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El niño que fuimos: Una majestuosa oda a la amistad entrañable y sin límites

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(03 de junio, 2018. Revolución TRESPUNTOCERO).- Todos los seres humanos somos sobrevivientes de el niño que fuimos. Sobrevivientes a las caídas, a las heridas -físicas, psicológicas, sentimentales-, a las pérdidas, a todos aquellos obstáculos y batallas que se libraron para llegar a la etapa adulta.

En su nueva novela: El niño que fuimos (Alfaguara, 2018), la brillante Alma Delia Murillo nos obsequia una majestuosa oda a la amistad, a esas uniones que sobreviven al tiempo, a las circunstancias y a los traumas mismos. Una amistad de aquellas que muchos desean, otros ya han experimentado y perdieron o mantienen y otros nunca lo harán. Una amistad entrañable y extrañable, diría Dario Fo y sin duda perdurable e inquebrantable.

La historia de Óscar, María y Román inicia con una imagen de su infancia, para después transportarnos a su momento adulto, teniendo como principal escenario un internado “que será para ellos un campo de juegos y espacio sagrado, pero también un puente hacia la noche oscura del alma”.

La vida y aventuras de estos tres infantes vaga por los pasillos del internado, la biblioteca, las ventanas abiertas, la majestuosidad de la Ciudad de México una que se transforma de noche y deja ver los monstruos que la acompañan. Así entre diálogos y acciones de los personajes se va forjando su historia, donde los vínculos se sostienen sobre la base de la orfandad, el dolor, pero también la fantasía que solo es capaz de concebir la mente infantil que en medio de la tragedia es feliz. 

Tras veinte años de separación, los tres personajes se volverán a encontrar y aunque ahora son personas totalmente distintas al niño que fueron, aún hay nudos por desatar como: la homosexualidad, la venganza, la culpa matricida, el amor soterrado, elementos que lejos de separarlos, los une sin que ese largo periodo haya podido desaparecer el verdadero significado de la amistad. 

Foto: Emma Martínez/ Revolución 3.0

 

“Yo crecí en el internado donde sucede la historia de Óscar, María y Román y es como crecer con cientos de hermanos y siempre eliges, te eligen, te reconoces con tus pares. Mucho se habla del primer amor y del desamor, es el tema de la literatura. Pero poco se habla de la primera amistad y de la primera desamistad y cómo te rompe el corazón.

“Muchos entienden la tristeza por un divorcio, pero no la tristeza por una pelea con el mejor amigo o la mejor amiga, sin embargo los vínculos de amistad son profundamente formativos sobre todo en esa edad. Esta novela tiene momentos iniciáticos, es decir la primera vez que se escapan, que se besan, que se tocan el cuerpo; esas amistades son para toda la vida, son amistades fundacionales porque aunque los dejes de ver se quedan adentro y te dan identidad”, explica la escritora Alma Delia Murillo a Revolución TRESPUNTOCERO.

El reencuentro de los personajes es necesario porque forman parte de la identidad del otro, agrega la autora. Quien en la obra dibuja diversos escenarios de la Ciudad de México, que indudablemente muchos lectores reconocerán inmediatamente. “Soy una amante, con pasión loca y desenfrenada de la Ciudad de México y de los pocos mexicanos afortunados que ha podido hacer una línea de movilidad social muy importante”, explica Alma Delia.

“Viví en Ecatepec, en Neza, en Santa María la Rivera, en Azcapotzalco, en la Del Valle, en la Valle Gómez, también en Coyoacán y la Condesa, he visto mucho de esta ciudad y desde muchos ángulos y he sido una gran usuaria del transporte público. Si quieres escribir debes usarlo porque en el auto dejas de oír cómo habla la gente, de qué habla la gente, dejas de escuchar frases lapidarias y en ellas puedes encontrar una novela, un relato”.

El niño que fuimos, aunque es ficción tiene mucha resonancia vivencial. En el internado había rumores de niños y niñas que habían pasado por trágicas historias como las que padecen los tres personajes de la obra. “Es perfectamente posible porque hay todo un tema de comercio sexual de infantes, en el metro, en el centro, en distintos puntos. México es muchos Méxicos entre tantos y la ciudad capital así como es un gran útero de asfalto maravilloso que termina de crear y de formar, también es una mamá con instinto infanticida y había que contarlo. Si eres un niño sin madre ni padre estás expuesto a una violencia y a una vulnerabilidad tremenda”, comenta Alma Delia.

