“Yo derribé la estatua de Sadddam, ahora querría tenerlo de vuelta… Bush y Blair son unos mentirosos… Saddam mataba gente, pero nada semejante a lo de ahora…”. Son las palabras que allá por 2016 Kadhim al Jabbouri, un señor irakí al que el régimen de Hussein le arrebató -según dijo- catorce parientes, les decía al equipo del Informe Chilcot, referente a la invasión a Irak en 2003. Hay que imaginarse qué clase de infierno tiene que vivir un hombre para anhelar a un gobierno que masacró a sus familiares. Es la clase de infierno que sólo EE.UU. y sus cómplices de la OTAN son capaces -con un grado superlativo de sociopatía legitimada- de desatar sobre regiones enteras.
Irak es un desastre auténtico, muy por debajo de los niveles de vida que, con todo, habían alcanzado con Saddam. Es un ejemplo de la estrategia de guerra permanente que las potencias Occidentales -no siempre todas al unísono- han impuesto en esa zona geopolítica clave llamada Oriente Medio y sus cercanías norafricanas. La meta es clara: impedir y liquidar todo estado autónomo que no sea Israel (¿Este lo es?)y cuide intereses propios, independientes de afanes colonialistas externos, en especial de Europa y Norteamérica. Se ha decretado la prohibición de soberanía para cualquier territorio de esta región que la reclame, porque la soberanía efectiva implica decisiones nacionales sobre recursos energéticos y rutas de conexión comercial sumamente cotizadas para el club de élite occidental.
Lo lograron en Irak; luego en Libia, desde donde recorrieron el mundo imágenes incruentas de Muamar Gadafi siendo incluso sodomizado con objetos por los “rebeldes”, como a manera de advertencia. Tropezaron en Irán y Siria, porque Rusia ya se había erigido como una potencia militar que le provoca sudor frío a la OTAN, así que esta tuvo que conformarse con mantener un conflicto bélico bien complicado, sin lograr el derrocamiento de Bashar al-Ásad, y teniendo que soportar a la República Islámica proveniente de la revolución liderada por Jomeiní en 1979.
Ahora, los ecos de Vietnam circundan la atmósfera global desde Kabul. Los EE.UU. dicen que no es una derrota; pero sí lo es. Sus muyahidines del Talibán jamás lograron el completo control de Afganistán; también fallaron en torno a las expectativas occidentales sobre la goma de opio. Porque de eso se trata Afganistán para Occidente: gas, petróleo y heroína. La llamada Alianza del Norte nunca se sometió al régimen integrista; para finales de los 90’s el Pentágono ya había perdido la paciencia, así que comenzaron los ultimátums para los héroes de Rambo III, en la tarea de montar una estabilidad -por totalitaria y abusiva que fuera- que permitiera cuantos gasoductos y oleoductos en suelo afgano se les ocurrieran a las corporaciones energéticas; pero los otrora impulsores americanos de la yihad antisoviética encontraron que sus engendros fundamentalistas ya no estaban de acuerdo con hacer de matones a sueldo para otros: sólo con serlo para sí mismos (aaaay, crecen tan rápido…).
