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El scout que sobrevivió al pedófilo narcisista

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Óscar Balderas / @oscarbalmen

 

La historia de Ernesto es la misma de 232 niños mexicanos todos los días: cada hora, 9 menores nacionales debutan en un negocio en el que México ya desplazó a otras potencias para ubicarse en el primer lugar mundial. Una medalla vergonzosa, para ocultar la cara y pedir perdón “al futuro de México”. Se trata de los sitios web de pornografía infantil, un tema que desde esta semana está en poder de Enrique Peña Nieto.

 

(17 de septiembre, 2013).- -Pones el lado derecho sobre la izquierda y luego al revés. Es fácil, acuérdate: izquierda sobre derecha, derecha sobre izquierda y aprietas el nudo. Listo, ¿ves? Se llama ‘nudo de rizo’ y es muy bueno. Ya no te vas a poder escapar.

Cuando Ernesto escuchó de aquel hombre esas palabras, sonrío. Intentó mover los tobillos, amarrados a sus muñecas, y cuando se cansó de agitarse boca abajo sobre la alfombra, se sintió satisfecho. Efectivamente, el “nudo de rizo” era bueno y la cuerda estaba tan excelentemente atada que no podía deshacer aquellos nudos que lo tenían “amarrado como pollo”, según me lo contó.

– Sí es cierto, es un buen nudo- dijo Ernesto, complacido por la lección. El hombre lo miró, devolvió la sonrisa, encendió un cigarro y se dejó caer en un sillón. – Te dije que no ibas a zafarte. Perdiste la apuesta, ¿qué gané yo? -, respondió, ligeramente distanciado de su alumno.

– No, pues, lo que quieras, pero ya desátame, que ya me dolieron las manos- contestó Ernesto.

– Hasta que me digas qué gané.

– Ahorita te digo, desátame, porque ya se me duermen las manos.

Ernesto no lo había dicho, pero poco a poco estar boca abajo lo asfixiaba. Su propia respiración contra el suelo de aquel departamento en la delegación Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, le impedía respirar bien. Por eso, cuando sintió las manos de ese hombre suspiró aliviado. La lección iba a terminar.

En cambio, sintió que le desataban lentamente las agujetas de los tenis. – ¿Ves? Si no usas el nudo que te enseñé, es muy fácil que cualquiera lo deshaga– dijo ese hombre, sin dejar caer de su boca el cigarro que se consumía con el aire. Y lo que percibió fue algo que nunca antes le había aterrado: ese aire que refresca los pies de quien se descalza en casa, a salvo de todo.

– ¿Qué haces? – preguntó Ernesto, con el corazón amartillando desde su pecho el suelo alfombrado, mientras lo descalzaban.

Ya no obtuvo respuesta. Ese hombre le quitó también los calcetines, caminó hacia una de las dos recámaras de ese apartamento y con unas tijeras cortó la playera, luego le bajó los pantalones hasta dejarlo en boxers y escarbó con sus manos su piel debajo de la ropa interior.

Ernesto suplicó que no siguiera, que esa no era la apuesta y que pagaría con lo que tuviera en la mochila. En cambio, ese hombre caminó de nuevo a su recámara y volvió con una cámara fotográfica.

– ¿Ves? Así se pagan las apuestas– dijo, mientras enfocaba con el lente.– Sonríe, güey.

Ernesto, de 13 años, pasaría dos horas más con ese hombre, un profesor de la carrera Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) quien, ante la falta de sonrisa de su capturado, tomó un calcetín, se lo metió en la boca y lo amordazó.

***

Conocí a Ernesto en una página “antiboylover”, ese movimiento internacional que busca combatir la agenda política de los pedófilos que piden legalizar las relaciones sexuales entre niños y adultos. En ese sitio web mexicano él es uno de los miembros más activos: dedica casi tres horas diarias de su vida a compartir noticias sobre pedofilia, explotación sexual y depredadores cibernéticos.

Cuando no está en la computadora lo encuentras en una cafetería en la delegación Cuauhtémoc, donde trabaja con la paranoia de que algunos clientes le miran el rostro, buscan en su archivo mental y encuentran la coincidencia entre esos ojos café oscuro y los de ese niño amordazado, asustado, que miraba sin poder gritar a ese hombre que lo fotografíaba en poses eróticas.

-A veces siento que saben quién soy. Sobre todo los señores. Se me quedan viendo y digo ‘ha de ser un pinche pedófilo y ya descubrió que yo soy el de las fotos. Vale madres’ – dice Ernesto.

