Natalia Antezana Bosques / @Natalia3_0
Marco aparenta 14 años, aunque, en realidad, acaba de cumplir 18. Tiene las manos y la cara sucias, el cabello enredado y la mirada perdida. Luciría su mayoría de edad si su dieta no estuviera compuesta de nueve tacos al día que come en un puesto semifijo, rodeado de moscas, en la zona centro de la Ciudad de México.
“A mí me va bien”, dice Marco mientras se lleva, con la mano izquierda, una bola de estopa con solvente a la nariz; con la derecha sostiene un cigarro. Lo dice con seguridad, convencido de que su alimentación es suficiente; si supiera que no basta con llenarse el estómago para estar alimentado, no tendría ese rastro de certeza en la voz.
“Como, 3 veces al día, tacos de aquí de la esquina. Me echo a veces unos tres, a veces más. Mi chava, ella sí come bien, se echa unos cuatro más o menos”, asegura el joven, cuyo refugio diario es la esquina de las avenidas Hidalgo y Paseo de la Reforma.
Nadie le ha dicho, en sus 18 años, que esa carne frita en aceite barato es una fuente de grasas saturadas que, consumidas de manera cotidiana, no le resuelven su alimentación, sino que agravan un problema que ya es fenómeno nacional: la obesidad.
Marco tampoco sabe esto, pero él y su novia pertenecen a un grupo que bien podría llamarse los “con hambre”, un segmento de 5.1 millones de niñas y niños que todos los días se acuestan con el estómago vacío o con un hambre apenas mitigada, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés).
El problema de la alimentación en México lleva a otro fenómeno: la desnutrición infantil, que es una mezcla de la repetida aparición de infecciones y del consumo insuficiente de alimentos, se asegura en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut).
En esta segunda fase se encuentran los hijos de Martha, una indígena oaxaqueña que mendiga en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México, cuyos hijos corren una suerte similar a la reportada por Ensanut. “Nosotros somos pobres, no comemos en el día”, asegura la mujer de 23 años –aunque parece estar en su tercera década– mientras vigila a sus niños jugueteando descalzos en la acera de Paseo de la Reforma.
Kevin, de 4 años; Miriam, de 6; y Erick, de 8, comen únicamente dos veces en 24 horas. Su dieta se basa, casi exclusivamente, en sopa de pasta en la mañana y huevos con frijoles en la noche.
Los he observado por varios minutos jugar con un peluche sucio y aros de cereal que se llevan a la boca después de arrastrarlos por la banqueta: los tres resaltan por su bajo peso y corta estatura cuando se les mira junto a los demás niños que pasean con sus papás por la zona turística de la ciudad. La triada luce dos años menor que su edad real.
Viven todos los días lo que la Real Academia de la Lengua Española define como “hambre”: no sólo es el estómago vacío, sino también la escasez de alimentos o la carestía de ellos, que causa miseria.
Kevin, el hijo menor de Martha, es uno de esos 1.5 millones de menores de 5 años que la Ensalut 2012 midió como desnutrición crónica, es decir, una que se agrava con el paso de los días. De 0 a 5 años es el rango de edad más peligroso para enfrentarse a la desnutrición, ya que quien la padezca quedará afectado en el desarrollo de sus capacidades, viendo mermado el rendimiento intelectual y laboral en su vida adulta.
De ese modo, cuando tenga 10 años, es muy probable que Kevin recurra a lo que hacen las : la droga que mata el hambre, pero también neuronas.
“La reducción de la pobreza infantil y adolescente requiere que se conciba como una estrategia explícita”, señala el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), ya que la falta de acceso a la salud, a la seguridad social y a la alimentación se encuentran entre las carencias básicas de las niñas y los niños en México.
El organismo internacional explica que “Las políticas eficaces para reducir la pobreza entre la población de 0 a 17 años deberán establecer un vínculo concreto entre la generación de ingresos de las familias, el acceso universal a los servicios sociales y el cumplimiento de los derechos de esta población”.
Advierte que será más complicado revertir las condiciones de pobreza, si no se crean los vínculos necesarios entre una política económica y una de desarrollo social, que esté dirigida en especial a los sectores que lo necesiten, y no solamente, entender a las niñas y los niños como “un componente más de los grupos vulnerables”.