Entonces comenzó la campaña terrorista contra el terrorismo y los horrores del Islam extremo. Se hablaba de misoginia, violencia de género y, cómo no, derechos humanos. La versión hardcore de la Sharia jamás les importó un rábano a los E.U. y comparsas, mientras los commodities tuvieran escenarios favorables para fluir hacia las arcas de gente como Dick Cheney; cuando se dieron cuenta de que esto no sucedía, se hizo necesario un nuevo discurso justificativo de policía global que inclinara a la comunidad internacional hacia una intervención en Afganistán. Samuel P. Huntington y otros intelectuales similares se convirtieron en los “enchuladores” ilustrados de lo que se venía, mediante la perorata colonialista y racista del “Choque de Civilizaciones”. El “Choque” (shock) de Huntington se dio por fin, convenientemente, el 11 de septiembre de 2001 entre dos aviones comerciales y las Torres Gemelas del WTC. Después de las declaraciones desfachatadas de Hillary Clinton sobre el laboratorio de yihadistas en Pakistán, el escepticismo en relación a la autenticidad del ataque ha pasado -a través de los años- de ser una “conspiranoia” a una hipótesis tan plausible que sólo es rechazada de tajo por gente para la que el mundo es demasiado simple…
Luego vino la larga ocupación. En series y películas de múltiples géneros era común la frase “fulanito” o “mi padre, madre, hijo”, lo que tocara, “sirvió en Irak y Afganistán”. La guerra en Medio Oriente se normalizó, y hasta se glorificó. Cabe aquí recordar cómo un film de alta filiación imperialista, The Hurt Locker, le arrebató en 2010 el Oscar a película y director a Avatar, que por el contrario manejaba notas anticolonialistas. La siniestra Kathryn Bigelow era premiada por sus grandes contribuciones a la propaganda bélica y el patriotismo violento, dando una bofetada a la cara más crítica del cine de alto presupuesto. Bigelow volvería a recibir reconocimiento por su labor de mitificación del 9-11 en 2012, cuando su película The Zero Dark Thirty llegó de nuevo a las nominaciones. La aclamada serie JAG (1996-2005) de plano ya era un adoctrinamiento descarado, al igual que la cuota de inserciones de tópicos “antiterroristas” en series de drama policial como Law & Order, en sus diferentes franquicias.
Pero lo que The Hurt Locker o el fallido remake de Robocop -por citar ejemplos- también mostraban al mundo, era una ocupación difícil y que no contaba con el apoyo de la abrumadora mayoría de la población. Otro Vietnam con todas sus letras. Los gobiernos-marioneta jamás terminaron de cuajar como la simulación de nación “democrática” que EE.UU. demandaba y el combate militar volvía a enfrentarse con una región orográficamente tan difícil que ni la más avanzada tecnología digito-satelital logró domarla del todo. La guerrilla en las calles se tornó desgastante, y las milicias privadas hicieron su agosto para ese negocio millonario de los contratistas bélicos; así, las múltiples violaciones a los derechos humanos no dejarían su sangre en las manos identificadas de las tropas de la OTAN, sino en las de mercenarios que podían pasar por rebeldes de cualquier jaez. Los años pasaban y ni un ducto podía construirse, con o en contra del Talibán.
El Covid-19 vino y cambió demasiadas cosas en EE.UU., una de las naciones que -ya sea con Trump o Biden- peor desempeño han desplegado en esta crisis. Con su economía fracturada -como la global en sí-, China como acreedor y competidor hegemónico implacable y Rusia haciendo alardes militares que dejan helado al Tío del sombrero y el dedo, la alguna vez potencia única dominante se ha visto obligada a replantear sus finanzas, y Afganistán, que ya de por sí era incosteable, ahora representaba un bulto que no tenía caso cargar directamente. El linaje Obama-Clinton hizo un aparente ridículo cuando Biden reiteró que una caída del gobierno de Kabul era altamente improbable, para que dos semanas después el mundo viera helicópteros descendiendo al rescate de gente occidental a contra-reloj (eso sí, no sobre las azoteas, sino al lado de los edificios…).
EE.UU. perdió la guerra porque nunca consolidó sus objetivos geopolítico-económicos y tuvo que retirarse. Pero de algún modo ganó al dejar un país en ruinas, con un régimen tiránico que tiene denominación de origen USA, y con el cual China, Rusia e incluso la India también tendrán que lidiar. Decenas de miles de colaboracionistas tienen su seguridad pendiendo de un hilo, a menos que la Casa Blanca decida no empeorar su imagen y se digne a sacarlos. Durante la ocupación, pocas mujeres realmente fueron “salvadas” del extremismo misógino islámico. Las cifras de muertos, corrupción y otros desastres son escandalosas.
De todos modos, la OTAN prefiere lo que se queda a cargo que otras cosas. Es significativo que en la percepción de grandes mayorías de la opinión pública mundial, el conflicto afgano sólo tenga como elementos eje la “invasión soviética”, el ascenso del Talibán y la invasión norteamericana ahora en fase terminal. Jamás se habla -cual si se quisiera borrar del mapa de la historia- del gobierno democrático que dirigió Afganistán de 1978 a 1996. Ese era el verdadero estorbo para EE.UU… Por eso decidió organizar su derrocamiento a través de los muyahidines. Esta república afgana también era vista con recelo por la URSS, pero aun así decidió apoyarla. En 1989, la caída del Kremlin rojo dejó a su suerte a un Afganistán socialista, laico e igualitario, con mujeres en cargos públicos y militares. Genuinamente soberano y resistente a toda colonización, sin separarse de la tradición islámica en su mejor interpretación. Aún en tales condiciones, la adhesión popular logró mantener el régimen progresista hasta su derrota en 1996, seguida por la toma de poder de los integristas, con el respaldo tanto del latifundismo local como de “Rambo”.
