¿Todavía podemos llamar democracia a esto?

Dos millones de bots operando desde Miami. Software israelí instalado en el consulado de Los Ángeles. Algoritmos que, según el presidente, calculaban «en fracción de segundos» en cuáles de 1.350 mesas faltaban votos para inventarlos. Así describió Gustavo Petro, el 2 de septiembre en el Auditorio Alfonso Caso de la UNAM, una maquinaria que todavía no ha podido probar que exista. La trajo a México como advertencia que obliga a una pregunta incómoda: ¿por qué nuestras democracias occidentales son tan fáciles de hackear con emociones?

La respuesta no está en el algoritmo. Está en el contrato social.

Las democracias occidentales buscan elegir al candidato más popular, pero la popularidad, en la era digital, es una variable 100% hackeable. Cambridge Analytica no robó votos: robó perfiles psicológicos de Facebook para inyectar miedos personalizados. Brad Parscale, el arquitecto digital de Trump 2016, se pasó de campañas a negocio y hoy vende Campaign Nucleus una plataforma que usa IA para fabricar «páginas web que parecen medios de comunicación», inflar influencers «anti woke» y disparar correos personalizados según el estado de ánimo del votante. En Colombia, ese tipo de maquinaria se combinó con operadores como Fernando Cerimedo para convertir a un abogado mediático en el líder de la «mano dura».

China también utiliza la ciencia de datos. La diferencia es que no la usa para fabricar popularidad, sino para administrar su burocracia y decidir quién asciende dentro de ella. El Partido Comunista Chino ha construido un sistema de selección de cuadros en el que la trayectoria, el desempeño territorial, los resultados económicos y la evaluación interna pesan en las posibilidades de promoción. Los trabajos de Hongbin Li, Li-An Zhou y Ye Chen muestran que la carrera de los dirigentes provinciales chinos estuvo vinculada tanto a su desempeño económico como al desempeño relativo de sus territorios frente a sus predecesores.

Si queremos saber quién gobierna y para qué, la pregunta ya no puede limitarse a quién gana las elecciones. Los dueños de las plataformas tecnológicas, en alianza con las ultraderechas, concentran hoy una forma inédita de poder: poseen los datos, controlan los algoritmos y pueden intervenir sobre las emociones políticas de millones. En China se recopilan datos sobre sus líderes para evaluar quién merece gobernar; en las democracias occidentales se recopilan datos sobre los ciudadanos para decidir qué emoción puede llevarlos a votar. El resultado es lo peor de ambos mundos. Usamos datos masivos para tratar al elector como consumidor de TikTok y después seguimos el ritual sagrado del voto para legitimar el resultado: eso es lo que Petro llamó “tecnofascismo global”.

Black Cube —fundada por veteranos de la inteligencia israelí— espió a organizaciones vinculadas a George Soros en Budapest, entre ellas la oficina húngara de Open Society Foundations, durante la campaña de las elecciones parlamentarias de 2018; las grabaciones clandestinas obtenidas por sus agentes fueron después citadas por el propio Viktor Orbán. En marzo de 2026, a días de las elecciones parlamentarias eslovenas, el gobierno de Robert Golob acusó a operativos de Black Cube de reunirse con figuras de la oposición y de estar detrás de grabaciones encubiertas filtradas en lo que calificó de «ataque directo» a la soberanía del país. Y Brad Parscale lo confirma sin rodeos: en un podcast de 2022 dijo haber recibido más de 10.000 solicitudes para utilizar Campaign Nucleus de «casi todos los países con un partido conservador», y afirmó después que sus equipos operaban ya en la India, Israel y Brasil.

Si la tesis se sostiene, Brasil 2026 y México 2027 será el momento en que esa tecnología ya probada, según sus críticos, en Colombia, Eslovenia y Argentina se perfeccione sobre democracias que todavía creen que el problema es el candidato. Petro lo dijo sin matices desde la UNAM: «México está en peligro, Brasil ya viene», pero no hizo falta esperar más tiempo. El domingo siguiente, la AfD —el partido de ultraderecha alemán— duplicó su votación de 2021 en la Alta Sajonia, quedando a tres escaños de gobernar un Land por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.

La pregunta pertinente es si todavía podemos llamar democracia a un sistema donde gana quien contrata la mejor granja de algoritmos. China construyó su relación entre sociedad y tecnología sobre una meritocracia de resultados para organizar y gestionar el Estado. Si la democracia occidental quiere sobrevivir a sus propios algoritmos, tendrá que encontrar una alternativa que, sin renunciar al voto, no se venda al mejor postor.

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