En Tláhuac, al suroriente de la Ciudad de México, la transformación encontró un rostro joven, cercano y profundamente humano en la figura de Berenice Hernández Calderón. Madre de dos niñas, vecina de la alcaldía que gobierna, heredera de una tradición chinampera y campesina, y forjada políticamente en el movimiento que apostó por cambiar al país desde abajo, la alcaldesa de Tláhuac encarna una mezcla poco habitual en la política: convicción ideológica, cercanía con la gente y una fe inamovible en la educación como camino hacia la paz y el bienestar.
“Todos los días me gusta soñar en que las cosas pueden ser mejor y aportar mi granito de arena en cuanto hace a recuperar los valores que transforman la realidad de nuestra comunidad”, afirma en entrevista para Revolución 3.0.
La historia de Berenice no empieza en un escritorio público; empieza en las calles de Tláhuac, tocando puertas, formando comités y escuchando historias que la marcaron.
La educación como raíz de la paz y el bienestar
De todas las políticas públicas que impulsa, ninguna apasiona tanto a Berenice Hernández como Escuelas para la Vida, una muestra de su humanismo. En esas aulas sin muros tradicionales —algunas en casas de cultura, otras en parques, otras en salones adaptados— niñas, niños y jóvenes practican danza aérea, música regional, mariachi, big band, box, futbol y decenas de especialidades más que combinan disciplina, creatividad y contención emocional.
Berenice lo explica con una lógica sencilla y conmovedora: “Un artista más, un deportista más, un estudiante más es un delincuente menos”.
Para ella, el arte y el deporte no son adornos culturales, sino estrategias de seguridad: prevención desde la sensibilidad, disciplina desde el disfrute y comunidad desde el talento. A esto se suma un proyecto único en el país: las Escuelas de Oficios para la Vida, donde Tláhuac se convirtió en la primera institución pública certificada por la SEP para avalar oficios. Más de 18 áreas de formación, tres mil mujeres y jóvenes con constancias profesionales y cientos de historias de independencia económica.
Hay mujeres que hoy sostienen hogares con un pequeño negocio de masajes; jóvenes que abrieron una heladería o una panadería; egresadas de enfermería que trabajan con profesionalismo técnico en el cuidado de adultos mayores.
La alcaldesa sonríe cuando habla de ellas. Cada historia es la validación íntima de que su gobierno sirve para algo más que administrar: sirve para transformar vidas.
“Por medio de Escuelas para la Vida queremos que las niñas y los niños tengan herramientas para transformar su futuro. Siempre hemos dicho que sembramos paz para el futuro y nuestras niñas y niños sabemos que van a ser mejores jóvenes, ciudadanos y adultos”, dice tajante.
Y agrega: “Queremos que sea por medio de la independencia económica y financiera que las mujeres fortalezcan también su seguridad, su autoestima y sus emociones”.
Gobernar desde el territorio
Nada de esto sería posible sin una reconstrucción profunda del vínculo entre el gobierno y el pueblo. “Somos un gobierno de territorio y no de escritorio”, dice Berenice Hernández enteramente convencida.
Desde entonces, caminar es su forma de gobernar.
A través de los conversatorios Conversemos Tláhuac, la alcaldesa escucha directamente a vecinos en parques, mercados y plazas. La pregunta no es retórica: ¿qué necesita su comunidad? Y la respuesta siempre viene del territorio.
Ahí surgió un actor fundamental: los Comités Vecinales, descritos por la alcaldesa como “nuestros ojos y oídos”. Ellos advierten sobre chelerías que operan ilegalmente, luminarias fundidas, fugas de agua, parques olvidados, puntos de riesgo y también sobre necesidades culturales o deportivas. Con su ayuda, la alcaldía atiende problemas específicos con rapidez y precisión.
“Estos comités han sido unos aliados extraordinarios porque son este monitor con el que identificamos, mano a mano, qué es exactamente lo que necesitamos llevar a la comunidad”, destaca.
La confianza reconstruida se tradujo en algo más grande: en cuanto los vecinos vieron los primeros tramos iluminados, comenzaron a pedir Senderos Seguros en sus propias calles. Y así, gracias a la suma de esfuerzos, Tláhuac logró iluminar siete colonias completas y avanzar hacia el 70% de iluminación total de la demarcación.
Ese trabajo comunitario —combinado con infraestructura y prevención— derivó en un logro que pocos imaginaban años atrás: según el Secretariado Ejecutivo Nacional, Tláhuac es hoy la cuarta alcaldía más segura de la Ciudad de México.
Formación política
La historia política de la alcaldesa no comenzó en una oficina, sino caminando calles, tocando puertas y organizando comités para un movimiento que aún no gobernaba el país. Fue entonces cuando escuchó por primera vez el concepto de “revolución de las conciencias”, una frase que le cambió la mirada sobre México.
“Es una revolución pacífica y única”, recuerda.
De esas historias nació su convicción: no fallarle al pueblo.
Por eso, aunque su vínculo con la Cuarta Transformación es evidente, no lo usa como bandera partidista, sino como un principio ético que guía su gestión: no mentir, no robar y no traicionar. Gobernar desde el corazón —dice— es también gobernar desde la conciencia.
“Que se sepa siempre que gobernamos con el corazón porque amamos Tláhuac y que, gracias al trabajo en equipo, la transformación es una realidad”, afirma.
El legado: sembrar paz para el futuro
Cuando piensa en el futuro, la alcaldesa visualiza un Tláhuac con identidad fortalecida, más verde, más conectado, con oportunidades reales para jóvenes y mujeres. Su mayor aspiración es dejar un legado de cultura para la paz, donde la felicidad sea un derecho cotidiano.
La transformación de Tláhuac no se entiende sin su gente. Pero tampoco se entiende sin la historia de una mujer que aprendió a gobernar escuchando, caminando y construyendo esperanza desde abajo.


