Óscar Balderas / @oscarbalmen
NOTA DEL EDITOR: Desde el 17 hasta el 20 de junio, REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO publicará diariamente una historia sobre alguna modalidad de secuestro que usan los grupos criminales en México. Ésta es la cuarta y última entrega.
(20 de junio, 2013).- Luego de tres entrevistas vía telefónica, Marisa accedió a que su historia fuera contada con cambios en su nombre real. Su secuestro forma parte de la estadística negra de delitos no denunciados, pues sus captores viven, como ella, en el Estado de México.
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Lo que me pasó sólo puedo describirlo como una chingadera. Perdón, pero no hay palabras. Sólo así: una chingadera. Nosotros no la debíamos, no le hacíamos daño a nadie y mire… no se vale, de verdad, no se vale lo que nos pasó. Yo sé que está mal que lo diga, pero ya no me importa: si yo viera a estos tipos, los mataría con mis propias manos. A veces, sueño que los veo caminando por la calle –aunque en realidad no sé cómo son ni su apariencia– y me les paro enfrente. Me vale si traen pistolas o lo que sea, yo me les pongoenfrente y les hago la misma pregunta que ellos me hicieron.
Entonces, sienten lo que yo sentí y luego los mato.
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“¿Oreja o pulgar?”, preguntó un hombre del otro lado de la línea telefónica. No dijo “hola”, “buenos días”, “¿quién habla?”. Nada de eso. Sólo esas tres palabras que provocaron en Marisa un dolor parecido a un golpe en el estómago o un batazo en la cabeza.
“No, señor… por favor, no haga eso”, suplicó la joven de 28 años. Por el auricular se coló de nuevo esa voz cavernosa y áspera que insistió. “Tienes dos minutos o decido yo, pendeja”.
Sabía que hablaban en serio. Había que decidir pronto o dejarlo todo al juicio de aquel hombre que la había mantenido con la vida pendiendo de un hilo desde hace tres días. Así que pensó: si elijo oreja, perderá parcialmente la audición, pero con un aparato sería completamente funcional; si elijo el pulgar, perderá el agarre de los objetos, será poco funcional y la prótesis de pulgar es difícil de costear. Entre oreja o pulgar, oreja.
“¡Oreja, señor! Pero por favor no lo haga… se lo suplico. Por Dios…”, pidió Marisa. “Bueno, oreja será…”, dijo aquel y la llamada terminó al colgar violentamente.
Entonces Marisa se sentó en la sala de su casa en Huixquilucan, Estado de México, y se quedó con la mirada fija en el piso. Así pasó cinco minutos, inmóvil, hasta que estalló en llanto al darse cuenta de lo que había pasado: sin quererlo, había dado la orden al secuestrador de quitarle una oreja a su mamá, capturada por la organización criminal La Mano con Ojos.
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La historia del secuestro de la mamá de Marisa es un rompecabezas que la familia aún no logra descifrar, aunque ya van dos años y medio desde aquel 5 de enero de 2011 en el que Irma Romero circulaba por la zona de San Fernando, Huixquilucan.
Algunos testigos aseguran que una camioneta color negro de marca desconocida le cerró el paso al auto compacto de Irma para introducirla con fuerza al primer vehículo; otros dicen que la mamá de Marisa chocó con el auto de un hombre, quiso darse a la fuga y, cuando la alcanzaron, la forzaron a entrar a la camioneta para que pagara el golpe; unos, incluso, afirmaron que la vieron correr hacia al camioneta del otro conductor, como pidiendo auxilio debido a una persecución en calles anteriores.
Lo cierto es que el coche de Irma quedó a la mitad de la calle Vialidad de la Barranca y en el parabrisas, le contaron los testigos, encontraron una tarjeta blanca en cuyo reverso se leía “Esperen instrucciones” y en el anverso el dibujo a mano de una mano extendida y, en la palma, un ojo con largas pestañas. La Mano con Ojos, en representación a una mano que todo lo ve.
Tres horas después, la primera llamada a su celular. Contestó Marisa, quien acababa de volver del trabajo y aún no tenía idea de lo que había pasado con su mamá. Desde que escuchó esa voz áspera, supo que algo malo había ocurrido.
“Me dijeron que mi mamá estaba retenida por un comandante de La Mano con Ojos, que la habían visto vendiendo droga y que Huixquilucan era su plaza y que había que pagar derecho de piso. Le dije que era imposible, mi mamá tiene 62 años, es maestra de primaria, ni siquiera bebe alcohol… pero me dijeron que ellos sabían muy bien quien era mi mamá”, contó.
El pago de derecho de piso se fijó en 100 mil pesos con condiciones: dinero en efectivo, no llamar a la policía, todo en bolsas de plástico, cualquier denominación pero en moneda nacional y nada de monedas. Puro billete. A cambio, olvidarían el error de Irma y la dejarían ir con vida.
Marisa dio vueltas. Llamó a todo aquel que se le imaginó. Se comprometió y prometió todo. Remató joyas, electrodomésticos, libros, todo. Sin papá que la apoyara y una familia radicada en Estados Unidos, conseguir esa cantidad se le dificultó con el paso de las horas.
