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Las marchas que buscan humanizar la política mundial

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Ivonne Acuña Murillo / @ivonneam

“Primero la gente” fue una de las consignas que enarbolaron, el día del trabajo, los manifestantes que marcharon por las calles del mundo. Las exigencias y reclamos en contra de la “reforma laboral” instrumentada en muchos países y que se impone como parte de “la solución” a la crisis actual caracterizada, entre otros factores, por la desaceleración económica y la especulación sin límites.

El trastocamiento en el esquema de valores que la visión capitalista del mundo ha impuesto conlleva poner en primer término la obtención de ganancias económicas, como el valor supremo, muy por encima del bienestar y de la vida misma, sea ésta vegetal, animal, mineral o humana. Los ejecutivos de las grandes corporaciones, al lado de los gobiernos de la gran mayoría de los países del planeta, están preocupados por “sanear” un sistema financiero que ambos contribuyeron a volver altamente inestable y por el cual pasan no sólo bienes materiales o “valores” futuros, sino la vida misma. Todo en este sistema es susceptible a ser sometido a la lógica de la oferta y la demanda, el trabajo por supuesto no es la excepción.

La competencia en el mercado laboral se ha vuelto descarnada toda vez que tener un trabajo es la forma “decente” no sólo de ganarse la vida, sino de tener un lugar en la sociedad, de obtener el reconocimiento de la familia, los amigos, los vecinos; de formar una identidad en torno a eso que “se hace”; es también la manera de sentirse útil, autosuficiente, apreciado, respetado.

A partir de la Ilustración, el trabajo se convierte en un valor en sí mismo, capaz a su vez de generar valor no sólo económico, sino socio-cultural; más aún, en torno a éste se organiza la vida en sociedad de forma que los ciclos vitales están estrechamente unidos a la vida laboral: los años de estudio son la preparación para el trabajo; la llamada “vida activa” es el momento significativo de esa formación; los años de jubilación, cuya posibilidad es cada vez más remota, se viven gracias al dinero ahorrado en los años “útiles”.

Es una paradoja que justo cuando el trabajo se convierte en el eje de la vida social, obtener uno se vuelva algo tan difícil si no es que imposible. De acuerdo con el informe “Tendencias Mundiales del Empleo 2013”, presentado por la Organización Internacional del Trabajo, el número de desempleados en el mundo aumentó en 4,2 millones en 2012, hasta llegar a más de 197 millones de personas buscando un empleo (si multiplicamos la cifra por 4, número promedio de integrantes de una familia, y si a esa cifra le sumamos a la gente que “ya no busca” por considerar que un muy bajo salario no le resuelve nada, por ejemplo, los cerca de 7 millones de “Ni-nis” sólo de México, obtendremos una idea más cercana de la magnitud del problema).

Una de las razones que se esgrimen para explicar este fenómeno es la falta de competencias de quien busca un empleo para responder a la oferta, efectivamente, de puestos de mayor preparación. Es un hecho que la estructura laboral se ha modificado en las últimas 4 décadas aumentando la demanda de ejecutivos, profesionistas y técnicos de alto nivel, desplazando los puestos de obreros y empleados menos calificados, cuyas posibilidades laborales en la sociedad del conocimiento se reducen drásticamente.

Sin embargo, esto no basta para explicar la magnitud del problema, otros factores deberán ser considerados, entre ellos: la tendencia mundial a aumentar la productividad a costa del trabajo: menos empleados, con el mismo salario y más trabajo, se traduce en más ganancias; la búsqueda de la ganancia rápida más en función de la especulación que de proyectos productivos de largo plazo; el debilitamiento de los sindicatos que ante la “norma” de sustituir empleados con plazas permanentes por trabajadores por honorarios, pierden estructura y fuerza; la embestida de los empleadores y las propias autoridades estatales para desmontar todos los derechos laborales obtenidos en cerca de dos siglos de lucha, la cual provoca no sólo desempleo sino la precarización progresiva de las condiciones de trabajo. Todo esto trae como consecuencia que el trabajo se convierta en un factor de desigualdad social, dividiendo a la población mundial en ganadores (vip) y perdedores (losers). Por supuesto, entre los primeros se encuentran sobre todo aquellas personas con un empleo fijo y con buenas prestaciones sociales; y entre los segundos, los empleados precarios, los subempleados y los desempleados. Éstos últimos son considerados por los expertos como una “subclase” cuyo nivel de vida va en detrimento.

No es entonces una casualidad que la demanda “primero la gente”, aparezca el primero de mayo en las calles del mundo. Las exigencias por cambiar el actual paradigma socio-económico aumentarán en la medida que la precarización del empleo y el desempleo sigan haciendo estragos en la forma de vida de millones.

En este contexto, “morirse de hambre” no es la única opción; rogar porque un tercero sea el que provea el empleo o esperar que los diversos gobiernos nacionales resuelvan del todo el problema tampoco, aunque eso no significa que deje de exigírseles que hagan su parte. Una posible solución está en la auto-organización, en el regreso a sistemas de intercambio desplazados por la lógica capitalista, cambio de trabajo por trabajo, producto por producto; otra posibilidad se encuentra en el trabajo social, contratar personas que cuiden de ancianos, enfermos, niños, mientras trabaja quien sí tuvo la suerte de obtener un empleo o se auto-emplea de formas limitadas sólo por la imaginación, etc.

“Primero la gente” supone no sólo trascender al Estado que ha fallado en sus obligaciones y se ha convertido en instrumento y cómplice de la depredación de formas de vida humana y recursos naturales de todo tipo, sino un grito de guerra en contra de la rapacidad y voracidad de unos cuantos.

 

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