Por Misael Rojas
(10 de febrero, 2014).- No parece haber final para los pasillos que van de un lugar a otro, de norte a sur o de oriente a poniente. Como una serpiente mordiéndose la cola, uno podría pasarse las horas recorriendo las líneas del metro sin saber dónde ha estado, si en la garganta, el vientre o en la cola del reptil. La vida dentro del metro es apresurada, calurosa, apretada. Ahí mismo se han creado las más diversas formas de expresión humanas, desde el arte que se expone en las galerías hasta las estanterías de libros, pasando por los bailes que los fines de semana se organizan en los pasos peatonales. No hace falta decir que, ahí mismo, se ha desarrollado una de las actividades más antiguas de las sociedades humanas: el comercio.
“Empiezo por la mañana, como a eso de las ocho para que me dé tiempo de venderle a los que van a su trabajo, algunos necesitan un lapicero u otra cosa, a veces me compran sopas de letras o si van con sus hijos a la escuela vendo algún juguetito”, dice un vendedor que se encuentra en la estación Jamaica. Él transborda de la línea verde que va a Garibaldi a la línea azul agua que va hacia Carrera, vive en una de las colonias apretadas de Iztapalapa y tiene que trabajar diario para “conseguir la chuleta”.
Aun dentro de los pasillos no se habla mucho. No hace la diferencia el hecho de no grabar, de mostrar la credencial o de no preguntar los nombres de los vendedores; no hace falta esforzarse mucho, la respuesta es la misma: una mirada con el rabillo del ojo, la vuelta de la cabeza hacia el lado contrario en el que estás, el continuo ofrecimiento de la mercancía o, ya de plano, la caminata apresurada que más tiene pinta de huida.
“Que no lo intimiden, defienda sus derechos, ellos nada más están para defender a los delincuentes, corruptos”, dice un hombre que porta una bolsa con cebollas en la mano derecha y una pequeña cesta con llantitas que arrastra por los pasillos de Pino Suarez . Levantando la voz, intenta defender a un fotógrafo que estaba encuadrando la piedra de los sacrificios localizada en esa estación. “No, ¿por qué lo detienen?, él nada más estaba tomando fotos artísticas… que no lo intimiden joven, defienda sus derechos”.
El policía bancario de unos 50 años, rechoncho, moreno y de considerable altura se impone, “¿usted viene con él? ¿no?…continúe su camino”, le dice al hombre altruista que presta ayuda al fotógrafo. Éste mantiene su posición, “¿por qué me voy a ir? Es mi derecho, yo puedo estar aquí… ustedes nada más están para taparle el ojo al macho, no hacen nada, se la pasan deteniendo gente inocente y no hacen nada con los vendedores ambulantes. Yo he visto que en sus narices están ellos con sus bocinotas a todo volumen y ustedes no los detienen… a ver ¿por qué no los detienen?… son ellos los que deben ser detenidos”.
El comercio informal ha traspasado la parte superficial de la ciudad. Ya no son suficientes las avenidas, las aceras, las entradas de los metros, los parques o todo aquel lugar donde transiten potenciales compradores. En el subterráneo, cual seguimiento de una lección de marketing, los vendedores se dirigen -producto en mano- a miles de usuarios al día con cientos de ofertas. Aquí no son necesarios los vitrales o los aparadores, aquí se tiene contacto con la mercancía y, si el comerciante es bastante avezado, hasta con la famosa prueba. Desde churros azucarados o con mermelada y cajeta hasta pelotas tipo “playdol” que se deforman y vuelven a recuperar su forma esférica, “alegrías” de amaranto, corta-uñas o libros para gente conocedora y ávida de lecturas como: “¿Quién se ha llevado mi queso?”.
Y qué tal los discos que se promocionan – a decibeles dignos de una fiesta- con las bocinas adaptadas a las mochilas y con luces fosforescentes para llamar la atención del usuario que, al orlas, despierta malhumorado. “Ándele, chéquele”, “yo no le vengo a robar yo no le vengo a mentir”, “puro producto de calidá”.
No tiene mucho que se han agudizado las denuncias y las protestas en contra de los vendedores ambulantes del metro. Dentro de los vagones las personas se aglutinan y muchas veces no las dejan pasar con libertad. Las autoridades de la ciudad han localizado como una de los problemas del STC a los vendedores ambulantes y, como un de las justificaciones para el alza al precio del boleto, han asegurado la desaparición de todos ellos. Su propuesta es simple, a mayor cantidad de vendedores (“delincuentes”) mayor cantidad de policías. Lo único que han logrado es congestionar los pasillos.
En cada espacio vacío se coloca un vendedor. El espacio es lo único que no se desperdicia y, al mismo tiempo, es lo que le hace falta a todos, a vendedores y transeúntes. El conflicto por el territorio permanece y se reduce a estos dos actores, ambulantes y usuarios. El gobierno opta por mantener un papel evasivo, el de no asegurarle el derecho a ambos para una vida digna. Mientras las cosas sigan así seguro nos volveremos a encontrar con más de una pelea y con más de una tercia de vendedores por vagón anunciando sus productos “que para todo hay” y que, además, “van calados van garantizados”.