Parte de la herencia de esta acosada democracia se encuentra en el Partido Solidario de Afganistán, que cuenta con miles de voluntades y ha organizado manifestaciones multitudinarias por todo el “país”. Su credo es prácticamente el mismo que el del gobierno independiente aquél: rechazo a la ocupación de la OTAN, a los fundamentalistas y a toda intervención; sistema democrático, igualdad de género y laicismo.
Se entiende por qué grandes medios occidentales y sus remedos occidentalizados -mexicanos, por ejemplo- omiten la era de la democracia afgana, y también el PSA. Quieren reducir el conflicto a una falsa disyuntiva, el relato de que sólo hay dos opciones: el fundamentalismo islámico o la democracia liberal anglosajona. Y es que el régimen 78-96 y el PSA son la peor pesadilla del imperialismo yanqui y anexas. Me explico.
Según las tesis de Huntington, a los medio-orientales se les “dificulta” la democracia. Necesitan ser “civilizados” por Occidente. Son casi genéticamente incapaces de regir sus destinos con decoro. Únicamente dirigidos por las potencias “ilustradas” podrán llegar a vivir “decentemente”.
La república afgana asesinada y el PSA son la evidencia de que este cuento colonial es mentira, porque le muestran al planeta que un pueblo puede POR SÍ MISMO cambiar, criticar y transformar sus tradiciones, llegar a luchar por la igualdad y el bienestar a través de medios democráticos y solidarios, sin “caudillismos” ni “dictaduras bananeras”. Por eso incluso la URSS se sentía incómoda con ese Afganistán: era la soberanía andando en Oriente Medio, algo que ninguna hegemonía capitalista autoritaria iba a tolerar. Dentro de esto, EE.UU. se queda tranquilo, porque para ellos cualquier estado fallido – caótico o totalitario-, cualquier lugar sumido en ruinas y miseria cuya población es lo de menos, es mejor que lo que alguna vez hubo en Afganistán.
Sería un pésimo ejemplo para los “subdesarrollados” salir de la narrativa democracia liberal vs. yihadismo misógino. Que se queden así las ideas de la gente, con lo que CNN decida que es la “realidad”.
Macario Schettino y Leo Zuckerman se quejan de que EE.UU. haya comandado la retirada de la OTAN. La preocupación de Schettino es que los norteamericanos han perdido respeto y confiabilidad de sus aliados. Hágame usted, estimad@ lector@, el cabrón favor. Tantas personas sufriendo, y las preocupaciones de estos tipos…
Lejos está EE.UU. de replegar la reconfiguración de su hegemonía, y de vernos como otra cosa que su patio trasero. Hace un par de días, se expresó otra “brillante” preocupación, ahora de ese sujeto lamentable llamado Carlos Loret de Mola: con la atención puesta en la retirada, Biden no podrá “vigilar” el autoritarismo de AMLO y su “persecución” hacia los órganos electorales autónomos. Loret trata de imponer una idea ya no colonizada, sino lo que le sigue… idea según la cual necesitamos la supervisión yanqui. Pero que no se preocupe. Lorenzo Córdova presumió en redes su encuentro con altos mandos de la National Edowment for Democracy – entidad vinculada al Capitolio-, todo en el contexto de la reforma electoral que el Ejecutivo va a buscar en las Cámaras, y que lleva el propósito de limpiar al INE y al TEPJF de sus genes fascistas oligárquicos. Sí. Ninguna distracción. Esos asesinos de soberanías medio-orientales y de otras no van a dejar de meter las manos en nuestros procesos políticos, en NUESTRA soberanía. Y el neolimediatismo mexicano, como le dice el querido @bastianbila, se alinea con la sociopatía internacional legitimada.


