Las grandes fundaciones fueron creadas hace poco más de 100 años para proteger la fortuna de los magnates de la industria americana (1) contra la recaudación de impuestos, derivada de la creación de la Reserva Federal (2). Éstas encontraron en la figura legal —que protegía a las organizaciones de beneficencia de las instituciones religiosas— la manera de evadir el pago de impuestos y poder así conservar su riqueza. Limpiar su reputación con un halo de benevolencia es una de las máscaras que oculta el verdadero riesgo para la democracia, que explica la manera sistemática en la que estas familias han convertido esa brutal riqueza en un inmenso poder.
Para darnos una idea de las dimensiones en 2011 la filantropía privada de EE.UU contribuyó con 39,000 MUSD en donativos internacionales, comparados con 43,000 MUSD que prestó el Banco Mundial a países en desarrollo (3). Adicionalmente las Agencias Estatales de Desarrollo —como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) y la Fundación Nacional para la Democracia (NED)— distribuyeron en ese año 31,000 MUSD alrededor del mundo. Es imposible imaginar la cantidad de personas que se sostienen económicamente del dinero que canalizan estas organizaciones a nuestro país, por ello defienden a capa y espada la supuesta bondad, pertinencia, objetividad y relevancia de sus proyectos.
El filantrocapitalismo opera como la iglesia católica cuando acompañó a las naciones europeas en la etapa del mercantilismo colonial mediante la evangelización, las obras de caridad y la simonía.
La evangelización
La evangelización que se encargaba de llevar su ideología alrededor del mundo mediante la prédica y la educación, ahora opera mediante el fondeo de universidades de élite, organizaciones de la sociedad civil y tanques de pensamiento (Think Tanks) en las cuales el control financiero impone la ideología que favorece sus intereses. La noción del libre mercado y de sociedades abiertas; la debilitación del estado a través del pensamiento liberal; la agenda de derechos humanos y la libertad de expresión se han impuesto globalmente con un discurso único de vanguardia intelectual desde estas plataformas académicas.
Las obras de caridad
Las obras de caridad que se encargan de admitir y cuidar a los viajeros, peregrinos, pobres y enfermos, hoy se presentan como ONGs dedicadas a la atención a víctimas, educación, alimentación y salud. Brindan un asistencialismo que genera dependencia, sobre todo cuando quienes controlan los servicios son las mismas élites que se benefician de la desigualdad. En el reciente texto de David Soler Crespo publicado en la Revista de la UNAM (4) podemos contrastar las inversiones que hace China en África contra aquellas de Occidente; los montos y las tasas de China duplican a las del Banco Mundial, pero parece haber una complementariedad. Los sectores preferidos de inversión del gigante asiático son transporte, energía y minas, mientras que Occidente, con esa fachada de asistencialismo, invierte en salud, alimentación, y educación. Ahora sabemos que los préstamos no son para construir capacidades propias, sino para pagar por las vacunas, semillas modificadas genéticamente, fórmulas sucedáneas de leche materna y plataformas educativas que se imponen para incrementar la dependencia y el endeudamiento. Esto lo hemos vivido en México en distintas ocasiones, por ejemplo con el desmantelamiento de BIRMEX (5); con el tráfico y uso ilegal de transgénicos (6); con la campaña de Nestlé, en alianza con Farmacias YZA, al invitar a las personas a realizar aportaciones monetarias para donar latas de leche de fórmula a bebés y niños en comunidades vulnerables de Veracruz y el Sureste de México en plena pandemia de Covid-19 (7); y en los gastos millonarios asociados a la Enciclomedia (8).
La simonía
La simonía —es la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales que incluyen los cargos eclesiásticos, los sacramentos, las reliquias, las promesas de oración, la gracia, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión, las anulaciones matrimoniales, etc.— opera de manera muy similar al fenómeno del fanatismo progresista, aquél que se apropia de movimientos sociales —como el feminismo, el ecologismo, el indigenismo, entre otros— estableciendo un discurso de vanguardia intelectual, en el que ciertos grupos de la sociedad desenfranquiciados se adhieren sin pensamiento crítico construyendo una oposición escandalosa, pero controlada, sin que trastoque las estructuras de poder. Es innegable el uso de las redes sociales para estos fines, en donde el control del algoritmo lo tienen quienes más dinero invierten en ellas. Sin embargo, la contribución que se le pide a los “fieles” no es monetaria, sino con el uso de la red social de su preferencia. La huella digital es el precio que pagamos por nuestra identidad y sentido de pertenencia, dejándonos vulnerables al algoritmo para cualquier campaña de noticias falsas, guerra judicial o incluso una revolución de color, según lo amerite el caso.
A partir de lo anterior, surgen varias preguntas que es necesario plantearse para fines de transparencia en toda sociedad que se precie de democrática como, por ejemplo, ¿cuáles son las rutas del dinero de las grandes fundaciones en México?; ¿cuántos recursos canalizan por medio de fideicomisos ligados a centros públicos de investigación o universidades públicas?; ¿cómo se comparan con lo que destinan a instituciones académicas privadas?; ¿qué proyectos, estudios, documentales, series televisivas, noticias y premios periodísticos fondean para incidir en la opinión pública y darle forma?; ¿cómo se presentan sus resultados ante los medios de comunicación (tanto los que ellas mismas financian como los que aparentemente no reciben sus apoyos)?; ¿son auditables los resultados y consistentes con los objetivos declarados de los mismos?; ¿los propósitos de las grandes fundaciones, de los enormes fondos de inversión y las Agencias Estatales de Desarrollo son complementarios o antagónicos?; ¿compiten o colaboran por los elementos geopolíticos que están en juego?; ¿imponen a personeros de sus intereses en las candidaturas a cargos públicos o solamente financian campañas políticas de manera selectiva?
Respondiendo a estas preguntas podremos contar con una taxonomía de cómo el dinero de las fundaciones se traduce en el poder económico, político y mediático que influyen en las políticas públicas en México. Un ejemplo que ilustra lo anterior en nuestro país, es el caso reportado por el NYT en su artículo El TLCAN y su papel en la obesidad en México, 11/12/2017 donde concluyen que: “De manera retorcida, el fideicomiso que maneja el dinero de la Fundación Bill y Melinda Gates, una de las mayores organizaciones filantrópicas dedicadas a la salud pública, es el principal inversionista externo de Coca-Cola FEMSA que es la mayor embotelladora de Coca-Cola fuera de Estados Unidos. Los críticos dicen que esa inversión —con un valor aproximado de 470 millones de dólares— contradice a la declaración de la misión de la fundación, que es “ayudar a que todas las personas tengan vidas saludables y productivas”.
Abrimos este espacio para invitar a quienes deseen colaborar para entender cómo intervienen e influyen en su ámbito de competencia las fundaciones globales y las ONGs con presencia nacional. Proponemos utilizar el marco de referencia de Joan Roelofs en Foundations and Public Policy, The mask of pluralism. 2003 e identificar la ruta del dinero desde las fundaciones originales, las ONGs nacionales (9) o internacionales por las que se canalizan las instituciones públicas o privadas involucradas y los efectos percibidos ya sean cuantitativos o cualitativos de estos flujos monetarios, para compararlos con las intenciones declaradas de la fundación de origen.
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