Por Donovan Hernández
(18 de febrero, 2014).-
I
La encontramos en el número 37 del entronque deMesones con Roldán, en laMeche, a unos pasos de la hermosísima Casa Talavera. Estaba en una nutrida mesa donde jóvenes fotógrafos, diseñadoras gráficas y sexólogas que habían dado el rol por todo el norte de la República charlaban vivamente.
Entramos al restaurante mezcla de arte popular, galería y cocina gourmet. Ana Andrade era desde hace tiempo Ana Tijuana para mí. Los legendarios relatos acerca de su intrépido trabajo me habían llegado vía el boca en boca, incluso antes que su rostro abierto y sus ojos francos; miraba con un dejo de melancolía, a medias por el cansino viaje por emprender y por los efectos de la comida.
Llegó al D.F. para presentarse en el Taller fotográfico El tercio de Gabriel y Citlalli. Ana es una leyenda viviente para muchos de nosotros. Artista en la escena tijuanense, ha realizado proyectos en la Línea. Fue becaria del Fonca y ha filmado cortometrajes donde diversos migrantes que no lograron atravesar la frontera entre México y Estados Unidos son al mismo tiempo participantes, directores, protagonistas y realizadores.
Estas filmaciones –nos cuenta- tienen lugar en El Bordo; una suerte de canalización del río de Tijuana, donde estos compas montan sus Ñongos: casas con materiales de deshecho (madera, lonas, cobijas, cables). Tenía que entrevistarla.
Como si hubiera estado interesada de siempre en los deshechos y su uso impredecible, recuerda cómo sus primeros proyectos se referían a los materiales desperdigados en la playa; basura que llegaba a la costa y se quedaba estancada. En Talking Threes, una de sus exposiciones fotográficas, “intentaba darle personalidad a los árboles” a través de las imágenes registradas por su cámara. Su aguda lente hace las veces de una investigación urbana. El 18 de enero, conversamos.
II
Hacer fotografía para Ana es estar ahí; estar ahí es estar en El Bordo. “Eran personas que habían sido deportadas. Esperaban irse al otro lado, pero no se iban y entraban en ondas de drogas.” La represión policiaca de los ilegales, la corrupción de las autoridades y la falta de apoyo de la población son problemas constantes en esos asentamientos excepcionales. “Nunca he visto nada que diga ‘¡Bienvenido deportado!’.” Estas comunidades que se integran –nos dice-, generan una no-identidad (no asumen una cultura nacional) a la vez que producen una identidad sui generis. “Se integran porque son los rechazados, los desplazados. Son El Bordo, el border. Los canalizados del otro lado de la canalización”.
De una manera espontánea, Ana confiesa entre risas que su participación en esas comunidades es una forma de dar amor, energía positiva. “Darles atención. Al final me integré demasiado”. Un año de experiencias fuertes le reveló que quienes moran en El Bordo no siempre pueden dejar las cosas, y sin embargo están acostumbrados a la pérdida; así pasa con quienes sólo tienen una bolsa con sus pertenencias, pero por su trajinar las olvidan lentamente.
Como si se sumergieran en el Leteo día a día, sobreviven. Otros tantos tuvieron mucho dinero fácil, así que perderlo “ya eskarma”. “Siempre he ido con buena actitud, por eso he sido bienvenida”. No obstante, sigue llamándole la atención el hecho de que ellos puedan acostumbrarse a no tener; “aunque luego tienen”.
III
La represión en Tijuana no falta, mucho menos contra estas poblaciones vulnerables. Se practican identificaciones sistemáticas sobre migrantes previamente ubicados; la policía parece conformar allí también su caldo corporativista: llegan al Bordo o a sus inmediaciones, sujetan a un integrante de esta comunidad, y lo llevan 36 horas como infractor. “A otros los suben”, reitera Ana. Muchos de ellos trabajan recogiendo deshechos reciclables. “Venden en la metalera, donde compran reciclaje. Limpian carros en la garita de la frontera”. Sorprendentemente, y pese a los peligros de vivir expuestos en un asentamiento completamente irregular, muchos de los pobladores del Bordo prefieren el canal; aunque las razzias se ensañen con ellos. Más de uno, luego de cumplir con sus horas de detención, es levantado nuevamente por la policía al salir un par de metros del encierro. Son la viva imagen de unavida saturada por el poder. “De estar en la calle a estar en el canal hay diferencia”.
