Por: Ricardo Bernal / @RHashtag
Joel lleva unos pantalones de mezclilla sucios; una playera verde, polvosa y vieja, tan polvosa que a ratos colinda con el gris; una gorra roja en la que aún se pueden vislumbrar las huellas de un logotipo político; un pequeño morral y los pies descalzos, también sucios, llenos de lodo. Sus pies: menos carne humana que barro andante.
Uno a uno, reparte a los usuarios del metro pequeños papeles rosas con letras negras, todas mayúsculas:
“A TODO EL PUEBLO MEXICANO
LES DECIMOS COMO INDÍGENAS QUE EN LA SIERRA NORTE DE PUEBLA EN VERDAD VIVIMOS EN UNA VERDADERA POBREZA. NO QUEREMOS MOLESTARLOS CON NUESTRA PRESENCIA EN LA CIUDAD. NO HABLAMOS EL CASTELLANO COMO USTEDES. NO TENEMOS ESTUDIOS, PERO TENEMOS EL DERECHO COMO CADA MEXICANO DE VIVIR Y NO SER DISCRIMINADO…
La mayoría de los pasajeros no miran su rostro, Joel tampoco busca el suyo. Se limita a colocar, apresurado, los pequeños papeles en las rodillas de la gente. Una vez que ha logrado hacerlos acuatizar en ese mar de piernas inmóviles, regresa al punto de origen y comienza de nuevo el recorrido. Se detiene unos segundos en cada asiento para recoger el mensaje rosáceo que, las más de las veces, no se ha movido ni un milímetro de su lugar. De cuando en cuando recibe una moneda, la guarda y continúa. Sin chistar, sin sonreír, sin decir palabra, camina por todo el vagón repitiendo la misma operación.
GRACIAS AL CAMPO COMEN TODOS LOS CAPITALINOS, PERO NOSTROS NO…
“No hemos terminado, seguiremos en los hechos apoyando a los habitantes de Las Margaritas, de Chiapas y de todo nuestro México. ¡Compatriotas Tojolabales! en los hechos seguirán teniendo el apoyo ¡de su amigo! el Presidente de la República”. Disfrazado de Tojolabal, Carlos Salinas de Gortari se pavonea ante grupos indígenas a principios de la década de los noventa. En 1991 aprovecha la mayoría en el Congreso de la Unión y modifica el Artículo 27 constitucional, permitiendo así la venta de terrenos ejidales. Es el principio del fin del campo nacional. Al año siguiente firma el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entrará en vigor el primero de enero de 1994.
Desde ese momento la situación de los campesinos mexicanos ha empeorado sistemáticamente. Hambre, miseria, deserción, abandono y exilio se respiran en las milpas donde antaño refulgía el aroma del maíz.
La apuesta del TLC consistía en abrir los mercados a nuestros vecinos del norte para incrementar los flujos económicos. Según la receta neoliberal dictada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la liberalización atraería inversión extranjera, generaría empleos y permitiría el crecimiento de nuestras exportaciones. Nada podía fallar, dóciles y amables las puertas del primer mundo se nos abrían de par en par.
En los hechos las cosas fueron distintas. La inversión extranjera directa se cuadruplicó y diversificó, pero el conjunto de la economía nacional no creció como se esperaba. Según el propio FMI los beneficios económicos del tratado duraron muy poco y las terribles secuelas continúan aquejando al país. Al permitir la inversión extranjera de forma indiscriminada, sectores estratégicos como el campo quedaron absolutamente desprotegidos. Además, dado que nuestros campesinos no poseen las condiciones para competir con el agro norteamericano -que, paradójicamente, es subvencionado por el Estado- se ven obligados a abaratar los precios de sus productos. El maíz y el frijol representan los casos más alarmantes de este suceso pues en los primeros 10 años del tratado disminuyeron su precio casi 50 por ciento.
