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La emancipación en maqueta: el Teocalli y el enojo de los neocolonizados

La destrucción de una civilización no es un acto justo, bueno y libre de barbarie para quienes lo sufrieron. No olvidarlo nos enriquece como humanos.

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“Les dieron a los españoles banderas de oro, banderas de quetzal, y collares de oro. Y cuando les hubieren dado esto, se les puso risueña la cara, se alegraron mucho, estaban deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gozo, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón.  Como que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro”.
Informantes indígenas de Fray Bernardino de Sahagún (Códice florentino)

El 22 de abril de 1519 comenzó todo cuando Hernán Cortés desembarcó en Veracruz.

El 13 de agosto de 1521 tuvo lugar la caída definitiva de la grande y hermosa ciudad de México- Tenochtitlán a manos de los españoles cuando capturaron a Cuauhtémoc, el último jefe mexica.

500 años han transcurrido.

Y este 12 de agosto de 2021, a fin de conmemorar esta fecha, el gobierno de la 4T, con Andrés Manuel López Obrador como presidente de México y Claudia Sheinbaum como jefa de gobierno de la capital del país, adornó el zócalo con imágenes gigantes de Quetzalcóatl y Coyolxauhqui, así como con una maqueta del Templo Mayor sobre la plancha donde se proyectarán juegos de luces con escenas alusivas.

Esas imágenes y esa maqueta han generado las acostumbradas reacciones furiosas de la derecha, pero, más que nada, controversias sobre temas importantes y dignos de reflexión.

Hace unos días fui a cortarme el cabello a una hora en que casi no había gente, por lo que las jóvenes empleadas charlaban con desparpajo. Una de ellas contaba sobre la tienda que Ikea había abierto afuera de una parada del metro. Impresionada les relataba lo enorme del sitio y su variada mercancía desplegada, además del comedero con alimentos baratísimos y suculentos. Nada de tacos o gorditas, sino lasaña, sushi y “manjares” de ese tipo. No supo decirles con exactitud de qué país provenía la tienda, pero creía que se trataba de Bélgica o “algo así”. Lo que me llamó la atención fue lo que manifestó emocionada como conclusión y, que sus amigas apoyaron con comentarios similares: “a los extranjeros sí les funciona el cerebro, sí saben lo que hacen, no como nosotros. Cómo se les pudo ocurrir algo tan bueno donde puede encontrar uno lo que quiera”.

Esta misma admiración la he leído y escuchado, expresa o tácitamente, en personas que presumen una esmerada educación, con antecedentes académicos impecables y que no pierden la oportunidad de jactarse de sus estudios en universidades extranjeras, o de desdeñar cualquier idea que se distancie, aunque sea mínimamente, de análisis o meras opiniones y lugares comunes provenientes de fuentes del exterior, principalmente estadounidenses o europeas, las cuales consideran “infalibles”.

Estas conversaciones cotidianas reflejan ese microcolonialismo que mucho tiene que ver en la historia, la cultura y la situación política y económica de México.

Esta admiración “porque sí” hacia iniciativas o pensamientos provenientes del “primer mundo” son sintomáticas de ese permanente y profundo sentimiento de inferioridad, que parece anidar en nuestro inconsciente cultural y, es más, en nuestro mismo consciente.

Resulta curioso, y no precisamente en el mejor sentido, que se celebre la llegada a nuestro país de una megatienda sueca, obscenamente ostentosa y antiecológica con implicaciones sustentables desastrosas (por más certificaciones de cosmética verde que ostente) y que, por otro lado, un homenaje de una maqueta profundamente representativa y simbólica de nuestra cultura mesoamericana provoque enojos e indignaciones tan absurdas.

Es verdad que no podemos negar nuestra doble herencia: indígena y europea. Asimismo también es cierto que aún persisten problemas serios que afectan a los pueblos originarios actuales, más allá de todos los homenajes que se celebren recordando a quienes, hace quinientos años, murieron y lucharon contra la invasión española. Pero la destrucción de una civilización, con independencia de lo que suceda después, no es un acto justo, bueno y libre de barbarie para quienes lo sufrieron. Y no olvidarlo nos enriquece como humanos y como mexicanos.

