Olimpiadas Humanoides

Recién concluyeron en Beijing los segundos Juegos Olímpicos de Robots Humanoides[1] —más de 2000 robots y 600 equipos— compitieron del 22 al 26 de agosto en 51 disciplinas, de las cuales 21 estaban orientadas a aplicaciones en escenarios reales, como la producción industrial, las actividades domésticas y hoteleras, así como la respuesta a emergencias. En otras épocas, esta espectacular evolución tecnológica habría maravillado al mundo entero. Sin embargo, el escepticismo de las democracias liberales frente a este hito es el síntoma de una profunda crisis de confianza. Mientras en Asia los androides demuestran cómo sostendrán la economía del mañana, en las economías más desarrolladas la tecnología ha dejado de ser una promesa para convertirse en una amenaza. La diferencia en la actitud hacia la innovación entre ambos modelos de desarrollo ya no es solo tecnológica o económica; es ética y civilizatoria.

El miedo no es abstracto: Wall Street empujó a las empresas, mediante las expectativas de ganancias, a movilizar millones de puestos de trabajo a países sin derechos laborales, dejando regiones enteras sin empleo digno; Exxon[2] ocultó durante décadas lo que sus propios científicos sabían desde 1977 sobre el calentamiento global; Coca-Cola[3] financió la ciencia falsa del “Balance Energético” para culpar al sedentarismo y no el azúcar de la obesidad, Purdue Pharma[4] comercializó agresivamente opioides altamente adictivos, contribuyendo a desencadenar la crisis de opioides que posteriormente desembocaría en la epidemia de fentanilo. El patrón se repite: ocultar evidencia, negar su responsabilidad y pagar las multas sin admitir culpa.

El mismo día de la clausura de las Olimpiadas Humanoides Meta,[5] ícono de Silicon Valley, sin reconocer responsabilidad alguna, acordó pagar hasta 18,000 millones de dólares, comprometiéndose a limitar a dos horas el uso de sus aplicaciones a los adolescentes, bloquearla de noche y eliminar el contador de «me gusta». Los ciudadanos del mundo occidental no tenemos miedo a la tecnología; le tenemos pavor a las corporaciones criminales que nos han precarizado, enfermado, provocado adicciones y que han saqueado y devastado nuestros ecosistemas.

Al otro lado del Pacífico, la narrativa es diametralmente opuesta. Para entender la fascinación tecnológica de Beijing, hay que recordar sus cicatrices. China no olvida las Guerras del Opio ni su «Siglo de la Humillación». La lección quedó tatuada en su ADN geopolítico a base de sangre: la nación que se queda atrás en ciencia, termina colonizada. Rendirse en la actual carrera tecnológica es una cuestión de soberanía nacional. A este trauma histórico se suma un pragmatismo brutal ante una población que envejece rápidamente y que se verá reducida a la mitad a fin de siglo. Mientras en las sociedades industrializadas el robot es el enemigo que les quita su trabajo, en China el humanoide es el sustituto urgente para una mano de obra destinada a encogerse. Las recientes olimpiadas deben leerse como el campo de entrenamiento del ejército laboral que sostendrá a su civilización, mientras el hemisferio occidental prefiere seguir importando mano de obra precarizada desde sus ex colonias y los países devastados por sus guerras.

En la antigua Atenas, la llama olímpica era una tregua para celebrar lo mejor de su civilización. Hoy Beijing retoma esa idea y la eleva: sus juegos de humanoides son la expresión de una civilización que ha entendido que el destino de la humanidad es compartido. China se presenta, sin complejos, como una civilización capaz de imaginar su futuro tecnológico sin pedirle permiso a nadie. Incapaces de aceptar que un sistema donde las elecciones no están compradas por corporaciones, donde los lobbies farmacéuticos no dictan las leyes y donde el Estado puede enfrentarse a los algoritmos que esclavizan adolescentes pueda ser moralmente superior, las democracias liberales le atribuyen a Beijing sus propias perversiones: le llaman autoritaria porque no cae en el juego electoral secuestrado por dinero oscuro; le llaman opresora porque protege de la privatización la información sensible de sus ciudadanos; le llaman amenaza porque no puede competir con este modelo sin saqueos ni ordeña neocolonial. Es la proyección clásica del psicoanálisis: el bloque atlántico que se dice demócrata es el que financia guerras, desestabiliza naciones y precariza a su propio pueblo.

La antorcha olímpica de Atenas se ha vuelto a encender para iluminar el desafío civilizatorio más complejo de la humanidad. Occidente pasó siglos sembrando fuego en los territorios y cuerpos ajenos para construir su jardín de opulencia; hoy, aterrorizado, descubre que las llamas han llegado a la puerta de su casa y que el incendio que sembró en el mundo comienza a devorar su propia estructura, abriendo paso al luminoso horizonte de Oriente.

[1] Mundial de Humanoides: China demuestra su poderío en robótica • FRANCE 24 Español

[2] El gigante petrolero ExxonMobil «pronosticó el actual cambio climático en los años 70» – BBC News Mundo

[3] Balance energético, la polémica teoría para combatir la obesidad que promueve Coca Cola – BBC News Mundo

[4] Los Sackler y Purdue Pharma pagarán USD 7.400 millones por crisis de opioides en EEUU – SWI swissinfo.ch

[5] Meta pagará hasta 18.000 millones por daños a menores en redes | Derecho Artificial

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