Por: Gibrán Ramírez Reyes
Twitter: @gibranrr
Los niños mexicanos son pobres e infelices en su mayoría. Más allá de la retórica propia de este día , la niñez en el tejido social es fundamental: es en la infancia donde se generan oportunidades que promueven la movilidad social o, por el contrario, cuando se aprietan las cuerdas que forman el nudo de la reproducción de la pobreza.
La pobreza infantil es casi irreversible: es prácticamente imposible que un niño que crece en medio de carencias logre un desarrollo físico e intelectual suficiente para superarlas posteriormente. Especialmente importante al respecto es la primera infancia. Es, también, por otra parte, muy difícil que un niño infeliz se convierta en un adulto feliz.
México tiene 35 millones de niños. Más de los que ha tenido y de los que tendrá en toda su historia según las proyecciones demográficas. En general —según datos del INEGI— los niños son más pobres que los adultos. En 2010 46% de la población era pobre y 53% de los niños, cerca de 18 millones, entraron en esta categoría. Eso no nos permite pensar en un futuro prometedor sino todo lo contrario. La situación se torna más alarmante si consideramos que el 76% presenta carencias sociales que le impiden ver cumplidos sus derechos. Las consecuencias de la pobreza se vuelven más graves cuando afectan a los más vulnerables.
La dimensión personal del drama político y la crisis social que atravesamos es poco vista y ocupa pocas páginas en nuestros diarios. Un caso extremo que puede ser muy ilustrativo al respecto es el del suicidio. En 1970, por ejemplo, hubo sólo 554 muertes por suicidio en toda la República Mexicana. Sólo en el sexenio 2006-2012 se suicidaron más de 30 mil personas en México. Esto es equivalente, por ejemplo, a la mitad de las víctimas reconocidas de la lucha contra el narcotráfico del sexenio de Felipe Calderón. Actualmente, las muertes anuales por suicidio superan las cinco mil. Los datos muestran en este periodo un aumento de por lo menos el 275%, sin contar otras conductas suicidas, como la ideación (pensar en suicidarse), los planes específicos para suicidarse y, finalmente, el intento de suicidio. Al año, más de 6 millones de personas piensan en el suicidio, más de medio millón lo intenta y, de éstos, casi cien mil utilizan servicios hospitalarios como consecuencia del intento. Podría pensarse que este aumento es una tendencia mundial, pero un estudio comparativo entre 47 países muestra que mientras la mortalidad por suicidio aumenta en México, ha descendido en otros países como Canadá, Estados Unidos, Japón y varios de Europa.
Los niños y jóvenes son, desde luego, más débiles y vulnerables ante estas patologías sociales. Muestra de ello es que del aumento de suicidas, la mayor parte se dio entre personas que se encuentran entre los 15 y los 29 años (población entre la que representa la tercera causa de muerte). También incrementó de manera importante el suicidio estrictamente infantil. Para darnos una idea, basta mencionar que hacia 1993 el suicidio era la causa de muerte número 15 entre los menores de 15 años y actualmente se coloca entre las primeras cinco. Hoy, la prevalencia de suicidio y de conductas suicidas es menor conforme se avanza en edad, cuando antes se trataba de un problema principalmente de hombres mayores. Hacia 2020 el suicidio será la primera causa de muerte entre jóvenes y adolescentes. De nuestros niños y jóvenes, más de diez millones han pensado en quitarse la vida y muchos más lo pensarán en lo que reste de su infancia.
El suicidio es un fenómeno social complejo y con causalidad multifactorial. La mayor parte de los suicidios suele atribuirse a trastornos psíquicos preexistentes, entre los que resaltan tanto la depresión como la ansiedad. La depresión infantil está presente en alrededor de 34% por ciento de la población menor a quince años según estudios realizados en los hospitales del DIF. Esta enfermedad está asociada a la desesperanza y la falta de perspectivas de desarrollo, en resumen a la pérdida del sentido de la vida. La ansiedad, por su parte, está asociada al estrés que se genera por la presión para satisfacer las expectativas que se tienen sobre los niños y jóvenes.
Por otra parte, según puede verse en el informe “La salud mental en México” (de Juan Martín Sandoval De Escurdia y María Paz Richard Muñoz), la vulnerabilidad ante estos y otros trastornos —empatada con situaciones caracterizadas como de vulnerabilidad social— suele darse por múltiples factores, todos ellos asociados de una u otra forma a la pobreza o que la presentan como agravante. La incidencia es mayor entre aquellos que no tienen empleo u oportunidades de educación; las víctimas de violencia cotidiana, las personas con discapacidad, y las personas en situación de calle; los indígenas y migrantes conforman parte del amplio abanico de vulnerabilidad ante éstas y otras afectaciones a la salud mental. Determinismos aparte, ¿Se puede ser feliz en la pobreza?
Ambas enfermedades, su prevalencia y su relación con la pobreza y el suicidio nos muestran un terrible cuadro de una sociedad enferma, que tiende a generar cada vez más amplias expectativas sobre el desempeño de niños y jóvenes mientras cierra sus cauces de desarrollo, disminuye sus oportunidades y promueve que sus padres —que por fuerza tienen que trabajar tiempos completos— les abandonen. Hay pocas salidas para los menores: la adopción de la cultura del individualismo y la competencia donde es necesario pasar sobre los demás para hacerse de posibilidades de realización personal, o, por otro lado, la desesperanza. También es revelador que del total de suicidios la mitad se dé entre personas que no llegaron más allá de la secundaria. ¿Es la educación un buen antídoto contra el sinsentido? Pareciera que sí. Sin embargo, son más profundas las causas del nudo perverso conformado por la cultura del individualismo, la crisis económica, el abandono y el manejo de las emociones problemáticas, en el que, por cierto y a decir de importantes psicólogos, el amor tiene un papel fundamental.
Es urgente la generación de una política de amor a la vida y de amor a la infancia. Un buen ejemplo de que esto puede hacerse es la recién aprobada Ley de Atención Integral para el Desarrollo Social de las Niñas y los Niños del Distrito Federal, propuesta por la diputada Polimnia Romana Sierra. Quizá estamos a tiempo de no pudrir a nuestra niñez.


