donde le destruían el cerebro”.
Monika recuerda que ella no quería responder cuando se le preguntaba de su experiencia en el psiquiátrico y daba otras respuestas. Quería hablar de otras cosas, puntualmente de su actividad como disidente.
“Pero insistí y al final, Natalya Gorbanévskaya me narró su experiencia. Lamentablemente ella estaba enferma de cáncer. Ella revivió aquellos momentos de los que jamás había hablado con nadie y lo hizo conmigo, poco tiempo después falleció pero su testimonio quedó plasmado en el libro. Por eso es muy importante que la gente los lea y pueda saber cómo eran aquellas condiciones y las técnicas que tenía la Unión Soviética para hacer callar a la gente”, refiere Zgustova.
La autora trae al tema a la cantante Joan Báez, que también es una compositora y activista norteamericana cuyas canciones folk incluyen letras de protesta y comenta que ella le dedicó una canción a Natalya.
“En el libro también hay un violinista, que aparece dentro de la primera historia y que se convierte en un símbolo. Fue amigo de la primera mujer que entrevisté para esta obra y me dice que él tenía la opción de llevarse un abrigo de pieles para sobrevivir al frío que padecería en el Gulag o un violín y él prefirió el violín. Prefería la belleza del violín que él mismo crearía. Él prefería estar alimentado de belleza que de abrigo”.
En la obra se habla sobre las mujeres que componían versos, cientos y cientos de versos que no podían escribir, por lo que llegaron a memorizarlos, incluso todavía los recuerdan a la perfección. Sobre esto, Monika comenta, “quienes solamente pensaban en el horror que vivían tuvieron más tendencia a la desesperación y finalmente a la muerte, que quienes leían y hacían poesía. La amistad y la cultura las salvó, así lo han dicho”.


