La desmemoria es peligrosa. Y más, cuando se busca confundir a los desmemoriados para esconder la ambición abyecta de algunos. Entre los sectores de la derecha mexicana, existe la moda de decir que los viejos tiempos del PRIAN eran mejores al actual gobierno encabezado por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.
Esta versión idílica que pretende construir el conservadurismo con fines políticos, le atribuye virtudes que el régimen neoliberal nunca tuvo, en un claro intento por torcer la historia y tratar de engañar ingenuos a través de la ametralladora mediática con la que se intentan construir narrativas afines a la oligarquía que resultó derrotada en las elecciones de 2018.
La nostalgia de Enrique Krauze por la “dictadura perfecta” evidencia muy bien esta situación. En un video reciente, difundido en redes, el ideólogo de la derecha mexicana señaló que
“Nunca pensé que yo iba muy moderadamente a extrañar la dictadura perfecta”, dijo Krazue en un evento reciente realizado por Atlas Network, organización promovedora del pensamiento liberal y el “libre mercado”.
“Tres presidentes sucesivos, dos del PAN y uno del PRI (Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto) estuvieron en el poder, seis años, llevados ahí en elecciones limpias, impecables, ordenadas”, agregó Krazue.
Nótese el adjetivo utilizado para referirse a los fraudes de 2006 y 2012: “impecables”. Para Krauze, quien se asume como historiador, las crisis de legitimidad que padecieron tanto Calderón como Peña Nieto, cruciales para entender la historia reciente de México, simplemente no existieron. Es decir, la crisis de legitimidad con la que asumió el poder Calderón, tras un fraude en que el gobierno de Fox y las cúpulas empresariales operaron políticamente y gastaron mucho dinero para frenar a López Obrador, con una mínima diferencia del 0.56% de votos plagados de irregularidades, es sinónimo de elecciones “limpias, impecables y ordenadas”. Lo mismo con el escándalo de compra de votos con varios millones de pesos inyectados ilegalmente a la campaña de Peña Nieto, lo cual quedó documentado en el caso Monex que nunca se investigó a fondo junto con los exorbitantes desvíos de recursos de gobiernos estatales con la llamada Operación Safiro. Algo completamente delirante. El tema no pasaría de ser un chiste, de no ser porque esta visión de la realidad mexicana es la que busca grabar la derecha mexicana en el inconsciente colectivo a partir de la repetición de un discurso amplificado por los medios de comunicación.
El colmo del cinismo, es la manera en que Krauze define al gobierno de López Obrador como una “dictadura plebiscitaria”. Un término contradictorio y ridículo, que evidencia las limitaciones intelectuales de Krauze, y sus nulos conocimientos elementales de ciencia política. Tal parece que el ideólogo de la derecha mexicana ignora por completo que el término ‘dictadura’ proviene de una figura legal utilizada en la antigua Roma para que, en caso de una amenaza externa, el soberano en turno concentrara todo el poder del Estado para encarar dicha amenaza, restringiendo los derechos y libertades civiles. Por definición, el término dictadura es completamente opuesto al plebiscito, mecanismo mediante el cual el Estado pregunta la opinión de los ciudadanos para tomar decisiones de interés público.
Esta confusión, tan explícita, y tan aberrante para quien se asume como cacique de una decadente y elitista intelectualidad mexicana, se explica por la torcida concepción que tiene la derecha en torno al concepto democracia.
Los oligarcas han tratado de vender la idea de que el sistema autoritario, de bipartidismo de derecha que prevaleció en México de 2000 a 2018, es sinónimo de democracia. Como si no hubiéramos padecido en carne propia los estragos de fraudes electorales a nivel federal, estatal y municipal, como si no supiéramos que los aparatos de impartición de justicia protegieron siempre al mismo grupo político, el PRIAN, que durante décadas gobernó al país a través de la simulación, la mentira y los montajes mediáticos. Un régimen corrupto y perverso donde el espionaje contra opositores ocurrió de manera sistemática, como bien lo documentó la investigación coordinada por Forbidden Stories, en la cual, existe registro de que el gobierno de Peña espió los teléfonos de al menos 15,000 mexicanos con fines políticos. Algo similar a lo que ocurrió con Calderón y los sofisticados equipos de espionaje montados por Genaro García Luna, el superpolicía acusado de narcotráfico, quien filtraba conversaciones telefónicas producto del espionaje a varios comunicadores afines, con fines políticos.
Esta forma de autoritarismo, opresor, es lo que Krauze denomina “democracia”: un sistema de gobierno diseñado para mantener los infames privilegios de la oligarquía. Algo que, de hecho, se ilustra muy bien con los millonarios ingresos que recibieron las empresas de Krauze por defender el autoritarismo atroz que prevaleció durante los gobiernos de Calderón y Peña. De 2006 a 2018, las empresas de Krauze recibieron un total de 275 millones de pesos por parte del gobierno federal (90.4 millones para la revista Letras Libres y 185.4 millones para Editorial Clío). Esto, según documentos oficiales presentados por la Presidencia de México en septiembre de 2020.[1] A esta exorbitante suma, habría que sumarle lo que recibió el escritor por parte de los gobiernos estatales y entes como la Universidad de Guadalajara.
La “democracia” defendida por Krauze y sus secuaces es en realidad un autoritarismo de mercado, donde el poder político se oferta al mejor postor. Comprar cargos públicos para luego repartir el botín con aquellos “intelectuales orgánicos” que habrán de facilitar el proceso de dominación mediante la construcción de narrativas que buscan confundir a la gente y ocultar la abominable red de corrupción que se esconde detrás de la propaganda “libertaria” que promueven los plutócratas afines al proyecto neoliberal. La fábrica de mentiras con fines electorales montada dentro de la llamada Operación Berlín, en 2018, a cargo de los subalternos de Krauze, es otro ejemplo que retrata y desnuda las artimañas de este oscuro personaje.
Pero no perdamos de vista lo importante. Krauze es apenas una pieza de la maquinaria, el encargado de repartir dinero entre un sector de “intelectuales” cuyo objetivo es preservar el status quo para beneficio de las élites que destruyeron al país durante la era neoliberal, y no conformes con ello, buscan regresar al poder para profundizar la debacle.
Esto explica también, la aversión de Krauze hacia lo que denomina ‘populismo’, una forma de gobierno basada en la capacidad de un líder carismático para movilizar a las masas. Populismo es el nombre con el que los regímenes oligárquicos han denominado a los gobiernos con representatividad popular, cohesionadas a través de un líder carismático, lo cual ha demostrado ser un eficiente mecanismo para romper las férreas estructuras de poder que sostienen a las élites conservadoras. La narrativa en contra del “populismo” enarbolada por Krauze y otros personajes de la derecha continental como el promonárquico Mario Vargas Llosa, es en realidad un intento por mantener los abusos y privilegios reservados para un sector muy reducido de la población.
Para Krauze, la democracia es aquella forma de gobierno en que recibe millonarios ingresos y la gente termina votando por un proyecto conservador. Todo lo demás es populismo.
Los disparates retóricos de Krauze son sinónimo de la profunda debacle en que se encuentra la desarticulada derecha mexicana.


