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Hospicio Cabañas: el refugio de José Clemente Orozco

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(16 de octubre, 2013).- El obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas llegó al México colonial con la intención de limpiar al nuevo mundo. Su mandato se convirtió en deber cuando su ímpetu reformador logró la construcción de un complejo de iglesia-convento-escuela que a casi dos siglos de haber sido construido, y 30 de ser el Instituto Cultural Cabañas, resguarda la “confusión de dos mundos”, el nacionalismo con la obra magna del muralista José Clemente Orozco, y el México contemporáneo.

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En 1980, por decreto gubernamental, el hospicio -que había albergado en sus tiempos más difíciles hasta 800 huérfanos- abandonó su vocación servicial para resguardar la obra de José Clemente Orozco y abrir sus 23 patios y múltiples edificios, al arte. Tres años después -1983-, ahora tres décadas, abrió sus puertas al público.

A Orozco no lo quiso ni la milicia -por su falta de mano- ni el gobierno -por su sagacidad en las críticas como caricaturista-. México lo recuperó a mediados de 1930 y lo atrajo a la capital de su estado natal. Durante dos años, el artista sintetizó la historia de México, del hospicio, e interpretó la cadenas del hombre:  los huérfanos, la destrucción, las guerras, la revolución; la humanidad debe aspirar a evolucionar a través del arte.

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La obra la culmina un hombre de fuego que, además de ser el cuarto elemento natural -viento, agua, tierra-, retrata la obsesión del muralista: el fuego que le arrancó su extremidad, que tiene el poder de crear y destruir. Ese mismo hombre que el espectador ve girar y cobrar vida en 360 grados: ese valor que le valió el reconocimiento por parte de la UNESCO como Patrimonio Mundial.

La obra de Orozco siempre está custodiada por dos guardianes. Uno constante, que consiste en el acervo del Instituto y otro itinerante, que se nutre de diversos artistas. El segundo está actualmente ocupado por la artista contemporánea mexicana Betsabeé Romero.

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