Jade Ramírez*
Este texto forma parte del informe anual ¿Por qué tanto silencio? Daño reiterado a la Libertad de Expresión en México 2012, que será publicado a finales del mes de junio. Es resultado del trabajo permanente de monitoreo, registro y documentación con enfoque de derechos humanos, de las agresiones a periodistas y medios de comunicación que Cencos realiza desde los años 80.
Podrás encontrar más información en los próximos días a través del hashtag #PorQueTantoSilencio y a través de las cuentas @Cencos y de la Campaña Permanente de Protección a Periodistas @Campperiodistas en Twitter y Facebook previamente a la presentación del informe.
A los colegas que han desaparecido, muerto, callado o declinaron.
A los que no conocemos sus nombres ni las claras razones por las que renunciaron al oficio,
pero que sembraron una migaja de verdad para la cruda realidad.
Primera parte: el género en la encrucijada de la violencia
Evasión
Evasión suele ser la sensación secundaria al miedo, la duda, la fragilidad por la que transita una víctima de ataque físico y psicológico.
Evades porque la frustración de que poco tienes por hacer te invade. Porque sabes que no hay para dónde correr, que tus cercanos se alejan o les pides involuntariamente que se alejen, porque no hay muchas estructuras en las cuales confiar si eres periodista y mujer.
Evadir es lo que hace un jefe ante la noticia de que una de sus periodistas está bajo amenaza, sobrevivió a un ataque o está siendo origen de acoso en general al medio de comunicación para el que trabaja. Si no hay regaño, por lo menos se le neutraliza momentáneamente y, en el peor escenario, se le destituye de sus labores periodísticas.
Evasión con silencio y poca atención física, financiera, psicológica, es lo que hacen las instituciones de seguridad, procuradoras de justicia, cuando sin distinción de género, se da un ataque a periodistas por motivos de la labor e investigación que ha realizado o está llevando a cabo, en la que se evidencian prácticas políticas injustas, ilegales, impunes, desde el gobierno, desde un grupo del crimen organizado o redes delictivas.
Las cifras no mienten, nos dicen cosas, pero tampoco son exactas debido a que al evadir lo que le sucede a una reportera, se ocultan incidentes de seguridad por desconfianza y entonces no aparece el reporte en ninguna cifra.
Desde luego es vital detenernos en el incremento que año con año muestra la estadística de atentados, agresiones, hostigamiento, asesinatos y desapariciones de periodistas, personas trabajadoras de los medios de comunicación, blogueros o activos usuarios de las redes sociales. Pero las formas, los modus operandi y el rasgo de ataque de género son lo que torna alarmante el contexto nacional: según reportes de ONGs, en el 2008 fueron 5 los casos de violencia contra mujeres periodistas, en el 2009 se reflejan 13, en 2010 son 94 casos, en 2011 y 2012, 31 y 37 respectivamente.
Pero lejos de los números, queda otra lista de acontecimientos e incidentes de seguridad entre reporteras, presentadoras de noticias, redactoras, fotógrafas, encargadas de publicidad, relaciones públicas o áreas administrativas de medios de comunicación, que difícilmente se reportarán, por lo que el subregistro de este tipo de acciones violentas continúa; se auto asume la condición de desventaja por ser mujer y por tanto la vulneración se vuelve rasgo cotidiano, no hay sorpresa o sobresalto por ser acosada, hostigada, amenazada o violentada en los derechos como mujer y periodista. Y es que se trata de que el periodismo que se hace en México brincó de un estatus alarmante a francamente un oficio tenebroso que orilla a muchas de las mujeres que lo ejercen a caer en prácticas no éticas, no seguras, no las propicias para garantizar la equidad y la protección de la libertad de expresión. Se llega a estas prácticas con tal de no perder un empleo, un contrato, una exclusividad, un espacio en la redacción, una fuente de información institucional que facilita el trabajo.
Consternación.
Consternación y rabia es lo que brota cuando se narra la noticia que nunca se desea dar: asesinaron a una periodista, una reportera ha desparecido, hubo un nuevo ataque violento a la redacción de un diario, ultrajaron la casa de una colega o llegaron amenazas electrónicas. Inexplicable se vuelve ese tipo de pésimas noticias para algunos círculos y pequeñas redes de periodistas que autogestivamente se han configurado para pugnar por la libertad de expresión, el derecho a la información y la imperativa garantía que debe existir en un país corrupto como México donde para los periodistas responsables y comprometidos con el oficio, no se les de trabajo, se les persigue, coarta, acecha, mata.
El informe más reciente de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC-México) detalla que de 2008 a 2010 se recrudeció la persecución gubernamental que históricamente se ha ejercido contra las radios comunitarias que transmiten sin permiso, clasificándolas de ilegales.
La Comisión Federal de Telecomunicaciones (Cofetel), la Secretaría de Gobernación (Segob) y la Procuraduría General de la República (PGR) han ejecutado operativos sin diplomacia, con extrema violencia y desapego a la Declaración Universal de los Derechos Humanos contra radios que emiten señal con menos de 5 watts y cuyos realizadores radiofónicos, agentes comunicadores, son precisamente mujeres y niños.
Pero son pocos los casos que pasan de la consternación al repudio colectivo, aunque gradualmente se ha ido transformando la visión de que no sólo ciertos expedientes de colegas como Lydia Cacho, Anabel Hernández o Sanjuana Martínez ameritan radicalizar la consternación.
Segunda parte: el contexto y sus actores
Indignación.
Al 31 de diciembre de 2012, el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), revela en su informe anual que ocho personas fueron asesinadas a causa de su labor periodística o por laborar dentro de un medio de comunicación. Distrito Federal, Oaxaca y Veracruz son las entidades que arrojan la más alta cifra.