La plática sucede después de tres días de pedirle, diario, una entrevista. Sólo 15 minutos para platicar de su pasado. Su activismo “antiboylover” lo orilla a decir que sí, pero antes me ha advertido: no fotografías de su rostro ni espalda, nada de nombres, ubicaciones exactas, ni siquiera la descripción de sus rasgos faciales o medidas del cuerpo. Lo único que me permite escribir de él es que ahora tiene 18 años, meserea, tiene ojos café y puedo contar su historia, que los pedófilos mexicanos conocen bien.

– Está cabrona la red, muy cabrona. Hay pedófilos en todos lados.  Te cuento esto no por mí, ya voy avanzado en mi terapia y me siento bien, pero hay  muchos niños como yo que pueden caer. Es muy fácil, muy fácil. Y luego vives con esto toda la vida, no se quita, especialmente si te pasa lo que a mí.

– ¿Por qué “especialmente”?– pregunto.

– Porque mi depredador era diferente. Le excitaban los niños, pero le excitaba más compartir con todos las fotografías de sus víctimas para que vieran que era un pedófilo cabrón. Un monstruo narcisista, un hijo de la chingada muy enfermo– dice Ernesto y le tiemblan las manos.

“Un monstruo narcisista”. Sí. Así era “Bennymax”.

***

“Bennymax” es la identidad falsa en la web de Joaquín, un niño que dependiendo de las páginas donde se inscribía tiene 12, 13 o 14 años. Eso siempre varía. Lo que se mantiene constante es que tiene un corte de peinado “de honguito”, piel blanca, ojos oscuros, una sonrisa que sólo enseña la hilera superior de los dientes. Su físico no parece de mexicano, así que en cada fotografía aparece una pequeña bandera nacional sobrepuesta en el súeter.

bennymax

En realidad, es la foto que usaba Joaquín Benjamín Acosta Rodríguez, catedrático de 48 años, quien de día era profesor especializado en tecnologías de la información y de noche se hacía pasar por un niño interesado en aprender nudos para conseguir insignias en su grupo scout.

En la versión “Bennymax” de la red social Myspace, el niño falso se describía como “13 años, super buenaonda, tranquilo, soy scout, disfruto los juegos de amarra con mis amigos conosido como bondage e ir al cine y pasarla bien” (sic); detrás de cada falta de ortografía y mala puntuación, está la mente del pedófilo Joaquín Benjamín Acosta, quien deliberadamente trataba de dar una impresión infantil e inmadura.

El modus operandi era el mismo: contactaba a chicos por Facebook, principalmente scouts, a quienes pedía ayuda para ganar más insignias en su grupo. Conversaban, se ganaba su confianza y luego los invitaba a su casa. Cuando los chicos veían a un adulto, Joaquín Benjamín Acosta les decía que era el papá de “Bennymax” y que no tardaría en llegar el niño.

Lo hacía platicar, conversaban y cuando ellos le contaban por qué estaban ahí, él se erigía como un experto en nudos. Nudo barrilito, en ocho, corredizo, llano, de horca, todos. Pero se decía especialista en el nudo de rizo, al que consideraba el infalible. Y para probarlo, amarraba al amigo de su “hijo” y les ponía como reto desatarse en poco tiempo.

Por eso, Ernesto se encontraba ahí. Amarrado, había caído en la trampa, supo que ese hombre no era papá de nadie y que, sin necesidad de pelear, se había entregado a su captor. Mientras lo pensaba, le tomaban fotografías en decenas de poses, todas sugerentes, abiertamente sexuales.

Cuando terminó de retratarlo, Joaquín Benjamín Acosta lo desató, le entregó la ropa y le dijo que en las fotografías era claro que Ernesto estaba posando para él. Incluso, tomó la cámara y le enseñó algunas de las imágenes: el joven de 13 años sonríe, pero forzadamente. Apenas una mueca.

– Si dices que yo te obligué, voy a mostrar esto a todo el mundo y van a saber que eres un puto. No te van a creer, yo soy profesor y tu eres un joto– le dijo el pedófilo y lo sacó de su casa en Coyoacán.

Horas más tarde, sin que Ernesto hiciera algo y mientras se sacudía el abuso sexual en su recámara, Joaquín Benjamín Acosta prendió la computadora, descargó las imágenes y las adjuntó en un correo electrónico. Las envío a cinco amigos suyos, pedófilos todos, para presumir su nueva caza.

El título del mail decía “¿Qué tal este chavo?” y la descripción de su proeza. En horas, las imágenes inundaron las páginas web de pornografía infantil en México y el mundo, donde “Bennymax” era un héroe.

Y en su casa, sonrío al leer todos esos comentarios que inundaban su ego de pedófilo admirado.

***

A México, los pedófilos del mundo le llaman “la Bangkok latinoamericana” por ser un paraíso de la pornografía infantil, equiparable con el edén de prostitución infantil que es Tailandia. Las últimas cifras lo comprueban: la fiscal especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas en México, Nelly Montealegre, informó este año que hay 12 mil 300 sitios de internet nacionales desde donde se difunden fotografías o videos de niñas y niños en situaciones sexuales, desde poses hasta violaciones reales.

