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El rock ya está lejos

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Por  César Aalan Ruiz/ @CesarAlanRuiz

(30 de enero, 2014).- El rock de los antiguos se desarrolló en el contexto de los años sesentas, periodo marcado por un alto nivel de politización, movimientos contraculturales, guerras y guerrillas. Y era más que un sentido musical: era un movimiento, un estilo de vida y una ideología. El rock podía ser instrumento de liberación, protesta política, instancia expresiva, manifestación estética y síntoma de rebeldía.

“El rock es un folclore sin tierra”, ha dicho Santiago Auserón, líder de Radio Futura, en una entrevista de 1985 para el programa español “Fin de Siglo”. En palabras de él mismo, es necesario usarlo para “construir aparatos o dispositivos que puedan transmitir energía, para comunicarla al exterior” y para ello “se vuelve necesario recuperar el uso de la música para la cotidianeidad, ofreciendo a las clases trabajadoras de todo el mundo la posibilidad de experimentar e incidir en la transformación de su medio, cosa que antes solo estaba reservada a las élites”.

Es decir, el rock puede ser un artefacto a usar en una zona de belicosidad entre clases, de modo que funcione como recurso en favor de los subalternos. Pero Auserón no es del montón: es un artista que se educó como filósofo en la Sorbona de París, llevando cursos con Deleuze. En su entusiasmo, él ve al rock como un medio para superar una dominación. Sería una fórmula que facilita la creación de turbulencia en sistemas simbólicos cuya estabilidad radica en la ausencia de crítica, que el rock puede activar

Durante mucho tiempo, el rock de los antiguos se asoció a las “pasiones caóticas” de la juventud. Entonces era visto como una fórmula que permite dar paso a experiencias de transporte místico, ya inducidas por efectos de ciertas drogas, ya por la repercusión de la música como vibración que impacta nuestra corporalidad, así como el ritmo que surte efecto sobre el ánimo y un mensaje que se codifica y deconstruye en dominios semánticos profundos.

Por eso lo dionisiaco de la experiencia musical no es solo un producto estético: debe haber una represión que visibilizar y cismas que suturar, crisis que reproducen una conflictividad profunda en nuestras sociedades neuróticas. Ello vuelve indispensable actuar en clave hedónica, atrayendo la voluptuosidad a un discurso musical y hasta generacional. Las narrativas en contradicción de un colectivo pueden celebrarse ritualmente en el espectáculo del rock, no para superarlas necesariamente, sino para marcar treguas y realzar el espíritu del paradigma y su antimodelo en una época.

El rock es también una capa sedimentaria de un diálogo con la cultura llamada universal. En el extremo occidente del mundo, Spinetta reconoce que entre sus fuentes de inspiración están Castaneda, Foucault y Artaud. Al norte del continente, Morrison se asume deudor de Ginsberg, Kerouac, Blake, Rimbaud y Whitman. Temas como Alabama Song de The Doors lo ilustran de manera traslúcida: Wiskye Bar es una canción escrita por el dramaturgo alemán Bertolt Bretch, musicalizada por Kurt Weill con una composición para una orquestina de cabaret, retomada por el emblemático grupo de rock, en rescate del pasado con el que se identificaban.

El rock moderno es reflejo de una época cuyo sistema operativo se desempeña en el mismo sentido que el mercado. Tiene un lugar bien definido como producto de consumo dentro de la lógica comercial que conduce a las industrias culturales. No escapa del capitalismo que ha denunciado tantas veces: una estrella de la música es una persona millonaria y reconocida, que en esos términos produce su propia demanda en la industria que le hace espacio; inclusive, algo tan íntimo como su gestualidad personal sirve para emprender negocios altamente rentables, trasplantando esa red de significantes a diversos artículos que permiten levantar puentes identitarios entre los admiradores y el objeto (ya no sujeto) de su reverencia. Los fetiches inevitablemente falsean una esencia que sin embargo les requiere para ser visible.

Sexo, drogas y rock and roll es una frase de uso común que alude a una actitud ante la vida que ahora forma parte de los imaginarios colectivos, más allá de la época a la que corresponde y a su difuso origen: eso es hacer cultura. Hay que reconocer que una sociedad orientada primordialmente a la producción y no al placer puede permitir pequeñas fugas dentro de límites trazados nítidamente: una borrachera que culmina con la vuelta al trabajo el día lunes, tras varias noches locas, es posible y hasta alentada.

Vivir así solo es viable si se genera ganancias: un pobre diablo sin seguidores es vilipendiado por vivir bajo los mismos principios que un rockstar, pero sin movilizar flujos económicos más allá de sus propias necesidades. En suma: si la matriz de sentido y el código-fuente de nuestras sociedades es la producción y el consumo, todo valor social que se reconoce a los sujetos debe aunar a ese fin último.

Sabemos que una rebelión es subyugada en la medida en que es fagocitada por un sistema de asimilación sofisticado. El lenguaje del loco de hoy es el que usarán los cuerdos mañana. La jitanjáfora que en un momento detona una fractura, puede ser la bisagra de articulación entre mundos que reñirán en otro instante. El rock como semilla es la heroica fase de una lucha que termina por ir directo al gran molino de trituración de las cadenas comerciales, donde  finalmente se somete y suena en favor de ciertos registros del poder.

En nuestra época, si eres joven y no te gusta “el rock” -muchos creen que Zoé toca rock- estás fuera de varios círculos sociales. Por eso yo prefiero el rock viejito, ese que hacia vibrar y con un delirante riff desapendejaba…pero eso ya esta lejos.

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