“No lo pensé en el momento. Escuché 100 mil y dije ‘sí los consigo’. Pero cada vez que iba con alguien me decía ‘no tengo’, ‘te doy 500’, ‘junté mil’ y me desesperaba. Aunque me ayudaban, quería golpear a todos, decirles que con 500 pesos no resolvía nada”, narró.
Al final del primer día juntó 18 mil pesos. Esperó la llamada, pero no llegó. Y al día siguiente acumuló 4 mil pesos más. En total, 22 mil. Y una angustia extendida por 48 horas hasta que sonó el teléfono de nuevo y Marisa les explicó, llorando, que había hecho su mejor esfuerzo en conseguir 100 mil, pero que no estaba cerca de esa cifra.
“A nosotros tu mamá nos chingó 100 mil, es lo justo, pero si tu crees que tu mamá vale 22 (mil pesos), pues cámara. Es tu pedo, tú le respondes. Y para que le metas velocidad a este pedo, te vamos a mandar un regalo, ¿dónde quieres que te deje el cuerpo?”, dijo un hombre. Colgó. Tres minutos después, llamó.
La tarde del 7 de enero de 2011, Marisa eligió una oreja para ganar tiempo, conseguir el dinero que pedían y que no mataran a su mamá.
Pero nadie envió la oreja y el tiempo nunca llegó. Los plagiarios no se comunicaron de nuevo.
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A diferencia de muchos familiares de los 24 mil desaparecidos en México a partir de 2006, Marisa está casi segura que su mamá está muerta. Lo dice con pesar, con la voz quebrada y resignada: Irma dejó de existir hace mucho tiempo.
“Tengo esperanza, a veces sí, pero yo creo que ya no está con nosotros. Su corazón no hubiera soportado esto. Primero le daba un infarto. Era muy nerviosa… además, ¿de qué les sirve una señora de 62 años? No es como un hombre fuerte que pueden poner a trabajar.
“Van dos años y medio… a veces pienso que la voy a volver a ver. Que va a entrar a la casa, va a cocinarme, va a sentarse a ver la tele en la sala y la voy a tener que tapar porque se quedó dormida. A veces pienso que todo eso va a pasar, pero luego pienso ¿viva para qué? ¿para que esté con esos desgraciados? No, no, mejor que descanse en paz”, afirmó.
Marisa contó que tiene la consciencia relativamente tranquila: por dos años buscó afanosamente cualquier pista, cualquier indicio que la llevara a su mamá… Investigó teléfonos, direcciones, se entrevistó con policías, delincuentes, testigos y no encontró nada. Cada vez que se sentía cerca de una respuesta, una puerta se cerraba para ella y todo el trabajo volvía a comenzar.
Un día, comentó, la soñó. La imaginó sana, contenta, con su traje sastre con el que daba clases a niños de cuarto año de primaria en la zona adinerada de Huixquilucan y le dijo que ella ya estaba bien, que sólo algo la acongojaba y era no ver a su hija vivir plenamente.
“Me dijo en el sueño: te veo no dormir, te veo no comer, te veo exponiéndote a que te pase algo. Yo nunca hubiera querido eso, hija. Nunca hubiera aceptado eso. Déjame ir, ya no estoy aquí, tu sí estás ahí. Vive, consigue un novio, estudia, sal con tus amigas”.
Por eso, desde hace seis meses, Marisa ha vuelto a vivir un poco, aunque confesó que hay días enteros que aún le dedica a la búsqueda de su mamá. Hay días en que no puede dormir y el insomnio la envuelve mientras se instala en su mente la imagen de un cuchillo cortando la oreja de su mamá.
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Sí he vuelto a vivir un poco más, pero son chingaderas. Un poco nada más. Uno ya no puede vivir plenamente. Ya no hay forma. Te quitan todo, las ganas, la confianza. Me quitaron a mi mamá, ¿sabe usted lo que es eso? ¿que la secuestren y luego se desaparezcan con ella? Yo hubiera juntado ese dinero, vendo un riñón, lo que sea, pero nunca me dieron oportunidad.
A veces sueño con ella, que está bien y que está con Dios. Luego me imagino cómo la tenían, cómo le cortaron su orejita, si es que lo hicieron. Y luego los sueño a ellos, ¿ya te conté esto? Que los veo caminando en la calle y los mato con mis propias manos. O que los atropello con mi coche. Esa gente no vale nada, son mierda, son porquería, son una asquerosidad.
Yo te cuento todo esto porque ya no podemos permitir esto. Hoy le pasó a mi mamá, a una maestra de primaria, a mi me pasó, y luego le puede pasar a cualquiera. Son chingaderas. La gente piensa que esto no les va a pasar, pero sí pasa y es muy difícil. Muy duro. Te matan. Es como matarte lentamente. Nunca te repones. La vida cambia, todo cambia, sonreír duele, es como si me jalaran los cachetes con pinzas para sonreír. Todo duele mucho.
Yo sé que ella está bien, que donde esté, esté bien. Que ya está con Dios y no sufre. Pienso eso porque no es posible que ya esté viva. Ya la mataron, estoy segura… bueno, no segura… yo creo eso. Ay, esta duda es muy fea ¿usted qué cree? ¿seguirá viva?
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