Snob, bon vivant, sibarita, diletante… y la confusión del buen gusto

columna Zona Fifí

Hay palabras que nacieron para describir una manera de vivir y terminaron convertidas en etiquetas incómodas. Snob, bon vivant, sibarita, diletante, fifí. Todas hablan —en el fondo— de buen gusto, de placer, de elección. Y todas, en algún punto, fueron malentendidas.

Bon vivant es quizá la más limpia de todas. Viene del francés y significa, literalmente, “el que sabe vivir bien”. No habla de dinero ni de exceso, sino de criterio. De saber sentarse a la mesa, elegir una conversación, disfrutar sin prisa. El bon vivant no presume porque no compite. Vive con naturalidad.

Sibarita tiene un origen antiguo. Proviene de Síbaris, una ciudad griega célebre por su refinamiento. Comer bien, rodearse de belleza, buscar el placer sin culpa. Durante siglos fue un ideal cultural. Con el tiempo, la palabra se volvió sospechosa, como si disfrutar con atención fuera un exceso. Se castigó el gusto por parecer frivolidad.

El diletante es uno de los grandes incomprendidos. Su raíz está en el latín delectare: deleitarse. El diletante se acerca al arte, al vino o al conocimiento por curiosidad, no por obligación ni por estatus. Hoy se le tacha de superficial, cuando en realidad suele ser quien disfruta sin agenda y sin necesidad de aplauso.

Luego aparece el snob, y aquí conviene ser precisos. La palabra surge en Inglaterra, donde se utilizaba para describir a quien imitaba los modales y gustos de una clase social a la que no pertenecía. El snob no es el refinado auténtico, sino su copia. No disfruta: actúa. No elige: reproduce. Es la caricatura del buen gusto.

Y es en ese terreno donde entra fifí. Una palabra que nació ligera y terminó cargada de todo. En su origen, se usaba para señalar modales afrancesados, elegancia afectada, cierta coquetería exagerada. No hablaba de riqueza, sino de pretensión. Con el tiempo, el término se llenó de connotaciones sociales y, más recientemente, políticas. Hoy fifí ya no describe una forma de vivir, sino una forma de descalificar.

Curiosamente, esa crítica no es nueva. Antes de que existieran estas etiquetas, José Guadalupe Posada ya había dibujado algo parecido: una figura elegantemente vestida, con sombrero europeo… y rostro de calavera. No como burla al buen gusto, sino como sátira de la apariencia vacía. No era una crítica a la elegancia, sino al disfraz.

Ahí está la confusión. Se mezcló el buen gusto con la ostentación. La elegancia con la arrogancia. El placer con el exceso. Y palabras que hablaban de sensibilidad terminaron usadas como armas.

Tal vez por eso incomodan tanto. Porque recuerdan que el verdadero lujo no hace ruido. Que el buen gusto no necesita explicación. Y que la elegancia —la de verdad— casi siempre pasa desapercibida.

Al final, ser bon vivant, sibarita o diletante no es vivir mejor que otros. Es vivir con atención.

Y entender que lo verdaderamente ridículo no es disfrutar, sino fingir que se disfruta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *