Valentina Pérez / @vpbotero3_0
(07 de junio, 2013) Cuando se iba de viaje le decía a Remedios que viniera a ver a “Cabo”, ni a limpiar ni a vigilar, sólo a sentarse en la sala para hacerle compañía al gato color arena que José Manuel tanto quería. Nadie tenía claro por qué se llamaba así hasta que Victoria le preguntó; “es por las playas más bonitas del mundo”, decía e imaginaba el mar y la arena Cabo San Lucas, Baja California Sur. Victoria nunca se imaginó que terminaría por adoptar a “Cabo”, después de que asesinaran a su dueño.
La mañana del 16 de noviembre de 2006, Remedios llegó al departamento 201 del edificio Varsovia 3 como todos los días, a las 9 de la mañana, para limpiarlo. Encontró bolsas blancas en la entrada que tenían el último libro de José Manuel — “Excélsior, el asalto final” — y en la sala, ya inerte, el cuerpo de su jefe de 52 años. José Manuel murió por siete puñaladas ensartadas con saña en tórax y cuello. Seis años y medio después aún no hay ni un solo culpable.
José Manuel Nava Sánchez fue el último director de Excélsior, el “Gran Diario de la Vida Nacional”, cuando aún era cooperativa. Su administración empezó en 2002 y concluyó tres años después.
José Manuel no pudo vivir más de siete días después de la presentación de su libro, en el cual denunciaba las complicidades del poder mediático y político, pero ese dato se omitió en las investigaciones iniciales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF, cuya principal línea de indagación se fijó en un supuesto robo, porque al momento de hacer el peritaje faltaba la computadora portátil de José Manuel.
Todo lo demás estaba intacto, sólo faltaba su computadora, donde guardaba sus investigaciones. Pero eso bastó para que las autoridades lo archivaran como “robo” y no como un delito contra la libertad de expresión.
Café con un amigo
El mesero de Yug, el restaurante vegetariano contiguo al edificio de José Manuel, recuerda la rutina del periodista: “Se sentaba normalmente en las mesas de la entrada, venía a desayunar o a tomar un café; era un señor formal, pero no hablábamos mucho”.
La rutina los familiarizó durante tres años -el tiempo que vivió en el apartamento recién remodelado que daba al Paseo de la Reforma cuando regresó después de 22 años de ser corresponsal en Washington- hasta que la cotidianeidad se rompió el día que la calle se llenó de periodistas y policías por la muerte del cliente.
Ángel, el portero que por 10 años ha trabajado en el edificio, fue a quien le tocó la guardia esa noche: “Yo ya estoy tratando de olvidarlo, no me acuerdo de mucho”, dice. Es cierto, porque han pasado cinco años y medio desde el crimen, pero también es que Ángel ya no lo quiere recordar: pasó todo un día en interrogatorios y la sola idea de que pudo haber hecho algo le atormenta.
Lo único que sabe es que José Manuel entró esa noche con un hombre, que no era la primera vez que ese hombre entraba en compañía del periodista, pero esa mañana el joven salió y el cuerpo de Nava Sánchez se quedó en el piso.
Horas después, Remedios le avisó a Ángel y él tuvo que llamar a Victoria, la administradora del edificio, para que llamara a la Cruz Roja. Pero ya no había nada que hacer. El periodista se desangró en el piso.
Cabo, otra vez
“Cabo” fue su última compañía y había sido la única constante durante mucho tiempo. Estaba a su lado cuando su dueño lentamente iba perdiendo la temperatura corporal. Victoria pensó que su familia lo querría, pero como nadie reclamó al gato, ella simplemente pensó que no podía dejarlo huérfano.
“Pensé que el Cabo no lo resistiría, no quería comer, estaba inquieto, creía que José Manuel aparecería cada vez que alguien abría la puerta” dice Victoria mientras recuerda las escenas inmediatas a su adopción: ella tenía que hacer unos ejercicios en el piso y “Cabo” le maullaba, se ponía mal, debido a que – dice ella – el gato recordaba las horas que acompañó a su amo cuando estaba tendido, minutos antes de morir.
Mientras su cuerpo se enfriaba, por la consecuencia inevitable de la muerte, el periódico El Sol de México terminaba de imprimir el ejemplar del 17 de junio en el que apareció su último artículo de opinión. Nava Sánchez inició su texto con una frase premonitoria “Dado que todo lo que sucede en México en estos días es inédito, nada debería sorprendernos, pero sí preocuparnos”. Su mamá, sus compañeros le decían constantemente “No escribas, te van a matar”.
José Manuel fue el sexto periodista asesinado en México durante el 2006. Su nombre engrosa dos listas: la de cerca de 120 periodistas que han muerto o desaparecido por su labor desde el 2000 en el país y la de aquellos cuyos casos están archivados en una caja, sin responsables, sin culpables.
Sin cárcel para alguien.


