Crece la «desafiliación» entre la juventud mexicana: radiografía de una generación entre el aislamiento, la precariedad y la esperanza

La Fundación SM presentó los resultados del estudio Jóvenes en México 2026, la segunda gran encuesta nacional sobre las juventudes del país que da continuidad a la investigación publicada en 2019. Elaborado por José Antonio Pérez Islas, Enrique Pérez Reséndiz y Mónica Valdez González en el marco del Observatorio de la Juventud en Iberoamérica (OJI), el informe ofrece un diagnóstico profundo sobre cómo viven, piensan y proyectan su futuro los mexicanos de entre 15 y 29 años.

​Directivos de la Fundación SM señalaron que la investigación busca convertirse en una herramienta de diálogo público que aporte evidencia para el diseño de políticas sociales y educativas, sirviendo de puente para que toma de decisiones amplíe las oportunidades de las nuevas generaciones.

​La desafiliación social, un fenómeno presente en las juventudes

​Uno de los hallazgos más destacados de la investigación es la consolidación de un proceso de desafiliación juvenil, caracterizado por el distanciamiento paulatino de los entornos que tradicionalmente brindaban sentido de pertenencia y certidumbre, como la escuela, el trabajo y el propio núcleo familiar.

​El fenómeno alcanza al 38.7 por ciento de los encuestados, quienes expresan sentir que, en ocasiones, «no se hallan en ningún lugar». Esta sensación se acentúa con el paso de los años, pasando del 35.3 por ciento en el grupo de 15 a 17 años al 42.3 por ciento entre quienes tienen de 25 a 29 años, afectando en mayor proporción a las mujeres (42.4  por ciento) que a los hombres (34.8 por ciento).

​En el plano de las frustraciones personales, enfermar, no obtener de inmediato lo deseado y la falta de tiempo libre figuran como las principales molestias. En la esfera social, las principales inquietudes giran en torno a la escasez de dinero y los problemas de desempeño académico o laboral.

​Pese al distanciamiento institucional, la familia se mantiene como el pilar central de apoyo económico y emocional. Un 76 por ciento de los jóvenes continúa viviendo en su hogar de origen, cifra que se eleva al 82.3 por ciento en el caso de los varones. En contraste, las mujeres inician antes sus proyectos familiares independientes, representando el 25.7 por ciento del total de las encuestadas frente a apenas un 6.4 por ciento de los hombres.

​Aunque la convivencia familiar registra evaluaciones positivas por su cohesión, existen fracturas internas. Un 12.2 por ciento lamenta las discusiones violentas o con agresiones físicas y un 10.4 por ciento menciona los desacuerdos ideológicos. Asimismo, el informe advierte un distanciamiento acentuado al abordar la afectividad y la sexualidad, temas en los que cuatro de cada diez jóvenes afirman sentirse incomprendidos o sin un interlocutor de confianza.

​Deseo educativo frente a brechas económicas e informalidad laboral

​La valoración de la educación como vehículo de movilidad social sigue siendo sólida: el 79.7 por ciento de la juventud manifiesta su deseo de continuar estudiando, proporción que alcanza el 92.5 por ciento en los estratos socioeconómicos altos y un 77.1 por ciento en los sectores más desfavorecidos. Las motivaciones centrales para permanecer en el sistema escolar son aspirar a un trabajo de mejor calidad, ampliar conocimientos y elevar sus ingresos.

​Sin embargo, las condiciones socioeconómicas imponen un drástico freno a estas expectativas. Del total de jóvenes que abandonaron la escuela, el 62.4 por ciento lo hizo por factores ajenos a su voluntad, principalmente por la urgencia de trabajar (19 por ciento) o por la falta de dinero (18.9 por ciento).

En los sectores más vulnerables, estas razones explican más del 40 por ciento de las devaluaciones educativas, mientras que en los sectores con mayor nivel de ingresos la deserción responde sobre todo a la falta de interés. Adicionalmente, el embarazo o la maternidad condicionan el abandono del 13.5 por ciento de las mujeres, comparado con solo un 1.2 por ciento en el caso masculino.

​La realidad laboral se manifiesta de forma temprana pero frágil. El 39.6 por ciento de la población juvenil se dedica de manera exclusiva al trabajo, mientras que un 12.8 por ciento combina el empleo con las aulas. Al alcanzar el tramo de los 25 a 29 años, el 61.7 por ciento trabaja y solo un 7.3 por ciento permanece enfocado únicamente en sus estudios.

​El acceso al trabajo se concentra mayoritariamente en el sector servicios con altos índices de precariedad. La tasa de informalidad entre los trabajadores jóvenes se ubica en un 58.8 por ciento, superando el promedio nacional de 54.3 por ciento. La brecha de género vuelve a resaltar en esta etapa: el 39.7 por ciento de las mujeres de 25 a 29 años no estudia ni recibe ingresos por trabajo remunerado —situación ligada al trabajo del hogar y de cuidados—, en comparación con el 11.2 por ciento de los varones en esa misma franja.

​La inestabilidad se refleja de igual forma en una alta rotación, donde los hombres han ocupado un promedio de 5.24 puestos de trabajo y las mujeres 3.63. A pesar de estas limitaciones estructurales, los jóvenes valoran favorablemente la experiencia adquirida y el clima humano de sus centros de trabajo, concibiendo la precariedad inicial como una etapa transitoria mientras aspiran a mejores oportunidades para el desarrollo de su vida.

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