10 por ciento de las personas de 12 a 17 años presentaron malestar psicológico en los últimos 12 meses en México hasta 2025, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025. En respuesta a esta escalada en las cifras de ansiedad, depresión y conductas autolesivas en jóvenes, la Universidad Nacional Autonoma de México (UNAM) ha renovado sus protocolos de atención.
La urgencia de esta actualización radica en que 1.3 millones de adolescentes han experimentando ansiedad, estrés, insatisfacción o angustia. Este malestar no siempre llega a ser un trastorno mental diagnosticado, pero incluye sentimientos de tristeza, desesperanza, nerviosismo e incluso síntomas somáticos como insomnio o pérdida de energía.
De acuerdo a la información disponible, los adolescentes sufren más este malestar (10 por ciento) en comparación con los adultos de 18 a 65 años (7.8 por ciento). Además, la incidencia es significativamente mayor en mujeres adolescentes (13.2 por ciento) frente a los hombres de la misma edad (6.9 por ciento).
Este malestar afecta directamente la funcionalidad y el bienestar general, mermando la capacidad de los jóvenes para desarrollarse plenamente en sus entornos escolares y sociales.
Guía estructurada en 4 niveles para prevenir y reaccionar
Asimismo, cabe señalar que, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el suicidio es la segunda causa de muerte en jóvenes de entre 15 y 29 años. Factores como la precariedad económica, la violencia social y la presión académica han creado una tormenta perfecta.

En respuesta, la UNAM actualizó el Protocolo para la Identificación, Manejo y Seguimiento de Riesgo de Suicidio y Autolesión, instrumento que debe aplicarse en todas las escuelas, facultades e institutos y que establece cuatro niveles de riesgo de suicidio: leve, moderado, alto y muy alto.
La categorización permite a las facultades e institutos pasar de la prevención a la reacción inmediata de forma estructurada. El riesgo leve se manifiesta a través de sentimientos persistentes de tristeza e ideas poco frecuentes sobre la muerte. En esta etapa, el objetivo es brindar apoyo psicológico temprano para frenar el avance del malestar emocional antes de que escale.
El riesgo moderado se identifica cuando ha existido ideación suicida en los últimos seis meses, aunque sin planes concretos para llevarla a cabo. También incluye autolesiones de intensidad leve a media donde no existe una intención explícita de morir.
Respecto al riesgo alto, este presenta un cuadro crítico: estrés elevado, dolor emocional profundo y una desesperanza crónica durante el último mes. Aquí, la ideación suicida ya es estructurada (con plan) y pueden existir antecedentes de intentos de suicidio en el último año o autolesiones severas.
El riesgo muy alto se considera como una emergencia y es el nivel de máxima alerta. Se activa ante un intento de suicidio de alta letalidad reciente o la presencia de autolesiones realizadas con el fin específico de terminar con la vida.
Protocolo busca derribar el estigma
La normativa universitaria es tajante: la seguridad del estudiante trasciende las aulas. El protocolo establece que, ante la detección de cualquiera de estos riesgos, se debe activar una red de respuesta institucional que incluye:
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Aviso inmediato a los servicios de emergencia locales.
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Coordinación directa con autoridades de los tres niveles de gobierno (local, estatal y federal).
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Vinculación de emergencia con instituciones estratégicas como la Cruz Roja, Locatel y la Guardia Nacional.
Este despliegue busca que el manejo de la crisis sea integral, asegurando que el alumno reciba atención médica y de seguridad de manera simultánea al soporte emocional universitario.

A pesar de los avances en protocolos y estrategias, el mayor obstáculo sigue siendo el estigma. Muchos estudiantes temen que admitir pensamientos suicidas afecte su historial académico o les traiga rechazo social.
La ex directora de la Facultad de Psicología de la UNAM, María Elena Medina-Mora Icaza, ha señalado reiteradamente que es fundamental trabajar en la alfabetización y sensibilización de la población, con el fin de disminuir la alta estigmatización social que prevalece en contra de la enfermedad mental, las personas que tienen por vocación atenderla e incluso hacia las instituciones creadas para otorgar cuidados especializados.
“El señalamiento provoca que quienes empiezan a padecer algún trastorno se resistan a buscar asistencia. Esto no favorece que busquen ayuda, pues desde que empieza la enfermedad hasta que llega al tratamiento pueden pasar, dependiendo del padecimiento, de 14 a 35 años”
En este sentido, cabe destacar que parte de los principios básicos para la prestación de primeros auxilios en caso de autolesión o suicidio, el protocolo universitario especifica que, sin emitir juicios de valor, “se buscará que la persona afectada verbalice las preocupaciones y conflictos que la han llevado a la situación de intento de autolesión o suicidio, siendo empático”.
Así, el nuevo protocolo intenta romper este muro al tratar la salud mental con la misma urgencia y naturalidad que una fractura física. La meta es clara: que ningún estudiante sienta que su única salida es el silencio.


