La soberanía digital consiste en decidir qué lugar ocupa la tecnología en nuestras vidas.
Las disputas por la soberanía de México han pasado por la destrucción de las formas de vida y las lenguas originarias, las invasiones a nuestro territorio, la extracción de recursos estratégicos —primero la plata, después el petróleo y luego el maíz— pero con el auge de las redes sociales y la inteligencia artificial, lo que está en juego hoy es nuestro acervo cultural, nuestra atención, nuestro tiempo, nuestra capacidad de conversar, de escucharnos entre nosotros, de comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y de construir acuerdos.
La colonización digital ocurre cuando la infraestructura, plataformas y algoritmos externos no solamente suministran herramientas, sino que comienzan a mediar las formas en que una sociedad trabaja, aprende, se informa, se relaciona y construye comunidad. La soberanía digital del siglo XXI, por tanto, consiste en decidir quién controla aquello que pensamos, aquello a lo que prestamos atención y la manera en que nos relacionamos con los demás.
El 12 de junio de 2026, el Departamento de Comercio de Estados Unidos ordenó a Anthropic suspender, en el mundo entero, el acceso a sus dos modelos más avanzados —Fable 5 y Mythos 5, estrenados unos días antes— para cualquier persona que no fuera ciudadana estadounidense. La orden citó una falla de seguridad; Anthropic la disputó y criticó la opacidad del proceso. No era la primera fricción del año: en febrero, Washington ya había declarado a la empresa “riesgo para la cadena de suministro”, una etiqueta que antes solo se usaba contra empresas chinas como Huawei, después de negarse a levantar sus límites al uso militar de su IA —nada de armas autónomas sin supervisión humana, nada de vigilancia masiva—, una medida que un juez federal terminaría bloqueando por inconstitucional. La suspensión de junio duró dieciocho días, pero la lección quedó muy clara: quien controla la tecnología más avanzada puede cortar el acceso según sus intereses, a cualquier país, en cualquier momento.[1]
A escala global, Amazon, Google y Microsoft concentran más del 60% del mercado de infraestructura en nube[2] y México no cuenta con un operador nacional que lo libre de esa dependencia.[3] La advertencia fue directa, aunque los pleitos de Trump también abren la posibilidad para que México, y el mundo, construyan capacidades propias. La apertura de los modelos de inteligencia artificial chinos, que pueden ser descargados y ejecutados en servidores propios, introduce una posibilidad de soberanía tecnológica mucho más accesible.[4] México cuenta con la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones que tiene el mandato político de construir capacidades digitales propias.[5] Ahora necesita el presupuesto y la voluntad de regular dónde se guardan los datos y cómo se diseñan los sistemas que capturan nuestra vida, para impedir que el capital tecnológico extranjero siga extrayendo datos, agua y energía de nuestro territorio, ante la falta de alternativas nacionales.[6]
Pero el desafío no se agota en servidores propios ni en una inteligencia artificial mexicana. Tener los datos en territorio nacional no sirve de nada si el algoritmo que los procesa sigue diseñado para explotar nuestra atención en vez de servirla. Las plataformas digitales compiten por nuestra atención. Cada minuto que permanecemos frente a una pantalla, cada interacción, cada búsqueda, cada pausa y cada desplazamiento alimentan sistemas capaces de predecir y orientar nuestro comportamiento.[7] La inteligencia artificial está haciendo esa capacidad mucho más poderosa. El verdadero recurso estratégico ya no son los datos, sino la vida que puede ser moldeada a partir de ellos, priorizando solo aquello que más nos genera emociones y optimizando los estímulos destinados a mantenernos siempre conectados.
Una sociedad viva y vibrante necesita tiempo para conversar, para escuchar a sus mayores, para que los niños jueguen con otros niños, para aprender sin interrupciones, para leer, aburrirse, observar lo que ocurre a su alrededor y formar un criterio propio. Necesita espacios donde una diferencia pueda discutirse sin convertirse inmediatamente en una guerra de trincheras. Necesita encuentros cara a cara, asambleas, sobremesas, aulas y plazas. Necesita memoria compartida para reconocer de dónde viene y deliberación suficiente para decidir hacia dónde quiere ir.
Cuando una economía de plataformas y pantallas invade todos esos espacios, lo que está en riesgo es nuestra capacidad de actuar colectivamente. Por eso debemos hablar de una cultura de cuidados para la vida digital de México.[8] Cuidar significa proteger nuestros datos, pero también nuestra salud mental. Significa desarrollar infraestructura pública y capacidades nacionales de cómputo, pero también establecer reglas para quienes explotan nuestros datos y nuestra atención. Significa exigir transparencia a los algoritmos que intervienen en asuntos de interés público y responsabilidades claras a las plataformas que diseñan sistemas para maximizar el tiempo de permanencia. Una cultura de cuidados para la vida digital significa proteger simultáneamente nuestra infraestructura, nuestros datos, nuestra atención, nuestras infancias y nuestra capacidad de vivir juntos. Atención antes que dependencia, curiosidad antes que consumo, comunidad antes que audiencia.
[1] Sobre el caso Anthropic, véase Ethan Zuckerman, «The Trump-Anthropic fight is the best argument yet for AI sovereignty», Trump’s Anthropic spat has made the case for AI sovereignty , junio de 2026; y la cobertura de la orden del Departamento de Comercio de Estados Unidos del 12 de junio de 2026.
[2] Synergy Research Group, «Cloud Infrastructure Market Share», segundo trimestre de 2026; o Canalys, «Global cloud services spending», 2026.
[3] Véase, por ejemplo, AMIPCI, Estudio de la Industria de Tecnologías de la Información en México, 2025-2026; o los diagnósticos de infraestructura digital del IFT y la OCDE sobre conectividad y soberanía de datos en México.
[4] AI Index Report 2026, Stanford University Institute for Human-Centered Artificial Intelligence, capítulo sobre modelos abiertos y la brecha de rendimiento entre Estados Unidos y China; véase también el ecosistema de modelos abiertos como DeepSeek, Qwen y Baichuan.
[6] Greenpeace, Clicking Clean: The Impact of Data Centers on Water and Energy Resources, 2025/2026; Uptime Institute, Data Center Water Usage and Sustainability Report, 2026. Sobre la situación local, véase la cobertura de centros de datos en Querétaro, Saltillo y la Ciudad de México.
[7] Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia: la lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, Paidós, 2020; Tristan Harris y Aza Raskin, «The AI Dilemma», Center for Humane Technology, 2023/2024.
[8] Sobre el humanismo mexicano y la economía del cuidado como política pública, véase Plan Nacional de Desarrollo 2024-2030. Sobre la genealogía teórica del cuidado como respuesta política al capitalismo, véase Silvia Federici, Revolución punto cero: trabajos domésticos, reproducción y lucha feminista, Traficantes de Sueños, 2013; y Nancy Fraser, «Contradicciones del capital y del cuidado», New Left Review, 2016.