Las ocho personas asesinadas por ejercer el periodismo de manera cotidiana o laborar dentro de un medio de comunicación, sin duda, sabían que antes de ellos, había otros más que también habían sido asesinados, muchos otros que vivían desplazados, hostigados, perseguidos, despedidos, “halconeados”, señalados dentro de su redacción. Un egresado de cualquier escuela de periodismo, un recién acogido en algún medio, un longevo periodista, todos ellos saben que hoy en día a la profesión poco se le respeta dentro y fuera de las redacciones, se ejerce en constante acotamiento y con peligro, a menos de que se labore dentro de las intocables franquicias de información que sostienen el duopolio mediático en nuestro país.
Es común que a los informadores las estadísticas y su realidad cotidiana los hagan transitar de la consternación a la evasión para llegar a la indignación, y entonces se continúe investigando y trabajando, desde el filo desgastado de la prudencia, clasificada también como autocensura, para continuar dentro del universo del periodismo desde dos vías: con alternativas de autoprotección adheridas a redes autogestivas que en pocas ocasiones se crean dentro del mismo medio, o con displicencia ante el escenario adverso y, por lo tanto, risueño, con los poderes que oprimen la libertad de expresión.
Las agresiones registradas en 2012 por Cencos refieren a 182 hombres y 37mujeres, que han sido víctimas de agresión verbal y física. Una balacera o incendio, robo de artículos personales y casa habitación, obstrucción a la circulación, ataque cibernético; en los casos de calumnia, intimidación, presión y detención temporal, las mujeres periodistas sufren además agresiones de género.
Los atacantes construyen un perfil y desde redes sociales virtuales, durante ruedas de prensa, eventos públicos, llamadas telefónicas, comentarios de pasillo en recintos públicos y círculos de convivencia operan, desprestigian y utilizan la información personal mezclada con trabajo periodístico para acechar. Cuando de ataque físico y asesinato se trata, ensucian la escena del crimen para sostener que el ataque responde a un “asunto personal, pasional” o deriva de la violencia cotidiana en que está envuelto el país y por ende lo desplazan a la zona de asuntos no relevantes para los procuradores estatales de justicia.
¿Quién está al otro lado del espejo?
Según el registro de Cencos donde se sistematizan los casos de agresiones al gremio periodístico en 2012, al conjugar las formas y los estilos es difícil separar las fuentes de las agresiones, porque en 69 casos se clasifica a la fuente de la agresión como Presuntos responsables a Particulares o No identificados. Por tanto, la etiqueta de no identificados o no asociados con alguien, no sólo no nos sirve para entender el fenómeno, sino que nos abre la tenebrosa puerta para imaginar el escenario de cuántos en realidad responden a intereses afines de los 157 funcionarios y partidos políticos que sí se ha logrado identificar como los autores intelectuales y materiales de agresiones a periodistas durante 2012.
En el momento por el que atraviesa México y que arrastramos desde hace más de cinco años, donde la línea entre el poder institucional y el crimen organizado es sumamente delgada, se abren tres variantes o tres grandes fuentes desde donde se originan los atentados contra periodistas:
a) Grupos delictivos del crimen organizado.
b) Entes y funcionarios del poder institucionalizado.
c) La mezcla de los dos anteriores.
Por ello es difícil desmantelar el factor desconfianza que prevalece entre periodistas respecto a las respuestas que el gobierno mexicano ha dado ante el escenario violento en que se ejerce el oficio, sin mencionar que las trayectorias de formación y construcción de identidad del gremio son débiles, a diferencia de la organización que tienen los defensores de derechos humanos que promueven, entre otras cosas, la libertad de expresión.
En agosto de 2010 salimos a las calles de la Ciudad de México a gritar “Los Queremos Vivos”, expresión que encerró la desesperación que envolvía a quienes sobrevivimos a ataques y agresiones sistemáticas y a quienes sin un incidente de violencia en su haber sabían la vulnerabilidad en la que se estaba ejerciendo desde sus ciudades. Entonces aún con vida, Miguel Ángel Granados Chapa dirigió un sencillo pensamiento sobre la violencia dirigida a representantes de los medios y periodistas: “no requerimos inventar nada nuevo, sino que sencillamente, las averiguaciones previas se elaboren de conformidad con la ley y que los Ministerios Públicos de este país entiendan lo que atañe a un atentado contra reporteros”.
¿Ya vas a dejar de cubrir causas perdidas?
Es una pregunta cotidiana que proviene de colegas que poco entienden la sensibilidad e indignación desarrollada a lo largo de los años, por periodistas que permanecen abiertamente comprometidos en el seguimiento informativo de denuncia social, motivo que fecunda la amenaza y la persecución porque finalmente todas las historias ya trastocan la impunidad con que el crimen organizado se eterniza dentro y fuera de las instituciones.
La única respuesta que los periodistas hemos encontramos ante el escenario de violencia e impunidad que continúa recrudeciéndose, ha sido la autoprotección y la profesionalización del oficio no necesariamente jubilándose para radicar dentro de la academia, sino consolidando las investigaciones, trabajando en red, compartiendo los datos y fuentes de información antes del manejo exclusivo. El periodismo de investigación encontró un espacio privilegiado y acechado por quienes incluso dentro de sus redacciones base no encontraron eco: coautorías de publicación impresa, creación de sitios web, producción de radio, arte o cine-documentales; han sido la respuesta que mujeres periodistas principalmente idearon y financian para el seguimiento de la violencia de Estado en México y la vulneración de derechos humanos, desde la narración de historias, de identidades, de comunidades, de los oprimidos y no privilegiados por el sistema.
* Periodista e integrante del Consejo Consultivo del Mecanismo de protección a Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.


