Valentina Pérez Botero / @vpbotero3_0
Fotos: Gustavo Aguado / @Gustavo3_0
Edición: Emmanuel Boylan / @nano3_0
Ilustración: Carlos Manuel Valdez Coronel / @franky_machine
(08 de octubre, 2013).- Así es: los labios se tensan en las comisuras para que la boca, en forma de O, produzca la tesitura del corrido norteño. Jorge calibra el sonido con la ayuda de su sombrero. La voz sale, rebota y llega de regreso a los oídos para que los 50 años de experiencia dictaminen ¿suficientemente alto?, ¿afinado?, ¿con el sentimiento adecuado? Las preguntas no cesan. Mantenerse entre las bandas más apreciadas de México, Latinoamérica, el sur de Estados Unidos, cuesta ese tiempo de reinvención que traen las preguntas.
“Ellos son historia viva del México moderno: lo mejor y lo peor que ese país grande y extraordinario tiene en las venas y en el corazón. Sus canciones son música, desafío, denuncia, acta notarial y cultura popular, al mismo tiempo”, escribió el periodista español Arturo Pérez-Reverte en una de sus columnas sobre los Tigres del Norte. Jorge es ellos, esos cinco que conforman un grupo familiar que desde que tenían 14 años y un padre moribundo salieron a ganarse la vida cantando historias.
Han pasado 140 discos de oro, uno de platino, 700 canciones y el reconocimiento de los premios Billboard como “El grupo regional mexicano más influyente” y Jorge, sus tres hermanos –Luis, Hernán, Eduardo- y su primo Óscar siguen sin descansar. Sus canciones hablan de migrantes, de historias personales, lo que mejor conocen: un peregrinar incesante entre su casa en San José, California, y hoteles de una noche entre los auditorios donde miles de personas los corean.
“Nuestra vida es esto”, dijo Hernán mientras íbamos en una camioneta hacia un estudio de grabación, “el camino”. Ni viajes ni monumentos, los Tigres conocen los países, los pueblos a través de sus calles, de su público y su comida. No hay tiempo para más. “La gente se está muriendo y ellos, en el camino; la gente está naciendo y ellos, en el camino… los matrimonios tienen que ser lunes o martes porque ellos no pueden otros días”, me dijo un familiar mientras mirábamos, durante 10 horas, cómo grababan un promocional, y repetía con dulzura: “es mucho sacrificio”.
Ella se refería al sacrificio de ser los Tigres del Norte, tanto de llegar a serlo como de continuar siéndolo. Luis, el menor de los hermanos, se encarga del vestuario y las redes sociales del grupo. Me extiende la mano y no entiendo. Insiste, quiere que le mire los dedos, toca el bajo sexto y los 150 conciertos al año le han dejado rastro: callos gruesos que distorsionan las huellas dactilares.
Jorge, como el mayor de los hermanos, apadrinó su crecimiento, propició la banda y cumplió la promesa que le hizo al padre: mantener a la familia. Y de gira en gira lo ha logrado.
“A mis hermanos ya no les queda la ropa”, me dijo Luis, cada vez que salen en un recorrido o engordan –a las cuatro de la mañana cuando terminan los conciertos sólo hay comida rápida- o adelgazan de 5 a 6 kilos por la falta de descanso. “Estamos acostumbrados a dormir tres horas”, asegura.
Jorge quería que Luis estudiara. “Iba a ser médico”, pero sin darse cuenta, con el día a día de la música en la familia, le pasó lo que a todo Hernández: se naturalizó con los instrumentos; cuando llegó la hora de un nuevo integrante, en 1996, Luis ya estaba listo. Sacrificó ser el primero de la familia en graduarse para acompañar a los Tigres en el reconocimiento de su primer disco de platino con Jefe de Jefes. Mucho sacrificio, grato.
Han pasado casi 12 horas desde que los Tigres se vistieron para estar encima del escenario, traen botines con brillantes –al afilarse en la punta, tallan-, y aún sonríen mientras hablan de su eterna mujer, de la primera, la que les dio un éxito, Camelia, Camelia la Tejana en la canción “Contrabando y Traición”; de la familia. Hernán tiene dos hijos que también son músicos. Es una herencia imposible de parar.
Aunque originarios de Sinaloa, su oportunidad se la dieron en California. La misma ruta que miles de mexicanos persiguen en busca de un sueño, para transportar droga o en busca de un familiar. Son migrantes, ellos lo son, lo entienden y lo cantan. Conocen la naturaleza de la frontera, le hablan a los paisanos sobre ese deseo legítimo, sobre la realidad del narcotráfico y su cotidianeidad. Y hablar de ello les ha valido la censura de sus canciones.
Por convertirse en voceros de la causa migrante en Estados Unidos, en septiembre de 2013 recibieron el Legend Award del Hispanic Heritage en Washington; el mismo lugar donde esta semana darán un concierto gratuito para apoyar una reforma migratoria que permita la naturalización de inmigrantes indocumentados.
Pese a tanto recorrido a cuestas, Jorge responde con una humildad desafiante para alguien que ha cantado, en palabra de Pérez-Reverte, la historia de México. “Nosotros sólo sintetizamos lo que ustedes los medios nos dan”. La respuesta ahora no rebota en el sombrero de Jorge, ahora es Jorge Hernández y ha terminado una comida rápida de 40 minutos antes de regresar a trabajar, de subirse al escenario con el sombrero, el acordeón y su familia, siempre.
Vídeo: Charco Industrias Creativas http://www.charco.com.mx/
