– Esta cifra nos pone ya en el primer lugar mundial de emisión de este tipo de material- ha dicho Montealegre con el rostro fruncido.

En 2007, México apenas ocupaba el tercer escaño, pero subió con prontitud a la penosa medalla de primer lugar: en 2010 se detectaron 580 cuentas; para 2011, crecieron a 3 mil; en 2012, 7 mil cuentas y, en lo que va de 2013, van 12 mil 300.

El 60 por ciento tiene un interés lucrativo, es decir, se accede mediante tarjetas de crédito; el 40 por ciento restante son comunidades que intercambian las fotografías de manera gratuita, como un perverso trueque en el que cada persona describe su “mercancía” y establece una tarifa a cambio: un niño o niña de ciertas características, tantas fotografías o tantos videos de determinados minutos de duración.

Para frenar este fenómeno, la bancada del conservador Partido Acción Nacional (PAN) presentó esta semana un punto de acuerdo para exhortar a Enrique Peña Nieto a redactar un decreto que criminalice las páginas con contenido para pedófilos.

Sí: hay un vacío legal que aún no prohíbe expresamente las páginas de pornografía infantil en México.

Y el tamaño de ese hoyo es de 85 mil niños mexicanos afectados cada año. Niños como Ernesto.

***

El narcisismo de Joaquín Benjamín Acosta fue su perdición. El resorte con el que lanzó las fotografías de Ernesto al mundo fue seguido durante cinco meses por la Policía Cibernética de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal hasta que dieron con él.

En enero de 2011, la policía mostró a los capitalinos el verdadero rostro de “Bennymax” y el de otras cuatro personas –tres estudiantes universitarios y un taxista– que conformaban una red de producción, intercambio y almacenamiento de pornografía infantil.

benjaminacosta

Los atraparon después de intervenir sus correos electrónicos y la página flodeo.com/pp22059, que fue desactivada por aquellos días. Fue una operación sigilosa, paciente, en la que recabaron tantas conversaciones, fotografías y videos que no había duda de su culpabilidad. Una tarde, cuando todos estaban seguros que contaban con un expediente sólido, cazaron a los depredadores simultáneamente.

Ninguno hizo declaraciones ante la prensa, que los retrato con el rostro desesperado, el mismo gesto que tenía Ernesto cuando ese hombre le tomaba fotografías. E, irónicamente, esposados, como muchas víctimas fueron abusadas sexualmente en el departamento del profesor.

-Hace como un año fui a Estados Unidos. Mis familiares me quisieron relajar, un viaje de vacaciones, algo para distraerme. Te juro que cada vez que alguien me veía fijamente yo pensaba ‘ese sabe que yo soy el de las fotos’– dice Ernesto, para explicarme por qué baja la mirada cada vez que alguien lo observa por más de cinco segundos.

Ahora Joaquín Benjamín Acosta duerme en un reclusorio de la Ciudad de México y aún espera la conclusión de los siete juicios que enfrenta por abusar sexualmente de varios menores, quienes lo han identificado plenamente.

Y Ernesto trata de seguir con su vida.

-Uno hace las cosas lo mejor que puede. Lo más normal, ¿no? Digo, trabajo, hago ejercicio, ya no voy a los scouts, pero  procuro hacer algo para estar activo. Y pues, voy a terapia, aún no me repongo, pero me ayuda mucho entrar a los foros. Cuento mi experiencia y alerto a los papás– dice.

– ¿Qué te queda de aquella tarde?

– Que está cabrón. Cualquiera puede agarrar a un morrito. A mi no me violó, sólo me desnudó y me tomó fotos, pero estuve bien cerca. Neta, otro enfermo sí me violaba. Es muy fácil, da miedo, me da mucho miedo y por eso trato de dar información.

Ernesto se levanta. Le agradezco y me da la mano. Le pido una fotografía y me dice que no. Ofrezco apuntar a sus pies, una especie de imagen anónima, y después de mucho vacilar acepta. Enfoco, hago clic y me imagino que, hace cinco años, alguien estaba haciendo lo mismo que yo en otras circunstancias para Ernesto.

Me da la mano por segunda ocasión. Sudan. Se despide y antes de perderse, inesperadamente me dice algo.

– Otra cosa me queda: quitarme los zapatos me asusta. Siento que mi manos se vuelven las suyas y me empieza a desnudar… son chingaderas, ¿no?

Al ritmo de 85 mil niñas y niños mexicanos que anualmente llegan a las páginas de pornografía infantil, sólo este día, en el que conocí a Ernesto, 232 menores también tendrán miedo.

– Son chingaderas.

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