Ana reporta la formación de una especie de industria precaria e informal que se mantiene con dinero estadounidense, su núcleo son las tareas de aseo vehicular en las largas filas de los que pasan del otro lado y lo que sea que se deje. Pero ella no claudica, quiere mostrar, “darle el otro lado, que no es sólo la persona drogadicta que viven (sic) en el canal”.
Hace poco, con la comunidad, hicieron un cortometraje del Yuca, un chico proveniente de Yucatán que estaba muy conectado con la naturaleza, relataron la historia de su vida, la búsqueda de su familia, las ideas que los de abajo confeccionan. Le pregunté acerca de historias que le han contado. “Un chico tenía un chorro de cristal en su mano”, había una persecución y el morrointercambiaba cristal, haciéndolo pasar de una mano a otra, cuando la policía le pedía que levantara los brazos.
“Otros, los que van en tren, dicen que duermes bien a gusto porque pones el cerebro en la mano”; expresión que, con un gesto particular, indicaba –según Ana- que a pesar de relajarse, los viajantes precarios siempre vigilan con la alerta del cuerpo entero. Otros, dice, simplemente bailan muy bien.
IV
Sobre la solidaridad y la manera en que su trabajo puede contribuir a una mejora en la vida de los deportados, Ana dice que hay cosas que están cambiando pero “la gente sigue en el curso de ‘¡Hay que ayudar!’. Dan ropa y la gente sigue ahí. No sé cuál es la solución, pero igual aceptar que está jodido; porque si estuviera prohibido, la patrulla no estaría por ahí pidiendo mordida”.
Tanto estoicismo sorprende. Pero su punto es que, en lugar de generar participación ciudadana y ampliar el espectro de la democracia, la caridad y las políticas públicas sólo administran la pobreza sin llegar a sus causas estructurales, a su raíz. En ese sentido, hacen de estas poblaciones un objetivo y no los miran, como ella, como agentes positivos, con capacidad para transformar sus condiciones de vida. Pero ella continúa.
Encontraron a la familia del Yuca, dice que viven en un lugar “hasta cierto punto primitivo”; vale decir, que no ha encontrado una mejora considerable tras su salida de El Bordo.
Con todo, Ana se enorgullece de haber hecho una galería allí; “un Ñongo-Galería con los mismos procesos que usan ellos. Pasé un cortometraje, para darles participación a la gente por medio del arte. Darle otra cara que no es la persona loca.” Un migrante deportado lo dirigió, ella dio apoyo técnico. El video es un musical. Ñongo-Galería es “la primer galería de Latinoamérica en El Bordo, sobre la línea amarilla que divide a Estados Unidos de México; ¡apúntale!”, me solicita una entusiasta Ana.
De toda su participación ahí, sólo recuerda un incidente de gravedad: una vez que hubo una manifestación como de 300 personas, que fue convocada por otros artistas para hacer una grabación de todos los migrantes saltando la barda fronteriza; ante ellos, tuvieron a la migra apuntándoles en todo momento. Pero quienes participaron en semejante desparpajo, “eran otros que no venían de allí”; del canal, del Bordo. Así termina mi charla con Ana Tijuana, quien, para terminar, confiesa que ya no se siente tan nerviosa cuando mira a sus amigos deportados limpiando carros en el paso de la frontera.
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Puede consultarse más del trabajo de Ana en los siguientes links: http://lineaamarilla.wix.com/line, y www.aanandrade.com. Para las actividades del Taller de Fotografía el Tercio en la dirección: http://espacioeltercio.wordpress.com/.



