Valentina Pérez Botero /@vpbotero3_0
Él es Juan. Ha sido Juan siempre, en vestidos de niña y con nombre de mujer, pero Juan al principio y al final de todo. Tiene una vulva donde cualquier otro hombre que entra en lo estadísticamente normal tiene pene; pero los órganos sexuales externos, él lo sabe, son modificables –a través de cirugías y hormonas- mientras su identidad de género no. Lo quisieron alterar semánticamente al bautizarlo como María y por eso él se renombró como interiormente se reconocía: Juan.
Casos como el de Juan, de hombres transexuales, representa uno entre cada 30 mil 400 mujeres, y el caso de mujeres transexuales, estadísticamente, parece presentarse casi tres veces más frecuente: uno de cada 11 mil 900 hombres.
Cifras del Consejo para Prevenir la Discriminación (Conapred) indica que la población trans –que incluye transexual, transgénero y travesti- es uno de los sectores de la población que más padece discriminación. La causa puede tener sus orígenes en el lastre médico provocado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) que no ha logrado eliminar dichas cualidades del catálogo psiquiátrico de enfermedades mentales.
En 1990, la homosexualidad, a nivel mundial, desapareció de la guía; pero el transexualismo y el transgenerismo aún figuran dentro de los Trastornos de la Identidad de Género. La médica sexóloga María Antonieta García insiste en que el hecho de calificarlo como trastorno activa un efecto dominó de asociaciones que afecta la percepción social de las personas transexuales: el trastorno se asocia con anormalidad, se patologiza y, si se considera como enfermedad, lo que significaría que tiene cura “Pero –dice María Antonieta- la identidad de género es inamovible”.
Específicamente una persona transexual es aquella en la que su sexo biológico no corresponde con su identidad de género –como se concibe y reconoce-; es decir que una mujer transexual es aquella que nace biológicamente hombre, pero se asume como mujer, y un hombre transexual, es aquel que nace biológicamente mujer pero su identidad de género es de hombre.
La característica central es que existe una discordancia entre lo que biológicamente se dicta que es –macho o hembra-, lo que socialmente se espera que se sea –rol de hombre o mujer-, y como la persona transexual se reconoce –mujer u hombre-. El cuerpo traiciona a la identidad.
Un proceso complicado en sí, luchar contra las ataduras del sexo y el género, se vuelve aún más complicado por la percepción social de lo que significa haber sido criado como María y ver, años más tarde, normalmente en la adolescencia, que por el barrio camina ahora un Juan. “No es el transexualismo lo que causa discriminación, desempleo y putas, no, es el estigma y la construcción social entorno a una parte de la diversidad humana lo que lo hace” explica la doctora María Antonieta García, quien es autora del libro Transexualidad: la paradoja del cambio.
El estigma del que habla García, construido en parte por la patologización de la identidad de género, fue rebatido por Los principios de Yogyakarta sobre la Aplicación del Derecho Internacional de Derechos Humanos a las Cuestiones de Orientación Sexual e Identidad de Género presentado ante los países miembros de Naciones Unidas en 2007; el artículo 18 especifica que “la orientación sexual y la identidad de género no son en sí mismas condiciones médicas y no deberán ser tratadas, curadas o suprimidas”.
Lo que requiere una persona transexual es un proceso de reasignación integral que consiste, básicamente, en buscar la concordancia física con la identidad; la armonía primero psicológica, acompañada de psicoterapia, de un proceso rólico -vivir la cotidianidad como mujer u hombre- ; posteriormente, si se decide, la reasignación quirúrgica-hormonal de sexo y, por último, la parte jurídica, que legalmente deje de ser María y pueda empezar a firmar, con validez, como Juan.
La comunidad LGBTTTI también ha pugnado para que en México el artículo primero constitucional cambie el concepto “preferencia sexual” por “queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, la orientación sexual y la identidad de género….”
Más allá de los reconocimientos legales, como puede ser la modificación a la constitución, o los internacionales, como la posible eliminación de las personas trans de los trastornos de identidad genérica, María Antonieta defiende que la clave para saltar el obstáculo de la estigmatización es la educación sexual generalizada y no sexista. Es el camino para entender que María puede ser Juan y gustarle Magdalena. Es la diversidad humana.