En 2008 el Banco Mundial dio cuenta del deplorable resultado del TLCAN: “Se puede decir que durante el último decenio el sector agrícola fue objeto de una de las reformas estructurales más drásticas, como la liberalización completa impulsada por el TLC. La eliminación de controles de precios y la reforma constitucional sobre la tenencia de la tierra, pero los resultados han sido decepcionantes”.
Las consecuencias de lo que los expertos han llamado una “liberalización irresponsable” fueron absolutamente desiguales para los países involucrados. Las industrias extranjeras ingresaron a México gracias a la promesa de mano de obra barata; sin embargo, las exportaciones nacionales no crecieron ni un ápice y el campo, sobre todo en las regiones del Centro y el Sur, ha sufrido el peor abandono del que se tenga memoria.
Una palabra puebla los terrenos vacíos, antes refulgentes de frijol y de maíz: migración. Desde 1994 miles de campesinos han tenido que emigrar a la ciudad o a los Estados Unidos para alimentar a sus familias. Paradoja de paradojas, mientras el campo se desploma, las remesas aumentan exponencialmente; mientras la milpa y el ejido son abandonados, la ciudad se va poblando, lentamente con campesinos indígenas. Las estaciones del metro, con su gentío indiferente y su infatigable movimiento, son su hospedaje transitorio. Los puestos lamineros que las circundan sus nuevos comedores. Los vendedores ambulantes sus rivales naturales.
ESTE PANFLETO NOS LO ESCRIBIERON PORQUE NOSOTROS NO SABEMOS ESCRIBIR…
Al igual que las entradas y los andenes del metro, los restaurantes y las calles de la Condesa, la Roma, Coyoacán y Polanco, se han vuelto el lugar de trabajo para miles de campesinos indígenas. Músicos callejeros, vendedores ambulantes, niños de la calle, organilleros y ex adictos compiten con ellos día a día para ganarse unos cuantos pesos. Su estancia en ese mundo los ha hecho perfeccionar ciertas habilidades, perfilar algunas conductas y aprender tres o cuatro trucos. La lástima, la insistencia exasperante, el verbo carismático y las miradas sumisas son las armas de las que se valen para enfrentar la batalla diaria que pone en juego su vida.
En la inmensidad de esta noche cientos de niños aprenden a recorrer los laberintos del metro –de Taxqueña a Cuatro Caminos, de Universidad a Indios Verdes, de Pantitlán a Tacubaya–, pedir dinero y entregárselo intacto a sus padres. En la inmensidad de esta noche los ejidos otrora repletos de milpas oscurecen vacíos.
Con los pies sucios y lodosos, Joel abandona el vagón. El molesto sonido que proviene de las bocinas lo obliga a apresurar el paso para abordar a tiempo el siguiente. Tras de sí, rastros de barro se adhieren al piso ya cochambroso. En el suelo, las letras mayúsculas de un papel abandonado pueden leerse claramente:
A TODO EL PUEBLO MEXICANO
LES DECIMOS COMO INDÍGENAS QUE EN LA SIERRA NORTE DE PUEBLA EN VERDAD VIVIMOS EN UNA VERDADERA POBREZA. NO QUEREMOS MOLESTARLOS CON NUESTRA PRESENCIA EN LA CIUDAD. NO HABLAMOS EL CASTELLANO COMO USTEDES. NO TENEMOS ESTUDIOS, PERO TENEMOS EL DERECHO COMO CADA MEXICANO DE VIVIR Y NO SER DISCRIMINADO. SOMOS HEREDEROS DE CIENTOS DE AÑOS DE EXPLOTACIÓN Y MISERIA. GRACIAS AL CAMPO COMEN TODOS LOS CAPITALINOS, PERO NOSOTROS NO. ESTE PANFLETO NOS LO ESCRIBIERON PORQUE NOSOTROS NO SABEMOS ESCRIBIR. VENIMOS PIDIENDO SU AYUDA Y ESPERAMOS NO MOLESTARLO Y QUE DIOS LO PROTEJA.
NO SOMOS RICOS VE NUESTROS PIES.