Desde su cargo como jefe de gobierno del Distrito Federal, después como candidato a la presidencia de México y ahora como mandatario, Andrés Manuel López Obrador ha sido enfático e insistente en mostrar y reiterar su conocimiento de la historia de nuestro país, su amor y orgullo por la cultura mexicana, así como su interés de inculcar y reforzar el autoconcepto, la autoevaluación sana del pueblo mexicano, el cual, por múltiples razones, ha sido educado para autoningunearse, para renegar de su identidad nacional, para odiarse a sí mismo, para considerarse menos que otros pueblos del llamado “primer mundo”, menos que las naciones poderosas, menos que las grandes potencias cuyo talón de hierro nos ha aplastado el cuello desde la conquista del territorio mexicano por España, hasta las tantas vejaciones que hemos sufrido después a manos de Francia o Estados Unidos con mucha ayuda de las élites nacionales que han admirado tanto, y siguen admirando, a los sojuzgadores extranjeros.

Lo que ahora les molesta en el fondo a la mayoría de los detractores, tanto a las bases populares de la derecha como a sus gurúes patronales, es cómo estas controversias históricas se conectan directamente con los intereses neocoloniales de empresas como Iberdrola y OHL, entre otras, a las cuales los expresidentes pripanistas otorgaron innumerables canonjías, pero a las que el presidente actual ya les dijo con todas sus letras que son bienvenidas, siempre y cuando cumplan con las leyes mexicanas, paguen los impuestos debidos y se sometan a las políticas gubernamentales dirigidas a defender el interés del pueblo y no intereses privados. Ha insistido en que no va a ceder a ningún chantaje – como el quienes amagan con retirar inversiones del país – ni a aceptar el ofrecimiento de cargo alguno como lo hizo Felipe Calderón, quien después de su mandato fue nombrado consejero de Iberdrola, compañía muy favorecida durante su gobierno.

En febrero de 1924, Robert Lansing, secretario de Estado del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, envió una carta al magnate de medios, William Randolph Hearst, en relación con la campaña de su cadena de periódicos para colocar en la presidencia de México a un estadounidense, y terminar con la Revolución Mexicana que amenazaba los intereses de las grandes corporaciones norteamericanas, principalmente petroleras:

“México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de colocar en la presidencia mexicana a un ciudadano estadounidense, ya que eso conduciría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirles a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos. México necesitará administradores competentes y con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la misma presidencia. Y sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un solo tiro, harán lo que queramos, y lo harán mejor y más radicalmente que lo que nosotros mismos podríamos haberlo hecho”.

El análisis y el consejo resultaron desoladoramente certeros para nuestro país. Todos los días hemos sido y somos testigos de ello: desde las medidas neoliberales impuestas por el PRIAN cuyos estragos seguimos sufriendo, pasando por los tuits supuestamente inocentes y bienintencionados de analistas políticos y económicos, educados en universidades extranjeras (muchos de ellos con becas otorgadas con dinero del erario mexicano) invitados con frecuencia a las mesas de debate de los grandes medios donde difunden sus ideas a la población, hasta los titulares de periódicos internacionales que difunden abyectamente conspicuos intelectuales e influencers cuando se trata de ataques contra el gobierno de la 4T o, en su momento, cuando alababan las políticas entreguistas de los expresidentes pripanistas.

Hoy, afortunadamente, ocupa la presidencia un hombre que estudió en escuelas mexicanas, que conoce a cabalidad el territorio y la cultura nacionales y que se esmera, con su incansable labor pedagógica diaria, en que el pueblo mexicano no se sienta menos que nadie, que se quiera y valore en su justa dimensión, no mediante la inflación del ego, sino con un autoconcepto preciso y consciente de su historia, de sus virtudes, de las riquezas de su país, a fin de que sea capaz de quitarse del cuello, de una vez por todas, ese talón de hierro que no lo ha dejado respirar ni vivir lo más libremente posible.

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