Óscar, María y Román son personajes invencibles, siempre y cuando estén juntos, siendo niños o adultos -rotos por las circunstancias de la vida- en el reencuentro parecen retomar fuerza y retroalimentarse de la fortaleza del otro, de una amistad sin límites.  

En la novela también se narra los hechos violentos de abuso sexual por parte de un pederasta priista, quien lacera de manera permanente la vida de uno de los niños, sin embargo de este hombre también se contará la historia de su infancia, ya que, fiel al título de la obra, la escritora  narra el niño que fueron todos. 

A su vez, lamenta que ahora la matricula de los internados se haya reducido, pues es ahí donde gran parte de la infancia vulnerable tiene la oportunidad de tener un hogar. “El internado se vuelve un lugar de resguardo. Yo quería contar que fue un nido colectivo, porque muchas veces se plantea que estos sitios son de castigo, pero no. Tienen lados luminosos, son muy divertidos. También hay adultos que son cuidadores y son amorosos con los menores. En todas las familias hay dinámicas luminosas y otras bien jodidas y eso sucede en los internados”, comenta Alma Delia.

La autora explica que con la obra quería contar el acto violento de crecer, lo frágil que es la identidad cuando se es niño. “Quise narrar cómo creces cuando creces en colectivo. A los personajes los armé de la memoria y de las fotos que tengo del internado y con algunas pinceladas comenzaron a definirse muy bien”.

Alma Delia ha vivido tanto la amistad perdurable como la que con el tiempo se termina. “Un día algunas amistades se van descomponiendo porque vas cambiando; crecer es violento porque te obliga a las rupturas y también eso es maravilloso. Se habla mucho del desamor pero no de la desamistad que también es dolorosa porque es una pérdida brutal, que duele por años”.

Pero lo que para ella es una certeza, es que el alma y el corazón necesitan siempre un mejor amigo. “Buscas intuitiva e instintivamente hasta que aparece esa persona que lo será. Además en situaciones de sobrevivencia todos los vínculos se potencian, se vuelven particularmente intensos, el de la amistad más”. 

La autora confiesa que le gusta narrar y crear a los personajes desde una mirada muy intima y realista, lo que podemos encontrar en las características de los personajes quienes han tratado de reconstruirse en su lucha por sobrevivir, lográndolo o fracasando en el intento. 

“Cada escena iniciática tiene su correspondiente escena ya de adultos. Primero aparecen en un puente y lo que sigue es uno de ellos en Manhattan haciéndose una selfie”, la cual causa revuelo tras titularla ‘Brooklyn Suicide’. Varias escenas se van correspondiendo”.

Para Alma Delia no hay manera de asomarse a la niñez y no vulnerarse. Pero también para ella fue un proceso luminoso de mucha gratitud, porque en medio de la circunstancia de vivir en un internado y no poder hacerlo con sus padres, había espacio para jugar, imaginar, para leer. “Qué niña tan feliz que fui creciendo en donde todo era muy físico; pelearse, abrazarse, treparse a los libros, convivir con 60 niños en un salón”.

Hubo lágrimas y mucha reflexión en el proceso de creación de El niño que fuimos, en medio de recuerdos que trajeron al presente los momentos frágiles y difíciles que definieron la identidad. 

Independientemente del origen, Alma Delia a través de las líneas que conforman El niño que fuimos, le recuerda a todos los lectores de la novela que fueron infantes y sobrevivieron a ello. “Crecer es un acto de sobrevivencia y todos somos sobrevivientes del niño que fuimos. Éstas tres historias les pueden resonar a muchos, desde diferentes contextos. Espero el lector se dé la oportunidad de asomarse al niño que fue”, puntualiza.

Ángeles Mastretta ha asegurado que: “Alma Delia Murillo ironiza y juega con inteligencia. Es desafiante, encantadora y libre. Leerla es dar siempre con una compañía que alegra”.  Sin dudarlo, la amistad existente en El niño que fuimos nos hará experimentar lo que Goethe calificó como “feliz acontecimiento”.

 

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