Sin conocer aún “las entrañas del monstruo” de inseguridad que heredará, el próximo gobierno anticipa un escenario de catástrofe: un país convertido en un panteón, extendida corrupción e ineficiencia policial, protección política a la delincuencia organizada y una imparable exigencia de justicia, publica Proceso.
“Para enfrentar la tarea exitosamente se requerirá de una entrega total, como si fuera un apostolado”, asegura Alfonso Durazo Montaño, el hombre a quien el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, le encargó la tarea de regresarle la seguridad a México, uno de los países más violentos del mundo sin estar formalmente en un conflicto interno.
La respuesta que se prepara es de una alta concentración de poder político y policial. La Secretaría de Seguridad será mucho más que la restauración de la de Seguridad Pública que tuvieron los gobiernos del PAN. Superior incluso a la que tuvo en su momento el poderoso jefe policial Genaro García Luna, cuando el gobierno de Felipe Calderón hizo de esta materia su principal política pública y le declaró la “guerra al narcotráfico”.
En sus manos quedará lo que resulte de la reconfiguración del Cisen, el Sistema Nacional de Seguridad Pública y hasta el Centro Nacional de Prevención de Desastres y las tareas de protección civil.
Una supersecretaría que prefiere llamar “una estructura administrativa amplia”, con el propósito de construir una poderosa Secretaría de Seguridad, para que el gobierno subsecuente “no venga a enmendarnos la plana”, dice Durazo en entrevista con Proceso el viernes 17.


